Opinión: Alcaldes: Adiós a los aumentos… ¿y a borrar municipios?
Aún recuerdo aquella mañana. El alcalde de Canóvanas José “Chemo” Soto nos explicaba la lógica detrás de su aumento de salario. El hombre se echaba al bolsillo unos $7,400 mensuales. Pero no era suficiente. Así que ni corto ni perezoso ordenó a la Legislatura municipal de la Ciudad de los Indios aumentarle el cheque mensual a $9,400, así como quien no quiere la cosa. Y como ya es costumbre en la mayoría de las Legislaturas municipales, los honorables dieron el “sí” al aumento. Parece que entonces los argumentos de Chemo les fueron suficientes. Esos que justificaban el incremento con la excusa de que los chavitos servirían de “protesta contra el Gobierno central”. “Es la única forma que tengo para que ustedes me escuchen”, intentaba explicar Soto en un cuento digno de Corín Tellado, que tenía muy poco de honesto y mucho de descaro. ¿Cómo protesta un alcalde contra el Gobierno central aumentándose el salario cuando no es ese Gobierno quien le paga su cheque, sino las arcas de su propio municipio? Y es que a Chemo, como más de una decena de alcaldes, pareció importarle poco saber que se aumentaba el salario en momentos de crisis. La mentira estaba disponible para quien quisiera creerla porque, según Chemo, el aumento se justificaba —más allá de la protesta— pues su municipio gozaba de superávit, un superávit que habitaba en el mundo de nunca jamás. Según la Oficina del Comisionado de Asuntos Municipales, Canóvanas tendría que sufragar el aumento de su alcalde con un déficit de $105,732.
Pero el ahora retirado y aspirante al Senado no está solo. En marzo de 2013, la alcaldesa de Ponce, María Mayita Meléndez, se aumentaba el salario de $8,250 a $9,167. Un año antes en entrevista con el colega Luis Guardiola, Meléndez aseguraba estar poniendo la casa en orden y haber bajado el déficit heredado de Ponce a menos de $34 millones. En 2013, ese déficit había bajado a una cifra cercana a los $22 millones, aunque la deuda acumulada rondaba los $172 millones. ¿Se justificaba un aumento con un pueblo que se caía en pedazos? El tiempo hizo necesario que la alcaldesa se bajara su propio sueldo antes de un recorte en la jornada laboral. Y si quiere más, eche a la receta del desastre a otros 14 alcaldes de municipios rojos y azules, como Santa Isabel, Río Grande, Hatillo o Mayagüez, que se aumentaron sus salarios en momentos en que el discurso público hablaba de estrechez.
Por ello, sin lugar a dudas, la mayor parte del país ha recibido con agrado la noticia de la legislación del exalcalde de Guánica Martín Vargas que establece un salario base de $54 mil dólares para los alcaldes y prohíbe que los incumbentes de municipios en déficit se aumenten el salario.
Aunque la medida es sin duda un buen comienzo, aún queda mucho por hacer para poner frenos al mundillo de los municipios cuyo liderato político en ocasiones parece operar a la usanza de los caudillos con la lógica de “aquí mando yo”. Aunque gracias a esa legislación los nuevos alcaldes no podrán heredar salarios o aumentárselos en caso de déficit, ¿qué hacemos con los alcaldes que ya se aumentaron sus salarios y cuyos ayuntamientos no salen de los rojos? ¿Qué hacemos con el poder de las Legislaturas municipales que parece limitarse en la mayoría de los casos a gritar desde las gradas “sí señor” a cada uno de los caprichos de los alcaldes? Y aún más importante que eso: ¿cuándo se legislará para que —nos duela o no— los municipios que no sean viables desde el punto de vista económico y de gestión administrativa desaparezcan para dar paso a regiones o condados?
Estas movidas representan un paso doloroso, pero, según los estudiosos de la administración pública, verdaderamente revolucionario si realmente se quiere poner la casa en orden. Seguro que más de un ciudadano se opondrá. Los alcaldes afectados pondrán el grito en el cielo ante una movida que afectará su ego y poder político. No podremos culparlos. Después de todo, son solo el reflejo de un país que se creyó el cuento de la isla que jugó a gran metrópoli con ingresos de tercer mundo. Pero cuando se trata de salvar lo que nos queda de país, no hay lugar para aprender despacio. A ver si vamos aprendiendo la lección y aceptamos que esto se nos cae en pedazos.


