Opinión

Peyton Place

Lee aquí la columna del fundador y expresidente del partido Proyecto Dignidad

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Cesar Vazquez + columnistas

Algunos de mi generación recordamos este espacio detrás del Centro de Estudiantes en la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras, al que se le llamó Peyton Place. El olor a marihuana se sentía desde que uno se acercaba del Teatro al Centro de Estudiantes. Uno podía tener un anticipo de la “nota” con meramente respirar allí. La generación que vivió sus años universitarios al principio de los 1970 experimentó con la marihuana, ahora llamado cannabis. Hay una diferencia fundamental entre la experiencia con la marihuana en aquellos años y la realidad actual de esa sustancia. Para los 1970, la concentración del ingrediente activo, THC, era de tres a 5 %. Hoy en día, es alrededor de un 15 %, y hay productos sobre el 30 % de concentración de THC. No es lo mismo.

Tuve compañeros con una capacidad intelectual, sorprendente, particularmente para las matemáticas y las ciencias. Abusaron de la marihuana y se quedaron “pegaos”. No lograron nada de importancia en la vida. Algunos ya murieron de manera trágica.

El gobierno de Puerto Rico, bajo el licenciado Alejandro García Padilla, se inventó el mal llamado “cannabis medicinal”. No se refería a los usos aprobados por la Administración de Alimentos y Medicamentos, para el THC, que se utilizaba para propósitos terapéuticos, claramente definidos. De golpe y porrazo por reglamentación, se amplió su uso para otras indicaciones sin ninguna evidencia científica. El gobierno de Puerto Rico, sin expertise en ciencia o medicina, decidió hacer mucho más accesible esta sustancia, que ya estaba definida en el DSM-5 con potencial adictivo.

No tomó en consideración que el principal problema de salud mental en Puerto Rico es el abuso de sustancias, de alcohol, de medicamentos recetados y de drogas ilegales. Tampoco importó que esta realidad de la adicción a quien más afecta es a nuestra juventud. Lo único que le importó fue el potencial económico. Se arrendaron terrenos para la siembra. Se crearon laboratorios para el procesamiento. Y Puerto Rico, con casi un tercio de la población de Nueva York, tiene tres veces más dispensarios de cannabis que esta ciudad. La inversión es millonaria en estos puntos de drogas legalizados. Todo lo que se escribió sobre la fiscalización de los mismos, es letra muerta.

Ahora vuelve a salir a relucir el empeoramiento en la salud mental de los usuarios, particularmente el aumento en incidencia de episodios de psicosis, empeoramiento de la esquizofrenia, empeoramiento de la ansiedad y de la depresión. Esto es sorprendente para los que no quisieron ver la evidencia que ya existía.

Solo quiero añadir, como cardiólogo, que el uso de cannabis es un factor de riesgo para ataques al corazón y derrame cerebrales en gente joven. Esto es así por la descarga adrenérgica asociada al THC. Esto es una bandera que hace rato está levantada. Pero no hay peor ciego que el que no quiere ver.

Nos equivocamos con este experimento social. La pregunta es: ¿estaremos dispuestos a rectificar? Nuestra generación joven necesita y merece que nos demos cuenta del error cometido y que actuemos para enmendarlo.

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