Opinión: Una de cal y otra de arena

Por Lily García

13 may 2014, 12:00 am 2 min de lectura

“Estoy reescribiendo mi novela”. Con esas palabras me recibió mi tía Lya cuando llegué a visitarla en el hogar de ancianos donde reside. Esas cuatro palabritas fueron suficientes para darme a entender que estaba en uno de sus raros días lúcidos. Hace tiempo que, dada su condición de demencia, su conversación se ha tornado muy limitada.

Pero el domingo estaba parlanchina, así que aproveché. “Cuéntame”, le respondí. “¿Qué vas a cambiar?”  “Lo primero es el nombre del protagonista”, me respondió. Lo de la novela no es fantasía.  Ella llegó a publicar dos libros: uno de poemas y otro de enseñanzas espirituales.  Sin embargo, ninguna de las dos novelas que escribió fue publicada.  Una de ellas la llegó a someter a una compañía editorial y le contestaron que no podrían considerarla porque el protagonista moría al final y eso al público no iba a gustarle.  Aunque esto había ocurrido hacía más de veinte años, el recuerdo estaba fresquito en su mente este pasado domingo.  “¿Qué tú crees que debo hacer?”, me preguntó, “¿Le hago caso al editor ese?”.  “Yo tú no cambio nada” le respondí. “En la vida no siempre hay un final feliz”. 

“Eso mismo pienso yo”, me dijo ella.  Y continúo con un “Ay, Lily, yo ya no tenía ganas de vivir, pero ahora que estoy reescribiendo mi novela, me ha vuelto el ánimo”.  Al escucharla se me apretó el corazón.  Cuando se me da la oportunidad de tener una conversación semicoherente con ella, es como un regalo, porque nunca sé cuánto le va a durar.  Tal vez a ustedes no les haga sentido el que le llame a esta conversación “coherente”, porque en realidad ella ni va a reescribir su libro ni va a someterlo para publicación.  Pero, en ese momento, esa es su realidad.  El problema es que esos momentos de lucidez vienen también con un peso.

Cuando está perdida en su mente, Lya no se percata del pasar de las horas. Pero con la lucidez también viene la conciencia del tiempo y el espacio.  Y ese día me dijo lo sola que se siente y cómo lo único que la consuela cuando se desespera es rezar un padrenuestro.  “¿Por qué no lo rezamos juntas?”, le pregunté.  Y así lo hicimos, buscando a través de esa oración fortalecer la conexión con ella y con la fe inquebrantable que siempre ha tenido. 

La mente humana es increíble.  A través de ella creamos nuestra realidad.  Mi querida Lya no tiene ya control de la suya, pero nosotros sí.  Vamos a interpretar la vida de forma que nos den ganas de vivirla.  Siempre hay una forma más saludable de ver las cosas.