Opinión: De pensiones e hijos de segunda clase
En un país tan machista como este en el que vivimos, hablar de custodias compartidas, pensiones y gastos de crianza desde la mirada del padre es casi el equivalente a un sacrilegio. Para un sector del movimiento feminista, parece una declaración de guerra dar espacio en los medios a los reclamos de padres que pasan pensión, pero que, contrario a la idea del “hombre chequera” que cultiva una relación con sus hijos desde la exclusiva mirada del cheque mensual de alimentos, exigen un vínculo afectivo real cargado de responsabilidad y privilegios iguales a los de su contraparte femenina.
Es como si por andar enfrascadas en la justa lucha por derribar las barreras de género se convirtieran en las autoras de un discurso contradictorio que exige para la mujer un papel de superioridad y mayores privilegios en el importante ejercicio de la crianza.
Ese ejercicio que parecería sacado de un capítulo de aquel programa venezolano La guerra de los sexos ha aflorado nuevamente con la discusión pública sobre las nuevas tablas de pensiones. La Administración para el Sustento de Menores (ASUME) parece haber olvidado en su confección de las tablas que aquello del sustento no solo debe ser garantizado para los hijos o hijas de un padre divorciado que ya no viven junto con él. El sustento también debe ser garantizado —en igualdad de condiciones— para los hijos e hijas que viven bajo su mismo techo. Y aquí es que las nuevas tablas fallan.
Pude confirmarlo al entrevistar a la administradora de ASUME, Rosabelle Padín Batista. En medio de su explicación sobre los “alimentantes” y los “alimentistas”, la funcionaria tuvo que admitir que a la hora de establecer las nuevas tablas de pensiones se toman en cuenta las necesidades de los hijos o hijas que reciben pensión de un padre o madre divorciados. Sin embargo, no toman en consideración el hecho de que los nuevos hijos también comen, visten y tienen necesidades que deben ser atendidas.
¿Por qué en pleno siglo XXI una agencia de gobierno se permite establecer tan evidentes distinciones entre los hijos e hijas de un mismo padre? ¿Son los nuevos hijos de un padre o madre divorciados ‘hijos de segunda clase’ con respecto a sus propios hermanos? ¿No es acaso tal distinción la validación del Estado a una situación de evidente discrimen? No sé usted. Pero yo digo que sí.
Por eso recibí con agrado la petición por parte del representante Carlos Vargas de una opinión legal al secretario de Justicia, César Miranda, con el propósito de que se exprese en torno a la evidente distinción que las nuevas tablas dejan establecida al pedirle al padre que trate con privilegio a unos hijos sobre otros.
Pero si el Estado quiere realmente hacer valer el derecho de todos los hijos a ser alimentados y recibir su justo sustento, no debe aguardar por argumentos legales. En su defecto, debe sustituirlos por el más genuino sentido de justicia y sensibilidad. Porque donde cabe uno caben tres. Pero solo come a quien se le permite comer.


