Opinión: De la 46 a la 79
El domingo, tras haber presenciado la noche anterior el triunfo de Miguel Cotto, salí del hotel neoyorquino en el que me hospedaba el pasado fin de semana y comencé a caminar. Eran poco más de las nueve de la mañana. Estaba citado para la calle 46, intersección con la emblemática Quinta Avenida. En el camino la ciudad era la continuación de lo que había comenzado a suceder durante la noche del sábado. Las banderas puertorriqueñas ya ocupaban las calles y se sentía el orgullo boricua.
Iba para la 46. Estaba convocado por mis compueblanos guayanillenses residentes en Nueva York para caminar con ellos en la Parada Puertorriqueña. Se me honró con el título de “guayanillense del año” y era una obligación estar allí. Llegué al lugar de la cita y era impresionante la ocupación de los puertorriqueños en esa zona, característica del glamour estadounidense.
Poco despues de la una de la tarde, comencé a caminar al frente de la delegación de mi pueblo. Fueron 33 bloques. Al lado de buenos amigos, hoy prominentes, saludé a muchos y reconocí, otra vez, cuán grande es ese orgullo patrio de nuestra comunidad residente allá. Agitan la bandera, gritan “¡Puerto Rico!” sin vergüenza y utilizan los símbolos nacionales hasta en las prendas más íntimas.
No era mi primera vez en un Desfile Puertorriqueño. Hace unos años, había hecho el mismo recorrido con mi papá. Les puedo decir que ese fervor sigue intacto.
Acá, cada vez que viene el fin de semana del desfile, muchos se enajenan de ese sentimiento, no lo aceptan y hasta se abochornan de tal manifestación, cuestionando el estilo. Y es que, a mi juicio, no lo entienden. Esa manifestación tiene una explicación sociológica e histórica que se traduce en un nacionalismo sólido. Son generaciones de puertorriqueños viviendo en un ambiente de pobreza y discrimen, obligados por nuestros gobernantes de antaño a no estar en su tierra. Son ciudadanos a los que los estadounidenses no los consideran como tal, y muchos de los nuestros no los consideran compatriotas. Han tenido que vivir bajo un doble discrimen. Eso explota un día en la avenida más importante de la ciudad que durante el resto del año les margina.
Dos días antes del desfile, mis amigos de Guayanilla me dedicaron un banquete. Allí conversamos sobre la importancia de recordar siempre de donde uno sale. Recordaba con ellos, como de la mano de mi tía Lensel y de mis papás, salía de la calle Isabela de Guayanilla para buscar oportunidades en el mundo de las comunicaciones desde los 14 años. Les decía que allí quería estar, con quienes, aun desde la distancia, celebran sus raíces. Como ellos, cientos de miles de puertorriqueños hicieron lo mismo durante el fin de semana.
Más tarde el domingo, caminando, ya con un tránsito “normal” y mientras la ciudad tomaba otro tono con la celebración de los Tony Awards, escucho a una joven. Presumo que es un residente hablando por teléfono. Caminaba justo detrás de mí. Le comentaba a su interlocutor, con bastante desprecio, cómo había banderas puertorriqueñas por todos lados, como si de una invasión se tratara. Ahí terminé de comprobar cuán importantes son las manifestaciones nacionalistas como las del domingo, en las que sus participantes lo único que hacen es recordar de dónde salen. Un grito de puertorriqueñidad que muchos de los de acá no son capaces de dar.


