Opinión

Inmigración y las elecciones del 2024

La inmigración ocupará un lugar prominente en la campaña presidencial de 2024 y continuará siendo uno de los temas más divisivos en la nación. Los republicanos pretenderán presentar los problemas en la frontera sur como evidencia de su argumento de que el presidente Biden está fracasando en su gestión para resolver el tema.

El expresidente Trump ha intensificado su ya incendiaria retórica antiinmigrante, acusando a los inmigrantes de “envenenar la sangre” de los estadounidenses. Se centró nuevamente en el tema en su discurso después de ganar los caucus de Iowa la semana pasada, diciendo que si fuera elegido impondría “un nivel de deportación que no hemos visto en la nación en mucho tiempo... desde la administración Eisenhower”.

Los demócratas se encuentran a la defensiva. El apoyo público a la inmigración, que aumentó durante los años de Trump, se ha desplomado desde que Biden asumió el cargo, sin duda, y en parte debido a las escenas caóticas en la frontera. Si bien las cuestiones de inmigración unen a los republicanos, las mismas dividen a los demócratas.

Encuestas recientes proporcionan evidencia clara de las divisiones entre los demócratas: cuando se les preguntó si los inmigrantes en Estados Unidos sin autorización han creado una carga para el país, los votantes republicanos dijeron casi unánimemente que sí. Los demócratas, en cambio, están divididos: aproximadamente 1 de cada 5 expresa que los inmigrantes crean una “carga importante”, 2 de cada 5 entienden que crean una “carga relativamente liviana” y alrededor de un tercio expresan que no son una carga.

El resultado de esto giro en las opiniones sobre los temas de inmigración es un debate unilateral: los republicanos han estado implacablemente al ataque y los demócratas han quedado inevitablemente a la defensiva.

Durante los últimos meses, la Casa Blanca, por ejemplo, ha estado intentando hacer concesiones a los republicanos con la esperanza de alcanzar un compromiso en materia de seguridad fronteriza. Hasta ahora, las conversaciones no han logrado su objetivo, pero el debate ha deteriorado aún más las relaciones entre el presidente y el ala izquierda de su partido.

A medida que el debate avanza, ninguno de los partidos ha tratado seriamente de abordar el problema más importante: ¿cuántos inmigrantes necesita o puede recibir Estados Unidos?

Para cualquier país, la inmigración plantea una mezcla de positivos y negativos. Por un lado, los recién llegados aportan nuevas ideas, nuevos recursos y una vitalidad bienvenida. Las encuestas realizadas a inmigrantes estadounidenses ilustran vívidamente cómo los inmigrantes de hoy son los guardianes de la llama cuando se trata de optimismo sobre el futuro, que alguna vez fue un sello distintivo de la sociedad estadounidense.

Pero los altos niveles de inmigración también pueden traer consigo inestabilidad social. Un gran número de inmigrantes no calificados para aportar puede deprimir los salarios en ciertas partes de la economía, al menos por un tiempo. Y los nuevos residentes con nuevas costumbres pueden generar una reacción violenta, como lo ha visto vívidamente Estados Unidos en los últimos años.

Lograr el equilibrio adecuado es complicado, pero hay que empezar por abordar seriamente la cuestión de qué nivel de inmigración sería óptimo. La respuesta: mucho más, al menos si queremos frenar el envejecimiento de la población a nivel nacional y evitar una disminución demográfica a largo plazo, dicen los demógrafos.

Esta década probablemente experimentará el crecimiento poblacional porcentual más pequeño en la historia de Estados Unidos. Eso es en parte el resultado de la pandemia de COVID-19, que aumentó las tasas de mortalidad y provocó que algunas parejas pospusieran tener hijos. Pero incluso con la pandemia retrocediendo, Estados Unidos se encamina a un crecimiento poblacional muy escaso en los próximos años.

Ese es un gran cambio con respecto al pasado. Desde 1900, la población estadounidense creció principalmente entre un 1% y un 2% cada año. Las excepciones se produjeron durante períodos traumáticos: la epidemia de gripe española de 1918-19, la Gran Depresión. Ahora, según las proyecciones de la Oficina del Censo, es probable que la nación tenga, como máximo, un crecimiento demográfico de alrededor del 4% durante toda esta década. La tasa se desacelerará aún más después de eso.

¿Deberíamos preocuparnos por eso? Algunas personas dirían que no. Entre los activistas medioambientales, por ejemplo, algunos opinan que menos estadounidenses sería algo bueno porque nuestro estilo de vida utiliza más recursos que en otros países. Pero hay otras formas de reducir el impacto estadounidense en el medio ambiente global: una mayor dependencia de la energía renovable, por ejemplo.

Y una disminución de la población estadounidense impone costos reales y elevados. Si planea jubilarse o le preocupa la fuerza militar o la economía del país, definitivamente debe preocuparse por el envejecimiento o la disminución de la población. Una población de mayor edad con un número cada vez menor de trabajadores hace que el financiamiento del Seguro Social u otros programas de jubilación sea mucho más difícil, por ejemplo, porque las aportaciones al sistema por parte de menos trabajadores deben sustentar a un número creciente de jubilados.

Países como Japón e Italia, que están envejeciendo más rápido que Estados Unidos, ya están experimentando los problemas que trae consigo la disminución de la población. Incluso China, que hace décadas adoptó políticas drásticas para contener a su población, ahora está tratando ansiosamente de reiniciar el crecimiento demográfico. Esos países, en particular, no permiten mucha inmigración.

La razón principal del crecimiento más lento es un cambio demográfico que Estados Unidos comparte con casi todos los demás países ricos y desarrollados: las mujeres tienen menos hijos y la población, en promedio, está envejeciendo.

Estados Unidos evitó esa caída por más tiempo que la mayoría de los países desarrollados, principalmente debido a niveles saludables de inmigración desde principios de los años 1980 hasta alrededor de los años 2010. Pero a partir de 2007, con el inicio de la Gran Recesión, las tasas de crecimiento demográfico cayeron y no se han recuperado.

El crecimiento demográfico que se ha producido se ha debido principalmente a la inmigración. El número de inmigrantes que ingresaron a Estados Unidos se desaceleró drásticamente durante los años de mandato del presidente Trump, en parte debido a las nuevas restricciones a la inmigración legal. Bajo el presidente Biden, el nivel se ha recuperado a alrededor de 1 millón en 2021 y 1.1 millones en 2022.

Pero incluso a un ritmo de 1 millón de nuevas llegadas al año, el crecimiento de la población de Estados Unidos se estancaría en unos 40 años y luego comenzaría a disminuir lentamente, según lo ha explicado la Oficina del Censo. Si la inmigración se mantuviera al nivel de los años de Trump, la población estadounidense se estabilizaría en unos 15 años y disminuiría después de eso.

Los defensores conservadores de una menor inmigración a veces argumentan que una disminución puede evitarse mediante políticas que incitarían a las mujeres a tener más hijos. Hasta ahora, sin embargo, estas políticas han fracasado casi universalmente en los países que las han probado, e incluso políticas profamilia rudimentarias, como el cuidado infantil subsidiado, no han logrado ser aprobadas en Estados Unidos, en gran parte debido a la oposición de las mismas figuras políticas conservadoras que quieren menos inmigración.

En ausencia de un aumento dramático, y totalmente improbable, en la tasa de natalidad, mantener el crecimiento de la población estadounidense en algo cercano al promedio histórico requeriría lo que la Oficina del Censo describe como un escenario de “alta inmigración”: alrededor de 1.5 millones de inmigrantes al año.

Quizás, como creen Trump y sus aliados, los estadounidenses simplemente no aceptarán ese nivel de inmigrantes. Sin embargo, si ese es el caso, hay un precio inevitable que pagar: una población que envejece, una fuerza laboral en declive y un Estados Unidos menos vibrante. Una campaña presidencial sería una buena oportunidad para explicar al publico en general lo que representa esa disyuntiva. Pero no debemos apostar a que esto ocurra. Hay poca evidencia de que el parcializado sistema político de Estados Unidos sea capaz de dar paso a un debate serio, detallado y sosegado sobre temas como este.

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