Opinión: Los famosos cuernitos al Gobe

Por Dennise Y. Pérez @denniseypr

21 may 2014, 12:00 am 4 min de lectura

Hubo una vez un niño que le puso los cuernitos al gobernador y se hizo famoso.

Es una fama que no puedo medir, porque no entiendo todavía cómo es que la tradujo el pueblo en general. No estoy segura de que censuró el acto y de algún modo pienso que hasta gracia le dio.
Cuando veo estas cosas, no puedo evitar remontarme a mi niñez. Mi madre y mi padre eran una combinación poderosa de disciplina y amor. No es que uno amara más que el otro, pero sin duda la disciplina estaba en manos de mami. Era a la que le teníamos terror porque tenía una facilidad para no enviar mensajes previos al chancletazo, que te cogía desprevenida acabándote de sonreír. No era, ni cerca, un caso de maltrato. Era un caso de prevención a largo plazo, que quizás no entendí entonces, pero que ahora agradezco casi de rodillas y en reverencia.

En mi casa éramos tres hermanas, y en nuestro entorno decían que éramos niñas modelo. Y no por Fontecha, sino porque nos portábamos generalmente bien, éramos estudiosas y respetuosas, y creíamos en Dios (creemos aún, sobre todas las cosas).

Pero eso no ocurrió en un vacío. Fue el resultado de esa educación. Fue el resultado de que mami y papi no nos dejaran pasar una.  Fue el resultado de saber por seguro que cada acto tenía una consecuencia. Literalmente, verme precisada a cambiar o desistir de una maldad “porque si me coge mami me va a dar una pela”. ¿Eso está mal? Pienso que no.

A veces estoy en sitios públicos y veo a madres “sonando” a sus hijos o gritándoles. Mi madre JAMÁS hizo eso.  Otro arte que dominaba al máximo era el de pellizcarme en público sin que nadie se diera cuenta.  Y más me valía a mí que dominara el arte de disimular. Supe salir de misa con las uñas de mi madre perfectamente  marcaditas en mis brazos. Lo hacía con la más extrema disciplina en medio de la homilía o del ofertorio. No discriminaba el escenario. ¿Me quejo hoy?  ¡Para nada!

Una vez estaba de compras y vi en equis góndola a una mamá metiéndole unos buenos tortazos al nene. No pude evitar espetarle la mirada. Ella me dijo: “¿Tienes hijos?”. Le respondí que no. Y me dijo: “Dale gracias a Dios”.

Es un comentario que no he podido superar. Cuando ella me dijo eso, sonreí pasmada y seguí caminando porque no quería parecer entrometida. No sé qué me dio de camino a la caja registradora que dejé el carrito a un lado y me fui a buscar a la mujer. La encontré y, antes de que yo le hablara, ella me volvió a espetar: “Dale gracias a Dios”.

Y yo, una mujer adulta que ha hecho lo posible, lo imposible y lo más allá por tener un hijo, sin éxito, solo pude decirle: “Quizás no es el niño;  quizás es la madre”.

Desde que le dije eso no he parado de pensar si estuve bien o mal. A veces me inclino por lo uno; a veces por lo otro.

Pero cuando ocurrió este gran frenesí del niño que le puso los cuernitos al gobernador, me pregunté qué habría pasado si ese niño hubiera sido hijo de mi madre. No pude evitar mirarme las manos a ver qué dedo tenía la sortija más grande. Porque si yo le hubiera puesto los cuernitos al gobernador, usted puede dar por seguro que mi madre me habría metido con la mano derecha, donde tiene su imponente sortija de graduación.

No juzgo al niño ni a su madre. Solo evalúo los hechos públicos. Y agradezco que el niño haya “perseguido” al gobernador al día siguiente en una actividad pública para pedirle perdón. Pienso que hay que tener un gran grado de valentía, bodrogos, para hacer eso, aunque haya gente que piense que fue un acto montado de relaciones públicas.

Yo prefiero pensar que el niño se arrepintió. Que de verdad pasó la noche en vela lamentando semejante acto de irrespeto al gobernador. Lamentablemente, apuesto a que fueron más los high five que recibió que los regaños.

Me gustó que le llevara una carta al otro día. Yo habría tenido que entregársela con los pies, porque mi mamá posiblemente me hubiera cortado los mismos dedos con los que le hice cuernitos al gobernador. Claro, no me los hubiera cortado literalmente, pero yo habría soñado que sí. Y eso habría sido suficiente para no hacerlo.

Thank you, mom. Thanks, forever.

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