Opinión: Mujer y lesbiana: ¿Con eso basta?

Por Julio Rivera Saniel @riverasaniel

24 jun 2014, 12:00 am 3 min de lectura

Siempre es lo mismo. Cuando se trata de las nominaciones a cargos que dependen exclusivamente de la votación de las fuerzas políticas del país, parecemos avocados a tropezar con la misma piedra.

 El más reciente caso ha sido el de la licenciada Maite Oronoz. Públicamente lesbiana, la licenciada hizo su primera aparición pública una vez nominada a un cargo en el Tribunal Supremo como abogada joven y gay. Según el gobernador, su confirmación constituía un paso de avanzada para el máximo foro judicial de Puerto Rico. Muchos coincidían en esa apreciación. Planteamientos similares se escucharon en 2009 cuando el entonces gobernador Luis Fortuño hizo pública la nominación de Erick Kolthoff a la misma posición. Las circunstancias en las que se dan las nominaciones tienen puntos comunes.

Al momento de la nominación de Kolthoff no había en el Supremo un juez o jueza evidentemente negro. En el caso de Oronoz, nadie abiertamente gay ocupa un escaño en el máximo foro. En ambos casos, las nominaciones fueron presentadas al país como pasos de “avanzada” y “necesarios” para un tribunal del talante del Supremo. Pero en ambos casos se cuestionó su experiencia judicial, su limitada práctica activa en los tribunales como abogados litigantes y su evidente expediente partidista. Kolthoff como ayudante legislativo bajo mandato del Partido Nuevo Progresista (PNP) y Oronoz como activista de familia y tradición popular, empleada hasta su nominación de la alcaldesa de San Juan, Carmen Yulín Cruz.

 Entonces, al ver el expediente, inevitablemente desfilan múltiples preguntas a la hora de dar mérito a la afirmación que reviste de “histórico” el paso de las nominaciones. Antes sabíamos lo evidente: Kolthoff es un hombre negro; Oronoz es mujer y lesbiana. Pero ¿y qué hay con el resto? ¿Cuánto debe pesar la experiencia para un nominado al Supremo? ¿Qué pensaba Kolthoff y qué piensa Oronoz sobre issues importantes para el derecho? Antes, con Kolthoff y ahora con Oronoz, muchas de estas preguntas fueron contestadas con un gran signo de interrogación. Y aquí, amigos míos, es donde está el problema.

Ser negro, en el caso de Kolthoff, o lesbiana, en el caso de Oronoz, no deben ser un obstáculo para que un ciudadano preparado y con méritos acceda a posiciones de importancia en nuestra sociedad. Oponerse a la confirmación de ciudadanos cualificados por razón de su raza u orientación sexual no es solo un hecho estúpido cargado de prejuicios irracionales, sino un evidente acto discriminatorio. Y no dudo que tanto en un caso como en el otro algunos de quienes mostraron oposición a sus confirmaciones lo hicieron escudando la realidad de prejuicios fuertemente arraigados.

 Sin embargo, de la misma forma que ser negro o lesbiana no pueden ser un obstáculo o excusa para que ciudadanos preparados accedan a posiciones de poder, tampoco estos hechos pueden convertirse en una suerte de carta blanca. Algo así como un pase expedito a la confirmación sin que antes medie la necesaria discusión de sus méritos. Esos que más allá del pigmento o la realidad de con quien comparte sus afectos son realmente determinantes para posición a la que han sido designados.

 Ser negro o lesbiana no convierten a una persona con esas características en alguien progresista o defensor de los derechos humanos. Eso, señores, no llega con el ADN, sino que se prueba con el historial, con las acciones y la trayectoria. Por ello la discusión pública de los nominados a cargos en el Gobierno que se queda en la superficie y exige que se anteponga la “fe” sobre los hechos y credenciales le hace un flaco favor no solo a los nominados y a los grupos poblacionales que representan, sino al país que les evalúa.

¿Conocía usted las credenciales de Kolthoff? ¿Conoce hoy las de Oronoz? ¿Merecen el cargo solo por el color de su piel o su orientación sexual? ¿Son esos elementos en sí mismos una ganancia para el más alto foro judicial del país? Seguro que usted ya tiene su respuesta.

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