Opinión: Sindicatos, ¡A escuchar al País!
Hoy no pretendo analizar los reclamos de los grupos sindicales del país ante la legislación propuesta por el Estado para reducir o limitar el producto de luchas sindicales de años. Ese ejercicio de análisis, mi amigo lector, es uno que le corresponde a usted tras una evaluación balanceada de los hechos y a su responsabilidad de tomar decisiones informadas, a la cual no debe renunciar.
A lo que sí me aventuro es a aconsejar, aun sabiendo que en ocasiones los consejos no solicitados pueden ser mal recibidos. Durante años he podido entrevistar a casi la totalidad del liderato sindical. El país ha seguido sus luchas y, en unas ocasiones más que en otras, ha simpatizado con sus reclamos. Cuando lo ha hecho, el común denominador de la avanzada sindical ha sido la posibilidad de articular un mensaje claro, la capacidad de comunicar reclamos coherentes sobre las necesidades de los trabajadores o las injusticias del patrono. Es probable que ello haya sido el producto de un contacto directo y honesto con el país, su lenguaje y sus preocupaciones.
Sin embargo, me parece que en la actualidad el mensaje del liderato sindical no ha logrado la empatía que en pasados conflictos obrero-patronales. Claro que ello no tiene que estar directamente relacionado con el fundamento de sus reclamos. Pero el efecto es el mismo: apatía. Para combatirla, la historia reciente nos ha ofrecido un puñado de casos de estudio. Quizá el más elocuente ha sido la Universidad de Puerto Rico y la cuota de estabilización.
Seguro que lo recuerdan. Era el año 2010, y, como antesala, el liderato estudiantil no había podido articular un discurso público coherente que lograra la solidaridad del país para que este lograra entender el impacto de los cambios propuestos por el Estado para miles de universitarios. Estrategias fallidas por cuanto fueron mal recibidas por el país lo confirmaban. Entonces, el liderato estudiantil, liderado por Xiomara Caro y Giovanny Roberto, entre otros, comprendió la ecuación del éxito. En lugar de la confrontación y de articular discursos con un lenguaje solo inteligible por sus propios grupos, estos líderes comprendieron que en tiempos modernos las batallas se libran ante la fija mirada del escrutinio y la opinión pública. Así articularon estrategias con planes claros, fijaron metas, escogieron portavoces eficientes y entendieron que los trapos sucios se lavan en casa. Comprendieron y utilizaron el poder de un discurso bien articulado. Negociaron. Respondieron de manera eficaz el discurso gubernamental y articularon contrapropuestas eficaces ante la opinión pública. Repudiaron la violencia y no tuvieron temor de renunciar a la testarudez reconociendo sus propios errores y corrigiéndolos sin buscar a quién echarle sus propias culpas. El resultado fue claro: ganaron la guerra o al menos la que les tocó librar en su momento.
Los líderes sindicales tienen un par de lecciones que aprender de aquel liderato estudiantil. Para comenzar, deben poner oído en tierra. No les hace bien caer en el error de los gobernantes embriagados de poder, quienes solo tienen oídos para quienes les dicen lo que quieren escuchar. Si desean ganar la guerra, entonces es momento de repensar la ofensiva, escoger sus portavoces, articular un mensaje eficaz y combatir el ruido, ese, como el que un puñado de unionados indisciplinados agarrados de una cerveza fría en pleno piquete —que no representan al servidor público—, es capaz de producir. Porque el ruido, señores, distrae del contenido del mensaje. De comprender, como los estudiantes, que los trapos sucios se lavan en casa y que quien asume la portavocía desde la prepotencia no es un buen portavoz.
En definitiva, deben tener plena conciencia de que las guerras no se ganan solo a fuerza de mollero. Tal vez será posible ganar alguna batalla. Pero quien pretende ganar la guerra debe hacerlo con el respaldo del pueblo. En el ejercicio de la discusión pública nunca ha ganado quien no tiene el pueblo como principal aliado de luchas. En combate, en más de una ocasión conviene una breve retirada, replantear el plan de ataque y luego retomar la ofensiva. Pero siempre, siempre será el pueblo el que decidirá el vencedor.


