El gobierno de Puerto Rico vuelve a enfrentar una controversia que, en cuestión de días, pasa de ser un asunto “previamente investigado” a una crisis política. Esta vez, en el Departamento de la Familia. Pero el punto no es solo lo ocurrido, sino cómo se ha manejado y qué revela sobre la forma de gobernar.
La historia reciente ofrece precedentes claros. El caso de la pasada secretaria de Vivienda no comenzó como una crisis mayor. Sin embargo, la acumulación de cuestionamientos, la ausencia de respuestas claras y una comunicación institucional errática terminaron convirtiendo la situación en un problema político de mayor escala que culminó con su salida, con una investigación del Fiscal Especial Independiente y con una herida para la administración de Jenniffer González. No fue solo el evento inicial lo que definió el desenlace, sino la incapacidad de contenerlo a tiempo.
Algo similar ocurrió con los nombramientos fallidos de Janet Parra, Verónica Ferraioli y Arturo Garffer. En esos casos, lo que debió resolverse en la etapa de evaluación previa, verificación de credenciales, análisis de señalamientos y preparación para el escrutinio público, terminó ocurriendo bajo presión mediática. El resultado fue predecible: procesos que se deterioraron conforme avanzaban, hasta volverse insostenibles.
Ahora, con la Secretaría de la Familia, se repite una dinámica conocida. Surgen cuestionamientos, la respuesta oficial es fragmentada, y la narrativa pública comienza a construirse fuera del control del gobierno. En ese espacio de incertidumbre y contradicciones, la crisis crece.
En manejo de crisis, el margen de error es mínimo. La diferencia entre un incidente controlado y una crisis política está en la rapidez, la coherencia y la transparencia de la respuesta. Cuando estas fallan, el problema deja de ser el hecho inicial y pasa a ser la percepción de improvisación, ilegalidad y falta de transparencia.
Gobernar requiere anticipar. Implica reconocer que toda acción será examinada con rigor y que cualquier señal de inconsistencia se convertirá en un punto de presión. Lo que estamos viendo no son errores aislados, sino fallas repetidas en los procesos de evaluación y en la gestión de crisis.
Porque cuando los protagonistas cambian, pero la respuesta es igualmente caótica; todo indica que van camino a tropezar con la misma piedra.
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