Opinión: Chemo, Lornna y la dinastía criolla

Por Julio Rivera Saniel @riverasaniel

20 may 2014, 12:00 am 3 min de lectura

Eso de la sangre azul parece siempre estar de moda. España tiene lo suyo. Don Juan Carlos, doña Sofia, Felipe y Leticia son parte de la vistosa y controvertible familia real de la llamada Madre Patria. Suecia tiene a los Bernadotte. Reino Unido —cómo olvidarlo— tiene a los Windsor, y Japón, al príncipe Naruhito y la familia imperial.

Parece sencillo y no requiere ni el más mínimo esfuerzo intelectual. Gobierna el hijo de papá. En los casos de mayor liberalidad, tal vez su hija. Pero eso de pasar por el escrutinio público, demostrar sus kilates y ganar las posiciones que antes obtuvieron sus padres parece algo mucho más complicado. ¿Por qué no mejor renunciar al uso colectivo de las neuronas? Esta parece ser la lógica detrás de la cosa monárquica.  Es bastante más cómodo que el ejercicio democrático tradicional del hombre, la mujer y el voto.

Acá, donde el apego a las antiguas costumbres europeas parece para muchos el equivalente al buen gusto, luce que aquello de las dinastías nos sedujo hace mucho (no en balde la seducción de The Game of Thrones). Aunque por las restricciones legales podríamos llamarlas dinastías criollas aguadas, en esta ocasión, parece que estamos a las puertas de un nuevo paso en la casa real de Canóvanas. El rey Chemo Primero ha abdicado. A pesar de que su renuncia era un secreto a voces desde hace al menos un año, Chemo aseguró el sábado que tan cerca como el viernes se le ocurrió la idea de dejar la dirección del pueblo que ha gobernado por más de 20 años. “El pueblo tiene muchos problemas”, dijo como aquel que no se ve a sí mismo como responsable de atender esos “problemas” desde la máxima silla del Gobierno municipal. Así que para atender “esos problemas”, Chemo ha decidido renunciar y crear una fundación que hasta hoy no tiene nombre. Y mientras los súbditos de la Ciudad de los Indios aguardan por el nacimiento de la fundación que habrá de atender sus problemas, parece que tendrán un asunto menos en el que ocupar sus energías. No era secreto que el rey Chemo abandonaría el trono solo para dejarlo en manos de alguno de los miembros de su casa real. El plan era dejar a su hijo Christian bien sentado en la poltrona municipal. Pero el destino tenía otros planes. Así que ahora Chemo parece cifrar sus esperanzas sobre la continuidad del reino en su hija, la exsenadora Lornna Soto. O en su hijo José. La monarquía hereditaria en su más clara expresión. Pero Chemo no está solo. La práctica de dejar hijos e hijas bien sentados en puestos de poder en el Gobierno o, cuando menos, ofrecerlos a las masas como garantía de continuidad, no es invento de Soto y su prole. Solo mire atrás y pase nota. Desde Luis Muñoz Marín, pasando por Carlos Romero Barceló, Sila Calderón, Rafael Hernández Colón, Ramón Luis Rivera y Héctor O’Neill. O el alcalde de Fajardo, Aníbal Meléndez, y más recientemente Pedro Rosselló y su hijo Ricardo. La tentación de dejar como herencia el poder ha hecho flaquear a nuestra clase política. Y a los electores, sobre todo a estos últimos para quienes la réplica de un rostro o un nombre conocido parece ser “talento suficiente” como para entregar sin dudas la confianza del poder político.

Nada más irresponsable e injusto. Irresponsable por cuanto el ciudadano-elector claudica ante su resposabilidad de evaluar con rigor a las personas que a la larga ocuparán posiciones de poder político. Injusto porque al hacerlo no permiten a los “retoños” de sus líderes favoritos ocupar el campo y demostrar en igualdad de condiciones por qué merecen ocupar los cargos que una vez ocuparon sus progenitores. En algunos casos, se está ante vástagos igual o más talentosos que sus padres. En otros, se trata de un simple anuncio engañoso.

En este nuevo turno al bate en el juego de la dinastía criolla, no renuncie a su responsabilidad. No se conforme con los “porque sí”. Piense y luego escoja. Evalúe y luego vote. Exija. Porque los talentos (o la ausencia de ellos) no siempre se transmiten a través del material genético.