Opinión: ¿Extrañas la vecindad pos-María?

Lea la opinión de Dennise Pérez

Por Dennise Pérez

Si usted quiere conocer a sus vecinos no tiene que andar por la vida extrañando a María. Inicie una obra de construcción en su casa y conocerá lo mejor y lo peor de cada uno de los seres vivientes más próximos a usted. No fallará el experimento: garantizado o su dinero devuelto.

Les comento esto porque en estos días, por el aniversario de Irma y de María, he leído reflexiones del tipo en que se extraña el ambiente entre vecinos que provocó la emergencia. Se unió la emergencia con la ausencia de cosas básicas como agua, luz, comida caliente, y díganlo, ocio también, porque si hubiera habido luz nadie salía de sus casas. El hambre y la necesidad. Y más o menos todos fuimos buenos.

Así fue como conocí a vecinos que nunca había visto y, mucho menos, había hablado con ellos. De repente, me prestaban la estufita de propano, o yo a ellos. Nos repartíamos el agua a la que lográbamos echarle mano, o el hielo, o el café, y hasta la gasolina para la planta eléctrica que nos permitió, vía excepción, la junta de búfalos mojados, que no es otra cosa que la junta que administra el condominio.

De esa experiencia, de verdad conocí gente bien buena. Nos faltó crear el chat de Whatsapp, pero qué rayos, si no había ni señal de celular, así que no era prioridad y hubiera sido inútil.

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Pero yo, de los huracanes, aunque suene carne puerca, no extraño nada. Ni siquiera ese temporal período de “buenagentismo” que, verdaderamente, me causa vergüenza hasta cierto punto. No está bien conocer al vecino después de quince años de serlo. ¡Qué sé yo!

En medio de esas reflexiones en las redes, me vi viviendo el hecho de que, en mi apartamento, comenzamos una obra de remodelación. Todo el mundo me decía que era mala época porque después de María todos los obreros están full de trabajo, los materiales de construcción están escasos y lo que hay está triplemente más caro, en el mejor de los casos. Pero dado que esta obra había sido requetepostergada, y que el espacio de convivencia cada vez se me hace más pequeño, decidí que se haría. Punto y se acabó. Si no era ahora, ¿pa’ cuándo? Una vez más reté los consejos populares y le metí mano al proyecto.

Primer día de construcción. Primera queja de vecino. Primer mal rato. Resulta que vivo en un tercer piso de un townhouse. Es decir, que todo lo que se sube a mi apartamento tiene la posibilidad de impactar a unas cinco familias. Pero yo soy una vecina considerada, de esas que, por vivir en el “techo”, le exige a todo el que va a casa que NO arrastre las sillas, que NO camine en tacos, que NO se juegue con pelotas, que NO se suba volumen de nada y que NO se hagan ruidos innecesarios que molesten el cotidiano vecindario. Literalmente, mi hijo vive levantando sillas por no arrastrarlas, y bajando el volumen hasta de sus audífonos.

Pero la construcción en casa rompió mi invicto de buena vecina, ganado con el sudor de mis buenos modales por quince años. El primer día, y sin que se prendiera una sierra, tuve cuatro quejas. Todas de una misma vecina y todas por un polvillo de arena que se quedó en UN escalón. No es ni normal la queja. No era un saco de cemento. Les juro por mi vida que cuando llevé el recogedor era prácticamente imperceptible.

Pero esa queja requirió de varias intervenciones de Seguridad, de varias interrupciones a mis horas laborables, de varias úlceras a los intermediarios. Y de toda mi paciencia para tolerar una queja tan boba sin que me saliera la herencia.

Al segundo día, ya los vecinos sabían que había acción. No por el ruido ni por los inconvenientes, sino porque les dejé debajo de la puerta una nota con una disculpa “en caso de molestar” y los números a los que podían llamar en caso de que nuestra obra les resultara inconveniente. Poco a poco, me los iba encontrando y me saludaban súper bien. Uno de ellos me dijo que ojalá finalizara pronto la obra, pero para juntarnos ahí mismo y rememorar “cuando todos teníamos más tiempo”. Cuando le comenté sobre el contraste entre su reacción y la de la otra vecina, me dijo: “La gente tiene demasiado tiempo en sus manos y aún así no les da para evaluar al vecino”.

Tiene razón mi vecino. Al tercer día de iniciar la construcción, la señora se quejaba de unos ruidos de sierra. ¡Sierra, mi pana! Un domingo, a las 7 a. m., mientras yo me preparaba un café, leía los periódicos y me encomendaba a los que no tienen más que hacer. Esa persona, de hecho, es del grupo de los que nunca salió ni a ofrecer una salchicha en Irma o María. Pero las orejas las tiene a full para imprudentear. No a mí, a todo el que respire a su alrededor.

María no fue nuestro enlace a los vecinos. Fue la respuesta necesaria a la falta de vecindad. La buena vecindad.

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