Opinión: El mimo
El lunes pasado cubría una majestuosa actividad en el Coliseo de Puerto Rico organizada por el Departamento de Educación en la que honraron a 1,769 estudiantes que lograron mantener un nivel de excelencia académica durante los tres años de su escuela superior. Muy grandioso era el escenario. Desde que llegué todo era celebración. Eran notables los rostros de felicidad de los jóvenes, aunque los maestros fueron relegados a un lugar menos prominente en la instalación. Llegué porque estaba prevista la comparecencia del gobernador, y varios asuntos estaban pendientes para realizar los cuestionamientos pertinentes. Pero dejé a un lado los issues del día y me involucré en el festejo. Comencé a ver cómo los rostros de los adolescentes, aun viniendo de escuelas distintas, proclamaban unidos su éxito.
Mi desilución vino con los discursos oficiales. Le tocó el turno al gobernador. Luego, Bhatia, Perelló y el secretario de Educación.
García Padilla comenzó su mensaje haciendo una “ola” en el Coliseo —a lo concierto de Maná— y, luego, habló de cómo, ante las decisiones de su administración, el país estaba mejorando. Como si esos muchachos, particularmente esos, no se hubieran enterado del último informe en torno al desempleo y de la reducción dramática de puestos de trabajo. Bhatia y Perelló mejoraron la cosa, particularmente el presidente del Senado cuando los invitó a hacer networking para ayudar al país en su desarrollo.
Perdemos oportunidades. El gobernador tenía ante sí a lo mejor del sistema educativo del país, todos reunidos, atentos. Era el momento de pronunciar un discurso inspirador, que les proporcionara herramientas para insertarse desde ya, con la realidad del momento, a la discusión de ideas. En cambio, el centro de la actividad fue compensar con un cheque de $400 a cada estudiante como felicitación a su esfuerzo y que los homenajeados escucharan un catálogo de logros políticos.
Este no es un problema del Gobierno. Hace unos meses, estuve en una actividad similar, en la que la Asociación de Escuelas Privadas felicitaba a los estudiantes más sobresalientes del College Board. Tras entregar los certificados correspondientes, la organización decidió presentarles un mimo, muy talentoso por cierto, para que disfrutaran el momento. La queja vino rápido. Me la dio un papá, por cierto un reconocido empresario que más tarde entró a codirigir un grupo auspiciado por La Fortaleza para delinear estrategias de desarrollo. Me decía el orgulloso padre que se perdió la ocasión para presentar a un gran orador que les diera guías de éxito a los jóvenes.
Este sábado me tocará hablarle a la primera clase graduanda de duodécimo grado de mi Colegio Inmaculada Concepción en Guayanilla. Les diré que no importa cuán dura sea la realidad de cada cual, está en nuestras manos abrir los caminos de las oportunidades, de lograrlas, mantenerlas y siempre superarlas. Eso, entre otras cosas, porque mucho debatimos de la deserción, del cierre de las escuelas y del aprovechamiento académico. Pero cuando nos surgen oportunidades, a los públicos y privados, de cambiar vidas y de inspirar a los demás las perdemos. Decidimos resolver con el mimo o su equivalente. Aunque recordemos que este arte surge de los teatros griegos y romanos, donde a la audiencia le era muy difícil escuchar. Aquí a veces es mejor ni escuchar. A veces es mejor la pantomima.


