Melbis, yo quiero mi reintegro

Por Karla Figueroa @LaKarlaFigueroa

19 jul 2014, 12:00 am 2 min de lectura

Me considero una buena ciudadana, trabajo para pagar mis deudas, le doy dinero a los vagabundos, le sonrío a los viejitos, no uso la bocina de mi carro a menos de que estén al borde de matarme, bebo Medalla para apoyar la economía local y, a veces, reciclo. Yo me merezco mi reintegro.

La verdad es que (por suerte) no necesito mi reintegro para algo que sea de vida o muerte. Quiero cambiar mi celular (ya que vivo en una guerra eterna con mi compañía) y necesito bregar con mi cabello. Aunque todo parezca vanidad, esa última parte es bien importante, porque significa que mi pelo está en malas condiciones por culpa del gobierno. Mis greñas son un reflejo del trato que me da la actual administración.

Me gustaría que Dios, o cualquier otra deidad, me diera la oportunidad de encontrarme a la secretaria de Hacienda, Melba Acosta, en un restaurante (en una barrita ahogando sus penas). No le gritaría, pero (por la adrenalina del momento) le hablaría fuerte. Caminaría hasta su mesa y diría: “¿Melba? ¿Le puedo decir Melbis? Usted sabe, de cariño. ¿Sí? Bueno, querida Melbis, ¿Dónde está mi reintegro? ¿Dónde?”. Luego la miraría fijamente con una de esas sonrisas que ocultan un ataque de histeria.

Me gustaría recibir respuestas en arroz y habichuelas. Sin rodeos ni tecnicismos. Quiero que me expliquen, de la manera más simple y lógica posible, porqué yo no tengo mi maldito reintegro en la mano.

Sin embargo, el hecho de que yo quiera hacer eso explica por qué, supuestamente, Melbis tiene una escolta armada y varios vehículos de transportación. No la culpo. Deben ser muchos lo que si la ven regarían más puños que Osvaldo Ríos.

Por otra parte, en un rotativo del país leí que la subsecretaria de Hacienda, Karolee García, dijo que, “debido a la precariedad económica de Puerto Rico, la agencia está siendo muy estricta y rigurosa con el procesamiento de las planillas”. Karolee de mi alma, por esa misma precariedad económica es que yo necesito mi reintegro. Además, por eso mismo es que entregué mi planilla súper temprano, para que la pudieran procesar con calmita. ¡No quiero excusas como esa. Quiero torta!

Finalmente, a causa del reintegro me he dado cuenta que puedo ser una persona bien llena de envidia. Nunca había sido así. No es que nunca sienta envidia de nadie, pero usualmente cuando quiero algo trabajo para ganármelo. Pero, cuando del reintegro se trata, cada vez que alguien me dice “me llegó el reintegro” automáticamente me inundo de envidia. Quiero romperle el cheque en cantos, salir corriendo, y borrar su presencia de todas mis redes sociales.

“Si no tengo reintegro, que nadie tenga”, pienso. Pero luego me doy cuenta que dicho pensamiento está mal, así que respiro hondo y le digo a la gente “Qué bueno que te llegó el reintegro”. Sé que ven la envidia en mis ojos, pero así me tiene el gobierno: “despeiná” y envidiosa.