Opinión: 'Beauty' para perros

Lea la opinión de Dennise Pérez

Por Dennise Pérez

Cuando mi primer perrito llegó a mi casa, siendo yo una adulta, lo vi tan chiquitito que me dije a mí misma: “Misma, piece of cake para acicalar”. Mi esposo me había dicho que era un yorkie de esos toy, que no crecería tanto más. O al menos eso le dijeron a él. No es que hiciera demasiada diferencia para mí, que solo había pedido un yorkie de regalo hacía tiempo, y con su existencia me bastaba.

Lo vi chiquitito, tipo “si no ladras, no te siento”, y tan manejable… Me dije que, con mucho amor, yo misma le daría absolutamente todas la atenciones a mi alcance. Yeap. Y me tomó dos semanas darme cuenta de que los baños del perro no estaban a mi alcance.

Aunque ya estaba enamorada de mi Malbec (…ajá, así se llama por razones de varios de mis gustos personales que, quizás, hemos discutido aquí antes, como la letra M dedicada a mis afectos —cortesía del lado paterno de mi esposo—,  la uva Malbec y, por supuesto, la región que identifica al amor de mi vida), sabía que ese pelo no era para mi peinar, y que todo lo demás —orejas, oídos, ojos, pelos,  digitales, hombros, hocico, cola—-, todo, era cuestión de expertos.

A ver. La gente pensará que exagero. Pero quizás es más duro que si se tratara de un bebé. Al bebé lo pares y es instintivo el resto. Cáveat, que tampoco parí. Make it double. Obvio, instinto con mil otras cosas más. Pero a un perro, sobre todo porque no tuve uno hasta adulta, es como si te encontraras con un manual sin instrucciones,  en blanco, pero al doble.

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El tipo lloraba por el destete, aunque tengo que decir que no como yo esperaba. Buscaba con qué compensar, jugaba entre la cama, nuestros brazos y el supuesto lugar preplanificado que  determiné leyendo Google. El día que pudo dormir cinco minutos en el lugar preplanificado que yo le tenía me dio una tristeza tan grande que lo arranqué del lugar, lo pegué a mi cuerpo y le dije: “ De aquí no te vas jamás”. Mi esposo me lo dijo esa misma noche: “No te pudiste aguantar… Bárbaro”. Cierto, no pude.

De ahí en adelante, a pesar de mis intentos de acicalarlo yo misma, me di cuenta de que el asunto no era para mí. Y en una visita al veterinario, le pedí que me ayudara con el asunto. Me dijo que exageraba, que no había que bañarlos una vez a la semana, que, de hecho, era contraindicado, que esperara. Pero había una situación: mi perro dormía conmigo. Es decir, con el matrimonio, es decir, con la pareja, que, de paso, en ese momento cualificaba como prime. Si duerme con nosotros y usurpa espacios como un grande, tiene que bañarse.

Fue así que busqué su groomer. Inicialmente, estaba justo al lado de su clínica veterinaria, aunque el veterinario no moría porque lo llevara ahí, así que mi confianza moría cada vez que lo pesaban. Me daban nervios cada vez que lo dejaba en el counter, en lo que a mi juicio era lo más cerca a la dimensión desconocida.

Iba y regresaba nervioso, cada vez con más cuerpo, más pelo y más libras.

Luego llegó la gorda de casa (Merlot, sí, sigan mis claves), como un regalo de mí para mí. Yorkie de otro lado, patas cortas, pelo más sedoso, pero igual de complicada. Los nudos se sentían al paso de los dedos y cuando se pone bien pelúa la cosa, el groomer siempre me sonríe tocándola y advirtiendo con movimientos que la cosa no pinta bien y que la rasuradora  se acerca a nivel “no la reconocerás”.

Mis dos perros odian los cepillos y las peinillas. Y lloran y joroban cuando lo hacemos nosotros, aunque salgan enchisma’os por la traición de que no sean nuestros dedos. Cuando salen del beauty de perros, salen enchisma’os, tipo ofensa mundial, pero olorosos y guapuchis. Salen con un guille del cará’. Salen acicala’os, olorosos, con lacios y lazos súper cool…. Y de paso, su guille es más caro que el mío. Su guille no tiene que ver nada con mi beauty.

Just saying.

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