Opinión: Mi primer beso
Cerró los labios y se acercó hacia mí. Íbamos viajando en un autobús hacia la Patagonia, Argentina, con el coro de la escuela. Mi primera reacción fue de vergüenza. Me hice hacia atrás y, luego, encaré la situación. “Es mi primer beso”, me dije. “Vamos hacia adelante”. Cerré los ojos y los volví a abrir rápidamente. Quería ver lo que estaba pasando. Apreté los labios y chocamos juntos torpemente el uno con el otro.
Regresé a mi asiento, miré por la ventana y pensé: “¿Eso era todo?”. En las fantasías que había inventado del primer beso, había todo un espectáculo distinto, tal cual pasaba en las películas. En ese momento temí estar embarazada, ajena a cualquier conocimiento, ahora obvio, de cómo llegaban los niños al mundo. Oculté mi gran secreto del primer beso por meses. Una tarde no aguanté más con la angustia de imaginarme madre a los nueve años y corrí a la falda de mi madre a contarle todo.
Las lágrimas se me caían mientras llena de culpa le confesaba a mi madre ese primer encuentro con el beso y, por consiguiente, mi embarazo.
Mi madre se secaba el cabello, paró el ruidoso aparato, y me quedé quieta esperando un grito atroz. Para mi sorpresa, escuché risas, me acarició la cara y me explicó paso a paso cómo llegaban los bebés.
Su explicación fue tan precisa que al otro día les conté a mis compañeros con pintorescos dibujos del cuerpo humano cómo llegábamos al mundo, destronando la idea de la cigüeña, los angelitos y no sé qué otra teoría. Para la suerte de la biología, lo hice en un colegio católico. Cuando la monja volvió al salón, en su pizarra reposaban espermatozoides, penes y vaginas.
Fui suspendida del colegio por unos días. Desde mi primer encuentro con la sexualidad, desde aquel primer beso, hasta el día de hoy, siendo madre, vivir sin miedo a conocerme ha sido una gran aventura.
En la vida de una mujer hay muchas pizarras que mucha gente no quiere ver, aceptar, tratar con naturalidad. La sexualidad, la apertura a hablar de las cosas tal cual son, suelen ser herramientas útiles para atreverse a conocerse. Herramientas que lejos de ser escondidas o castigadas son claros conceptos biológicos. De ese primer beso surgió mi primer miedo a sentir; de la explicación de mi madre, la claridad necesaria para vivir, y de la suspensión de la monja, el atreverme a afrontar las consecuencias de poder decidir qué hacer.


