Opinión: ¡Dale, Raymond! ¡Te esperamos en la meta!
Pocos artistas en la historia de un pueblo calan tan hondo como Raymond Arrieta con su caminata Dando Vida. Si bien todavía se habla de Maripily y sus temblores de tierra, otros invierten su tiempo en apoyar causas que devuelven la esperanza y la salud a todo un país, y en especial a los enfermos de cáncer.
Raymond decidió comenzar a “armar lío” con su extensa caminata en Coamo, el pueblo que por gracia de Dios es mi destino pastoral como sacerdote. La tarima del programa de televisión Día a Día estaba ubicada frente a mi cuarto de la casa parroquial. Con lo cual, haciendo gala de mi vena farandulera y periodística (para los que me acusan de ello y de lo cual no tengo ningún problema), decidí caminar con mis feligreses unas tres millas para, con mi dinero y sacrificio, dar vida a los más necesitados. ¿Acaso no es eso lo que la sociedad espera de un sacerdote “moderno”? Yo sigo pa’lante… ¿Y tú?
Caminaba suplicando a Dios por la sanación de todos mis feligreses con cáncer. Miraba a Raymond y desde el corazón le decía: “¡Gracias, amigo del pueblo, porque lo que haces no lo está haciendo nadie!” y le echaba mi bendición. Él ni me miró, pues no me conoce. Pero me sentía como si lo conociera de toda la vida. Observaba con respeto su entrega a los más débiles de mi islita bella, mientras recordaba las palabras que san Juan Pablo II dirigió a los artistas del mundo el 4 de abril de 1999 en las llamadas “nuevas epifanías de la belleza” de Dios. Raymond, con su caminata, manifiesta la belleza de lo que es capaz de hacer un ser humano para ayudar a sus hermanos. ¡Olé por Raymond!
Ser artista es una vocación. Y la sociedad tiene necesidad de artistas del mismo modo que necesita de médicos, abogados y periodistas. Ellos, con su arte, educan y garantizan, como dice Juan Pablo II, “el crecimiento de la persona y el desarrollo de la comunidad”. ¿Cómo no apoyar a Raymond y a la clase artística puertorriqueña? El servicio artístico contribuye a la vida y al renacimiento de un pueblo.
Raymond, mi hermano, gracias porque, en tiempos de crisis económica, social y moral, tu gesta hace que renazca la ilusión y la vida. No nos conocemos, pero lo único que me resta por decirte en nombre de los más necesitados es ¡dale, Raymond! ¡Te esperamos en la meta!


