Opinión: Al ritmo de los pies de Poe…
Antes de que naciera, imaginaba cuando tuviera un año y empezara a caminar. No veía la hora de enseñarle a soltarse de mis brazos y realizar sus primeros pasos, sus primeras pisadas, sus primeras huellas. Hoy le miro los pies, colgando de mis brazos en caída libre, y no puedo parar de sentir que el tiempo se va muy rápido, que ya pronto esos pies estarán haciendo huellas y más adelante presionarán los pedales de la bicicleta, acelerarán un auto y hasta tambalearán encima de algunos tacos, tal vez míos, por primera vez.
Por primera vez siento que no quiero que pase el tiempo ni siquiera en la linda posibilidad de imaginar el futuro; el futuro de los pies de mi hija y lo que hará con ellos. Cuando nació, eran unas “cositas azules”, llenas de agua y de mucho tiempo en el reposo. Ahora sus pies son curiosos, son rosaditos e intranquilos, al menos yo los veo así. Cada día aprende algo nuevo, como quien va avanzando de grado de manera rápida, sin pausa pero con calma. Ahora sus dedos empiezan a aferrarse al tacto, al contacto y al terreno sin previa anticipación, solo conectados al presente de lo que sienten.
Antes de que naciera, la imaginaba calmada, algo como su padre, siempre en su paso, siempre a su tiempo. Ahora la veo como ella, con sus velocidades y sus deseos, sus dedos aferrados al suelo, sus pataditas de emoción, su mirada con ganas de conocerlo todo; entonces vuelvo a pensar que no quiero que pase el tiempo ni siquiera en la linda posibilidad de imaginar el futuro. Este presente, al compararlo con aquel futuro que imaginé, es incalculablemente mejor que mis propias visiones.
Verla empujarse hacia la dirección que quiere ir me conmueve. Moverse de aquí en más será su propia tarea, su propio libro, su propia huella. Lo que he descubierto del tiempo es que quiero estar cerca de ella cuando necesite mirar hacia atrás o hacia al frente para animarse a seguir, a caminar. El presente de mi vida es ser eso para ella, un estímulo, una motivación, un hogar.
Antes de que naciera, imaginaba mi vida con ella de una manera. Hoy no quiero ni siquiera pensarla, porque lo que voy descubriendo la hace incalculablemente mejor. Estoy lista para sentir sus deditos aferrándose a mi mano cuando toco sus pies, estoy lista para ir levantando todo en mi casa cuando empiece a caminar o limpiarle la rodilla cuando se caiga de la bicicleta. Quiero reírme cuando compartamos mis tacos y borrarle el maquillaje de los cachetes cuando se aventure a usar un pintalabios; quiero verla crecer. Ahora no quiero que pase el tiempo por pasar, sino que quiero vivirlo con ella, al ritmo de sus pies y con la forma de su huella.
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