Opinión: Un paseíto por el terminal de Río Piedras

Por Mariliana Torres @MarilianaTorres

2 jul 2014, 12:00 am 4 min de lectura

Don José es de hablar campechano. Sus manos curtidas y los surcos en su rostro delatan la ardua tarea que por más de 50 años ha llevado a cabo. Ese hombre de hablar espontáneo es esposo, padre y abuelo. Con el sudor de su frente levantó a una familia humilde y ahora, luego de décadas de labor incesante, está en la miseria. “Todo se acabó. Aquí no hay nada. En este trabajo perdí los dientes y el pelo”, me dijo don José para exteriorizar la dureza de su trabajo que comienza de madrugada.

Indudablemente, don José ha vivido momentos peores, quizá la pobreza de su infancia, pero lo que le estruja el corazón es la falta de palabra de quienes le prometieron prosperidad. “Son tantas las promesas que el río se las llevó, las borró”. No culpo a don José por sentirse agobiado, porque así nos sentimos todos en medio de la vorágine fiscal que ha quebrado el bolsillo de los puertorriqueños. Como don José, quien vive con el alma en pena, otros puertorriqueños han decidido quedarse en nuestro bendito país para defender lo suyo. Por eso me llamó la atención su arrojo y empeño. Me contó don José los miles de entuertos que ha tenido que hacer para llevar el pan a su mesa mientras le revuelve el estómago observar cómo la política y los intereses de cada cual hacen cantos las arcas del país. “Ustedes siguen descubriendo trabucos. Es como el cuento de nunca acabar…, pero ahora sí que toqué fondo”, me afirmó don José. Permítame decirle, distinguido señor, que así estamos todos. Unos más que otros.

Estando en el terminal de transporte público de Río Piedras fue que divisé a don José. Mi compañero fotoperiodista me pregunta cómo es que los identifico. Se refiere a escoger a las personas que dan buenas entrevistas, en fin, a la gente común que hace historias con sus historias, no a los encorbatados. Le replico que esas personas con estelas en el rostro son mis preferidos porque son el reflejo de Puerto Rico. Se convierten en los verdaderos entrevistados que merecen ser escuchados. Si cada uno de los políticos de este país hiciera esa tarea, quizá les daría un poco de vergüenza algunas de sus acciones.

Cuando hablaba con don José, observé que estaba inmaculadamente vestido y tenía un peculiar sombrero que delataba su buen gusto. Me imagino que de joven era algo presumido y con pico de oro. El clímax de la entrevista fue cuando me recitó una poesía. Hoy día son pocos los que cultivan ese género literario para manifestarse. Pero don José no estaba en tono de galantear a una mujer, simplemente estaba personificando con su don de palabra la realidad de su vida ante la crisis económica. Su estilo de vida ha cambiado porque exiguamente le llegan clientes. Su vieja camioneta, que es su instrumento de trabajo, necesita arreglos. Es que don José es porteador público. Su queja va dirigida a las autoridades gubernamentales que le exigen, pero no dan. Les envía saludos “cordiales” a todos los políticos que le estrecharon la mano en tiempos de campaña y ahora, que están en el poder, perdieron su norte. Fíjese, don José necesita sobre 150 dólares para echarle gasolina a su guagua mensual, pero solo le llegan cinco o seis pasajeros diarios para su ruta. Entonces, ¿cuál es la ganancia? Ninguna.

En momentos en que el Departamento de Transportación y Obras Públicas (DTOP) examina la reconfiguración de rutas del transporte público para darse el bote de que hizo de la ciudad una más accesible y competitiva, es importante que tome en consideración este sector del transporte olvidado. El flamante secretario del DTOP, Miguel Torres, me indicó que los porteadores públicos con sus tradicionales “pisa y corre” son indispensables en su propuesta y serán  incorporados en los conectores y centros de transbordo de manera que, de una vez y por todas, el Tren Urbano pueda funcionar en conjunto con carro, guagua y bicicleta. A los asesores del DTOP, que les ayudan a escribir las propuestas, les invito a darse un paseíto por el terminal de Río Piedras. ¡Vamos! Pa que conozcan a don José y escuchen la de él. Le prometieron incentivos hace décadas… Vaya usted a saber en dónde quedó el ofrecimiento.