Opinión: Artistas a mitad de precio
A veces entender lo que afecta a los demás es complicado. Estamos demasiado acostumbrados a solo pensar en aquello que nos afecta individualmente. Así que hoy, por aquello de poder entender, te propongo un juego.
Supongamos por un momento que tienes un negocio… Si te parece, un colmado. Supongamos también que la política pública del Estado es favorecer a la población infantil del país. Por lo mismo, el Gobierno determina que una manera de incentivar a los niños y niñas de la Isla es logrando que los colmados, como el tuyo, ofrezcan un descuento a los niños de 10 a 15 sobre los artículos a la venta. Además, los niños de 0 a 10 años tendrán el derecho de llevarse gratis los artículos a la venta en colmados como el tuyo. Solo que, para promover este incentivo, el Estado no suelta ni un solo centavo. “¿Cómo lo hace?”, se preguntará usted. Sencillo. El Estado, en su política pública de descuentos a los niños y niñas, decide que el incentivo será sufragado por los dueños de los colmados como tú o lo que es lo mismo: los dueños de los colmados deberán asumir las pérdidas de los artículos que vendió con descuento o que tuvo que regalar. Y claro que si tú, dueño del colmado, tuviste que comprar los productos que luego vendiste bajo descuento o regalaste, evidentemente tendrás pérdidas. También es muy probable que, llamados por el descuento, los padres de los niños te llenarán el colmado. Pero el aumento en “clientes” de ningna manera se traducirá en ventas, sino en dinero perdido.
Seguramente si sigues gastando para comprar los artículos y luego los vendes por debajo del costo o simplemente los regalas, tendrás que cerrar el colmado.
Pues, ¿sabes qué? Esa precisamente es la situación de los empresarios del mundo del teatro y el espectáculo en el país gracias a la aparición en el mundo legislativo de la Ley 180. De entrada, se trata de una medida simpática. Es decir, ¿quién puede oponerse, en principio, a conceder beneficios e incentivos para que nuestros viejos puedan acudir al teatro o conciertos con algún descuento? “Nadie”, probablemente responderías.
Pero el problema llega cuando esta ley, contrario a los incentivos del mismo tipo que se conceden en otras juridicciones, pretendió adjudicarse capital político para el Estado que lo legisló, pero sin invertir ni un solo centavo de fondos públicos. Algo así como el que dice: “Yo te concedo el incentivo, pero lo paga otro”. El otro, en este caso, es la clase artística. La Ley 108 permite que las personas de 60 años o más paguen la mitad del boleto, mientras que las personas mayores de 75 entran gratis al espectáculo o presentación. ¿El resultado? Los productores deben conformarse con regalar boletos u otorgar descuentos para más tarde ver las salas llenas… solo en apariencia. Porque al final de la noche —al sumar y restar— a duras penas alcanza para pagar los salarios de los artistas y técnicos. Por que al final del mes —al sumar y restar— pierden dinero porque deben pagar al Estado la suma correspondiente al IVU de una taquilla que —por culpa del Gobierno— tuvo que regalar. ¿Cómo se paga IVU de algo sobre lo que no se obtuvieron ingresos? ¿Tiene sentido? ¿Estarías dispuesto a pagar el precio, mi amigo “dueño del colmado”? Piénsalo bien. A fin de cuentas, no se trata de otra cosa sino de la confiscación de bienes privados por parte el Estado, un Estado que incentiva con dinero ajeno, que asegura beneficiar a nuestros viejos, pero no lo hace con sus propios recursos, sino que confisca las ganancias de una industria para repartir beneficios.
La Cámara de Representantes ya ha aprobado una medida que, aunque a mi juicio no resuelve el problema de los productores de teatro, es un buen comienzo. La medida de la autoría de Carlos Vargas limita los boletos con descuento al equivalente al 10 % de la sala donde se llevará a cabo el espectáculo. En el Senado también se considera acción legislativa, aunque muchos de los actores y productores tienen el temor de que lo aprobado en la Cámara se “suavice” en el Senado con fines electoreros. Ojalá se equivoquen. No hay mucho que pensar. Nadie trabaja gratis. Y a eso es que la política pública del Estado ha movido a nuestra clase artística. ¿O acaso imaginas políticas similares con respecto a otras industrias? ¿Te parecería sensato regalar u otorgar descuentos a los productos que venden las industrias agrupadas en MIDA? ¿O a la gasolina? ¿O la ropa de tu tienda favorita? ¿Qué tal la idea de regalar el pan de las panaderías o los carros de los dealers a personas de edad avanzada? Porque lo que es igual no es ventaja.
La Legislatura aún está a tiempo de hacer justicia con una clase que ya ha sido lo suficientemente vapuleada como para pretender obligarle a trabajar por amor al arte.


