Opinión: Un mamífero perfecto

Por Natasha Sagardía @NatashaSagardia

16 may 2014, 12:00 am 3 min de lectura

Me sentía como una pantera antes de que naciera mi hija. Daba vueltas por su cuarto sin dejar un pequeño espacio sin vigilar. En la carrera por tenerlo todo: “el baby shower”, las invitaciones, los pañales, los wipes, las toallitas, el proyector, la cuna, las sabanitas y no sé qué más, un simple detalle se me escapaba; la leche es lo más importante.

Creo que las mujeres olvidan lo doloroso que puede ser lactar, en especial los primeros días cuando la leche llega. Encontrarse con ese dolor y las emociones que produce ese proceso, es un desafío.  Algunas mujeres optan por no hacerlo, lo entiendo perfectamente. Entiendo que las generaciones cambien, que la medicina avanza y con ese avance muchas situaciones mejoran, y otras empeoran. Entiendo que la vida lleve una velocidad mayor, que nos casi imposibilite a estar con nuestros hijos el tiempo que queramos, lo entiendo. Lo que no entiendo es el prejuicio cultural que enfrentamos en nuestra isla bonita, cuando una mujer, saca su pecho en público y amamanta a su bebé.

Soy una madre joven que lacta, que asume la más natural de las faenas de los mamíferos, amamantar. Así como un ternerito mamón pide leche, mi pequeña lo hace y yo, a falta de una ubre con cuatro pezones, me desprendo el brasier y delicadamente saco uno de mis dos  pechos y lacto a mi niña. La lacto en donde sea, en la circunstancia que sea y en el espacio que ella tenga hambre.

¿“Señora”, le gustaría que la escolte al conference room?, me dijo una recepcionista de un banco, cuando en la sala de espera, llena, decidí alimentar a mi hija. Levante la vista, no puedo negar que no me sintiera ofendida, pero opté por la diplomacia y le contesté:  “No me siento incómoda haciéndolo aquí, si a usted le incomoda lo podemos conversar”. La mujer se puso roja, bajó la vista y como para escapar de su sugerencia no bienvenida, me dijo: “Es por la niña, asumo que estará mas cómoda en otro lugar”. Opté por no continuar la conversación, le agradecí la oferta y seguí con mi faena.

Como esa pequeña situación, puedo describir otras, irónicamente protagonizadas por otras mujeres.  Vivimos en un país donde expresarnos es abierto en comparación con otros espacios, (acepto que aún tenemos un largo camino que recorrer) pero nos expresamos abiertamente en la estética, en la sexualidad, en la música, en las redes sociales, en las imágenes que subimos; sin embargo, en uno de los gestos más generosos y bonitos del ser humano; amamantar, nos tapamos, nos escondemos y nos sentimos incómodos.

Cuando cargo las mil carteras en el carro, hago otra vez el recuento casi enfermizo de no olvidar nada, como aquella pantera rondando la madriguera hace unos meses atrás; en ese ejercicio de tener que salir a la calle, siento que me preparo para ir a la batalla. No es que sea una batalla conflictiva con el otro, sino conmigo misma; de no olvidar que lo más importante en todo esto es estar conectado con lo más natural, lo biológico, lo íntimo y hermoso, el cuerpo. El gesto de poder alimentar a mi niña, hace de mi un perfecto mamífero que a falta de cuatro pezones y una  ubre, tiene un buen seno para amamantar, uno de los gestos más bonitos y generosos del ser humano.

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