Opinión: Cero calzoncillos para mi padre
Hace unos días escuchaba a un amigo decir que el Día de los Padres no le importa a nadie y que se sacan regalos y los calzoncillos de las esquinas de los clósets para cumplir, pero sin mucho entusiasmo si se compara con el Día de las Madres. Puede ser.
Quizás cuando llega el Día de los Padres ya todo el mundo está tan pelao por el Día de las Madres que no puede darse el lujo de hacer el segundo gasto extra en un mes. O es que entre las madres y los padres hay cuanta graduación existe. O estamos guardando para las vacaciones de verano.
No recuerdo regalos extragrandes que le haya hecho a mi padre. Primero, no soy regalona por naturaleza. Al menos no soy de las que planifica los regalos. Casi casi resiento las fechas especiales para regalar porque detesto la presión.
Pero mi amigo me puso a pensar en mi papá. Y concluí que no hay nada que yo pueda regalarle, sumado en todos los años de mi vida, que se asemeje a lo que me ha regalado él a mí. Y no me refiero a nada material. Soy una hija imperfecta para un padre perfecto. Pero todos los que me conocen saben que me babeo por él.
Cuando nací, papi tenía 24 años. Yo era su segunda hija, de tres que al final compusimos esta gran aventura familiar. Papi era empleado de una compañía de refrescos, en la que trabajó por 30 años hasta que la economía dictó el cierre. No conozco, al día de hoy, a nadie con una ética de trabajo más profunda que mi padre. Jamás una excusa, jamás un día libre trampeao, jamás una ausencia injustificada, jamás un cuento.Pienso en papi y me vienen a la mente dos palabras, las mismas siempre: sacrificio y nobleza.
Las circunstancias de su vida lo sacaron de la escuela muy temprano. Y luego esa misma vida nos llevó a mis hermanas y a mí a fungir como sus tutoras cuando decidió continuar estudiando para completar su cuarto año. Recuerdo como ahora nuestras sesiones en la biblioteca municipal de Caguas. Las tareas eran claras: mi hermana mayor lo ayudaba con el Álgebra; yo lo ayudaba en Español, y ambas lo ayudábamos en Inglés, mientras mi hermana chiquita fungía de payasa y de sensación para el resto de sus compañeros de estudio. ¡Qué recuerdo ese!
Mientras eso ocurría, nuestra madre buscaba un título universitario, con un brutal número de sacrificios, que iban desde enviarnos con nuestros familiares para ella poder estudiar hasta perderse cuanta fiesta existía para enfrentar sus exámenes finales. Mis hermanas y yo la acompañábamos bastante y, para cuando mami terminó su bachillerato, ya casi éramos expertas todas en Derecho Mercantil.
A veces los maestros de ambos nos daban los exámenes como al resto de los estudiantes a ver cómo nos iba. Me parece que sin mucha fe. Un par de veces los sorprendimos en grande.
Con esa historia de ambos no es difícil adivinar que con todas las limitaciones económicas enviaron a sus tres nenas a la mejor escuela privada del pueblo. Papi podía tener sus zapatos gastados; mami podía tener cero tiempo para disfrutarnos, y era imposible darnos un lujo. Pero a la hora de nuestra educación no había sacrificio grande para ellos. Papi podía privarse de un gusto, pero yo abría la boca para pedir un libro y no pasaban 24 horas cuando lo tenía en mis manos. La educación era todo.
El Negro —como le dicen a mi padre— nos llevaba al colegio en un Volky amarillo, con el piso roto y enmohecido. Y mis hermanas y yo llegamos a decirle que nos dejara lejitos del portón. Vergüencita natural de nenas inmaduras.
Es el mismo que sin complejo alguno se bebió las lágrimas en cada desfile de graduación y en cada camino al altar.
Ni exagero ni idealizo cuando les digo que mi padre ha sido el mejor, que no significa que no ha tenido sus tropiezos, como todos. Les aseguro que no miento ni exagero cuando les digo que no conozco a nadie que hable mal de él. No conozco a nadie que no sonría cuando le digo de quién soy hija.
Así que en el Día de los Padres que se avecina es muy posible que no le tenga un regalo y, dependiendo de los planes de mi madre que aún lo secuestra para disfrutarlo solita, es posible que tampoco lo vea. Pero de algo estoy bien segura. No sé si hace falta un regalo cuando quien se supone que lo reciba ya te lo dio todo.
Te amo, papi.


