Qué bravo ese policía que abusa de un esposado

Por Karla Figueroa @LaKarlaFigueroa

6 jul 2014, 12:00 am 4 min de lectura

Mi columna para el día de hoy ya estaba escrita. Quería compartir con ustedes mi opinión en relación a las piscinas en los residenciales públicos. Sin embargo, mi pachanga de anoche trajo un tema mucho más interesante (aunque más común que las piscinas).

Eran pasadas las 11:00 p.m. Salía del teatro con una sonrisa en la cara, los labios con lipstick oscuro, mis botas puestas y un traje de esos cortitos que, hasta cierto punto, gritan “quiero que me tiren maíz”. Me monté en el carro que heredé de mi mamá y comencé a manejar por la avenida Ponce de León, en Santurce.

Para mi sorpresa, mientras decidía si escuchaba salsa periquera o reguetón de party de marquesina, me encontré con una de esas escenas que me sacan de control: policías abusando de su autoridad.

Ya había un joven esposado y acostado en el carril de la AMA. El otro acaba de ser esposado. El policía le dio un golpe detrás de las rodillas para poder tirarlo al piso. Me empezó a dar dolor de barriga pero me tragué todo lo que tenía que decir.

No sé lo que pudo haber dicho el joven que ya estaba en el suelo, sometido, como para que uno de los oficiales procediera a presionar con su bota el codo izquierda el muchacho. Eso tiene que doler más que perder por penales. Me salí de control. Me quería bajar del carro. Mi pana me gritó que me controlara.

Bajé la ventana de mi carro para escuchar lo que decían (no son presentamientos, es periodismo investigativo). Escuché al otro joven decir algo en inglés. Un segundo oficial procedió a poner su bota en la cara del joven. En su fucking cara. Qué bravo ese policía… Un hombre de verdad es ese que abusa de una persona que no se puede mover, que no le puede hacer nada. Un aplauso para usted, caballero.

En ese momento apareció un tercer policía que, en vez de ir donde sus compañeros y decirles: “Caballos, tienen que controlarse. Llévatelos al cuartel y ya”, procedió a mover a todos los que estábamos viendo tan asqueroso y vil espectáculo. Sus planes no eran detenerse. Sus planes eran que no viéramos al nivel tan bajo que podían llegar.

Sí, habían dos autos chocados. Parecía haber sido una persecución. No sé exactamente lo que pasó. Los detalles que tengo son iguales a los que tendría cualquier otro ciudadano. Eso no justifica el abuso.

Antes de continuar con mi aguacero, voy a hacer un paréntesis para educarlos bien rapidito (de nada, mis niños). La Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos explica —al expresarse sobre los Principios Básicos sobre el Empleo de la Fuerza y de Armas de Fuego por los Funcionarios Encargados de Hacer Cumplir la Ley— lo siguiente: “El artículo 3 del Código de Conducta para Funcionarios Encargados de Hacer Cumplir la Ley estipula que esos funcionarios podrán usar la fuerza solo cuando sea estrictamente necesario y en la medida que lo requiere el desempeño de sus tareas”. Esa explicación es bien bonita. Cuando alguien ya está controlando, no hay porqué usar más fuerza.

Dicho eso, quizás esos chamaquitos son candela y se merecían el arresto. Sin embargo, nadie merece que se le violen los derechos. La policía no puede abusar de su poder pero, ¿saben qué es lo peor? tenemos que mirar la situación y caminar como si nada. ¿Por qué? Porque si yo me bajaba del carro y le decía a ese policía que es un abusador, mi traje cortito no hubiese tenido mucho efecto; me iban a arrestar a mí también. Me tira al piso, me daña el récord y me quedo sin trabajo por el resto de mi vida. La impotencia que se siente ante una escena como esa es increíble.

No creo que todos los oficiales son iguales (de hecho, creo que hay muchos muy buenos) pero, por los malos es que no confío en la policía. No me gusta tener policías cerca ni a las 12 del medio día. Si me pasa algo, llamo a mi papá, no a la policía. Su autoridad cargada de fuerza es la orden del día en un país que, por miedo, tiene que ignorar el abuso. Su poder acompañado de atropello, nos ha vuelto mudos y ciegos.