Opinión

S.O.S para USA

Lee aquí la columna del exrepresentante por el PPD, abogado y comunicador

Una foto del representante Jesús Manuel Ortiz junto a su nombre.
Jesús Manuel Ortiz + columnista

Estados Unidos atraviesa un momento que invita a la reflexión seria, lejos de consignas partidistas y más cerca de la responsabilidad cívica. Las acciones recientes del presidente Donald Trump colocan al país en una encrucijada incómoda: ¿está realmente apto para continuar al mando de la nación más poderosa del mundo?

No se trata de ideologías, sino de conducta. A lo largo de su trayectoria, Trump ha exhibido un patrón de actuaciones erráticas, marcado por cambios abruptos en posturas de política pública, que generan incertidumbre tanto a nivel interno como internacional. La estabilidad en el liderazgo no es un lujo; es un requisito esencial para la gobernanza efectiva.

A esto se suman expresiones peyorativas que, más allá de ser controversiales, erosionan la dignidad del cargo que ocupa. El lenguaje de un presidente no es trivial: moldea el tono del debate público, influye en la cohesión social y proyecta la imagen del país ante el mundo. Cuando ese lenguaje se desvía hacia lo ofensivo o lo divisivo, las consecuencias trascienden lo simbólico.

Más preocupante aún es la inconsistencia en temas de alta sensibilidad geopolítica. Comentarios recientes como parte del conflicto bélico con Irán, junto con comparaciones personales que incluyen referencias a Jesucristo, no solo generan desconcierto, sino que plantean dudas legítimas sobre el juicio y la prudencia necesarios para manejar asuntos de tal magnitud. La política exterior requiere mesura, claridad estratégica y respeto por la complejidad de los escenarios internacionales.

Este no es un llamado a demonizar, sino a evaluar. En democracia, cuestionar con seriedad el desempeño de un líder no es un acto de deslealtad o política partidista, sino una obligación ciudadana. La figura presidencial exige templanza, coherencia y un profundo sentido de responsabilidad institucional.

Desde esa perspectiva, y tras observar un patrón sostenido de comportamiento que genera más incertidumbre que confianza, mi conclusión es clara: Donald Trump no está apto para continuar en el puesto. No por quién es, sino por cómo actúa. La pregunta ya no es política; es institucional. Esta es otra demostración de que el voto tiene consecuencias y de que una elección debe ser más que un reality show.

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