En las comunidades está el poder

La gestión que realizamos la comunidad, mi equipo de trabajo y yo es muestra de que en las comunidades está el poder para cambiar su entorno y su realidad, y de ahí, hacer un nuevo país.

Por Armando Valdés

Esta semana, colaboré con miembros de la comunidad de Las Monjas en Hato Rey para rescatar un espacio público que había caído en desuso. El parque pasivo de la calle Prudencio Rivera Martínez fue señalado por líderes comunitarios, entre ellos, Flor Hernández, como un espacio que la comunidad usaba por su localización céntrica para celebrar toda suerte de actividades. Sin embargo, dado el poco mantenimiento y la mala costumbre de algunos de usar cualquier espacio público como vertedero, este había quedado totalmente inutilizado por los pasados ocho años. El lunes, concluidos los trabajo del fin de semana, que incluyeron remoción de escombros, pintura e instalación de luminarias solares, visité el parque de noche para ver que la comunidad —niños— habían ocupado el espacio y jugaban al escondite. La gestión que realizamos la comunidad, mi equipo de trabajo y yo es muestra de que en las comunidades está el poder para cambiar su entorno y su realidad, y de ahí, hacer un nuevo país.

Había llegado a este convencimiento hacía ya varios años. Desde mi propia comunidad de Miramar, había colaborado como miembro del consejo parroquial de la Iglesia del Perpetuo Socorro en gestiones para restaurar la capilla de Lourdes y en la organización del mercado agroecológico de Miramar junto con la Cooperativa Madre Tierra. Esas gestiones a nivel comunitario producen resultados mucho más inmediatos y palpables que cualquier gestión del Gobierno central.

No en balde, la gente confía más en el liderato de sus propias comunidades que en los políticos que gobiernan desde San Juan. Si queremos entender la apatía del pueblo hacia los debates sobre el estatus o sobre la Junta, debemos entender que, para la mayoría del pueblo, no existe diferencia entre un Gobierno dirigido por funcionarios electos y un Gobierno dirigido por tiranos impuestos. Para ellos, al final del día, los políticos, al igual que los dictadores, no escuchan, no sienten, no padecen y, peor aún, no actúan.

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Ya lo había dicho la gran Joan Didion en su libro de ensayos Ficciones políticas. Los sistemas de gobierno se han convertido realmente en maquinarias de propaganda y de proyección mediática. La gobernación está maniatada por legislaturas que no trabajan en unísono con el gobernante, por la tirantez política y personalista entre el liderato dentro de los mismos partidos, por las agencias de gobierno y sus estructuras anquilosadas y partidistas, por los tribunales federales, y ahora, en fin, por la Junta de Supervisión Fiscal. El poder político a nivel central se ha convertido en una ilusión; un espejismo inalcanzable para el ciudadano de a pie.

En cambio, los municipios, con todo y sus problemas fiscales, son todavía el lugar donde el pueblo puede, efectivamente, lograr un cambio en su entorno y en su calidad de vida. Por su cercanía a la gente y por la capacidad de gestar proyectos en el ámbito comunitario, es todavía el nivel de gobierno que, en colaboración con las comunidades, puede cambiar vidas.

Por eso, lejos de sentirnos impotentes, debemos procurar apoderarnos de voluntad para hacer y para gestar en nuestro propio entorno. Si cada comunidad se levanta para rescatar las calles, los parques, las canchas y los centros comunales, y si los municipios colaboran con el liderato de base, proveyendo recursos y eliminando estorbos burocráticos, el cambio que se notará será mucho más grande que cualquiera que se pueda dar desde el Capitolio o La Fortaleza.

El martes, la comunidad celebró en su parque la carrera del pavo. Y con ese simple y humilde acto, hicieron patria.

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