Opinión: No hay chavos: ¿Quién dice yo? Nadie, nunca
Sin duda, parece que el país es testigo de un gran acto de fe, tan grande que ha logrado que todos los sectores económicos se unan, como en un servicio ecuménico, para rezar a coro “de mi maíz ni un grano”. Solo que el rezo nos deja con un buen puñado de dudas. La principal, saber cómo salimos del gran atolladero en el que nos encontramos.
Y ese, señores, no es otro que la monumental crisis económica que vive Puerto Rico. Todos parecen entenderla. Pero ninguno de los sectores económicos del país parece sentirla lo suficientemente cercana a los intereses del colectivo como para querer aportar. La premisa luce sencilla: que la crisis la paguen otros.
Los ciudadanos —sobre todo la clase media trabajadora— hemos aportado al país como siempre lo hemos hecho: con el pago fiel de nuestras responsabilidades con el Gobierno. Radicar planillas, pagar el agua, la luz, el CRIM, el IVU y la madre de los tomates no es tarea pequeña. Así que de este lado de la verja —coincidirá usted— hemos rendido nuestra cuota de responsabilidad. El Gobierno asegura, sin embargo, que es momento de aportar más. A mayor crisis, mayor el sacrificio. Así que se apresta a “congelar” algunos beneficios de los empleados públicos. Y claro que de que hay crisis, hay crisis.
Pero ¿qué hay con el resto? Para ese “resto” del país la crisis parece inexistente a juzgar por el discurso que asume públicamente. Como si se tratara de un problema “ajeno”, más de un sector insiste en meter la cabeza en el hoyo como el avestruz y pretende que sean “los demás” los que paguen los platos de la vajilla que con toda seguridad también ayudaron a romper.
La negativa comenzó por la banca. Ese sector de la economía, que cuando lo ha requerido ha recibido fondos públicos para salvar sus finanzas, ahora se hace de la vista larga. Aún recuerdo cuando en el 2013 la senadora Rossana López sugirió la retención de 50 centavos de lo que los bancos le cobran a usted por cada transacción para atender el déficit en Sistemas de Retiro. ¿La respuesta de la banca? “¿Pagar nosotros? ¡Nosotros no! Es una carga contributiva para instituciones que nada tienen que ver con el déficit”, decía entonces el presidente de la Asociación de Bancos, Arturo Carrión.
Pues entonces recortemos el tamaño del Gobierno, sugirieron algunos. Los economistas han asegurado históricamente que, si se hace bien, reducir o consolidar puede ayudar. Así que se inicia un plan de consolidación de agencias. ¿La respuesta de los “fusionados”? “¿Fusionar mi agencia? ¡Mi agencia no! ¡Lo que hacemos no puede hacerse de otra forma!”, parecía ser la reacción de muchos. Una premisa que en algunos casos parecía tener lógica, pero en otros no.
Pues entonces miremos la Rama Judicial. ¿Su respuesta? “¿Revisar beneficios? ¡Mis beneficios no! Bajar nuestras pensiones sería el equivalente a violentar la independencia judicial”.
Pues entonces miremos las escoltas de los exgobernadores. O a las iglesias que generan ganancias, pero que están exentas del pago de contribuciones. O los millones invertidos en la Comisión Estatal de Elecciones (CEE). O los refrescos. O tal vez las corporaciones foráneas. O esto. O aquello. O lo otro. ¿La estruendosa respuesta? “Yo no. Y el otro tampoco”. El sector comercial de capital extranjero y las grandes corporaciones aseguran no tener dinero para mayores aportaciones al fisco, aun cuando en algunos casos sus ganancias muestran que no han hecho otra cosa sino aumentar. Los exgobernadores se aferran a sus escoltas como infantes a la teta; los partidos se oponen a la reestructuración de la CEE, y el Gobierno central aún no convence en su discurso de que ya ha hecho todo para cortar la archifamosa grasa gubernamental. Parecerían ser los protagonistas de un gran ejercicio de locura colectiva. Todos en el discurso reconocen “que el país enfrenta momentos difíciles”, pero todos aseguran que hay “otras formas de enfrentarlos”. Claro está, que toquen a “otros” y no a sí mismos. Entonces, ¿cuáles son esas formas? ¿Cómo se articulan? ¿Cómo puede el país enfrentar su crisis si la máxima general es que aporten todos menos yo? Si me preguntan, no tengo idea. Tal vez a usted se le ocurran algunas. ¡Hay crisis! ¿Alguien aporta? Más allá de la clase media, ¿quién dice yo? Nadie. Nunca.


