Entre motores, herramientas y el olor a metal de un taller en San Juan, Draco Rosa no habla de números, ni de estrategias, ni de tendencias. Habla de vida, de caos, de intuición.
Desde ahí, sin adornos, empieza a explicar lo que hay detrás de Olas de Luz, su nuevo proyecto musical.
“El caos es vida… no se llega a este momento sin sufrimiento acumulado”, dice el cantautor. No es una frase ensayada. La suelta como quien resume años de experiencias, de pérdidas, de aprendizajes.
Para este, ese caos no es algo que se evita, sino algo que se atraviesa. Y es precisamente ahí donde empieza el disco.
Olas de Luz no nace desde un estudio ni desde una planificación estructurada. Empieza en movimiento. En un viaje. En agosto de 2024, junto a su pareja, salió de Puerto Rico rumbo a la República Dominicana y luego a España. En la Costa Brava, en Montserrat —un lugar que describe como “bonito, especial”— comenzaron a pasar cosas.
“Es la caminata de la vida… el disco tiene una pincelada de vida”, cuenta. No entra en detalles técnicos ni en procesos rígidos. Prefiere hablar de momentos: un hotel en un antiguo viñedo, encuentros con otras personas, conversaciones que dejan huella. Todo eso, dice, se fue filtrando en la música.
Esa manera de construir no es nueva en su carrera, pero en este proyecto parece más marcada. Draco insiste en que no parte de certezas.
“La música se encuentra con uno… yo no soy capaz de decirte que voy a hacer algo. No pretendo saber lo que hago, no entiendo nada, pero pasan cosas”.
El resultado es un disco que, según este, no busca complacer, sino conectar. Una decisión que, en el contexto actual de la industria musical, funciona casi como una postura firme y contundente.
“Si eres creador, tu mejor aliado es el riesgo… la música siempre ha sido para sentirla, no para entenderla mucho”, afirma.
Esa idea se refuerza en la manera en que habla del proceso creativo como algo abierto, influenciado por todo lo que lo rodea: libros, conversaciones, encuentros casuales.
“Uno se lleva un pedacito de muchas cosas… de alguien que conoces y no vuelves a ver. De eso se trata. Eso es espiritualidad para mí”.
En lo práctico, Olas de Luz también es un disco que se mueve. Parte de su grabación ocurrió fuera de Puerto Rico. Viajó a Nueva York para trabajar instrumentos como saxofón y flauta, y en la isla completó sesiones de percusión y metales. Ese ir y venir, explica, forma parte del carácter del álbum.
Aun así, más que el lugar, lo que parece importar es el estado mental. Rosa habla constantemente de intuición, de dejarse llevar, de aceptar que no siempre hay respuestas claras.
“Somos un ‘work in progress’… uno duda del camino, pero si te dejas llevar por esa intuición profunda, casi siempre es por donde tienes que ir”.
En medio de una industria que empuja a lanzar música constantemente, el artista no parece preocupado por seguir ese ritmo. Reconoce los cambios, incluso se muestra curioso ante ellos, pero mantiene cierta distancia.
Por eso, Olas de Luz se plantea más como una experiencia que como un producto inmediato. No compite con la velocidad del mercado; más bien, propone otra cosa.
Al preguntársele qué ha aprendido en este proceso, no ofreció una respuesta concreta. No hay conclusiones cerradas.
“No entiendo nada”, dice, casi con una sonrisa. Pero acto seguido matiza: “Lo que pasa es que se suaviza el camino”.
Y en esa suavidad —en esos pequeños momentos que menciona, como estar enamorado o vivir en Puerto Rico— es donde parece encontrar propósito, razón y sentido. No como una respuesta definitiva, sino como una forma de seguir caminando.
Ahí, entre lo incierto y lo vivido; entre el caos y la calma es donde se construye Olas de Luz: un disco que no intenta explicar la vida, pero que sí se deja atravesar por ella.





