Opinión: El solitario
Las protestas son posiblemente el instrumento de comunicación más antiguo del mundo. Históricamente, se ha validado su eficacia por las repercusiones del mensaje. Son legítimos los reclamos de aquellos que deciden desnudarse públicamente para denunciar el maltrato de los animales hasta los que con gallardía se unieron y decidieron luchar por el dinero de su retiro.
No importa el lugar o la causa todas las protestas tienen el fin común de mover las masas, provocar opinión pública y sumar más personas a su causa para evitar que sus derechos sean violados. En las manifestaciones los medios de comunicación tienen una actuación indispensable, pues la cobertura les garantiza a los protestantes la difusión de su mensaje y que sean atendidas sus quejas. De lo contrario, pierden legitimidad los reclamos y no se validan sus objetivos. Quizá el mejor ejemplo de ello fue la movilización masiva a Vieques. Los medios de comunicación se mudaron prácticamente a la isla municipio. La cobertura fue indispensable debido a las incidencias de la desobediencia civil y advertencias militares de intervención. Para la prensa era importante estar allí por la pertinencia de la noticia y no perderse el momento histórico de la operación militar para realizar los arrestos de los manifestantes y posterior salida de la Marina el 1ro de mayo de 2003.
Ha habido protestas que los periodistas también hemos salido afectados e incluso golpeados. Aunque eso se considere gajes del oficio, no se pueden olvidar los incidentes de uso excesivo de la fuerza policial contra nosotros y los manifestantes en la huelga de la Telefónica en 1998. Pero ha habido otras protestas que, aunque no han sido numerosas, el mensaje ha sido igual de importante que las multitudinarias. Ejemplos de ello han sido las manifestaciones del hombre solitario que denuncia maltrato conyugal o las de una madre solitaria que reclama mejores servicios educativos para su hijo de educación especial. En ocasiones, observamos como ese mensaje en la protesta solitaria se diluye en los medios de comunicación y no tiene el efecto de llegar a las masas simplemente porque es una sola persona que no hace mucho ruido. Ese tipo de censura es peligrosa, porque se está criminalizando la comunicación. Es decir, se están poniendo cortapisas o restricciones a la información sin tomar en consideración el contenido de esta y su trascendencia.
Cada vez que ocurren esas protestas solitarias pienso en Rosa Lydia Vélez y su lucha de más de 30 años para que su hija tenga equidad y que gracias a su perseverancia se mantiene vivo un pleito que exige justicia para la comunidad de educación especial. También pienso en el padre que conocí en el parque Luis Muñoz Marín y que harto de que los miembros de la Judicatura no creyeran en su versión contó sin tapujos cómo llevaba más de diez años aguantando los golpes que le propinaba su esposa. Si se les escucha, cada uno de estos casos mueven la fibra humana por eso cada persona merece ser atendida. En muchas ocasiones, de esa conversación en solitario salen las mejores historias periodísticas. Incluso es gratificante cuando esa historia rinde frutos positivos y el periodista sirve de instrumento para que se haga justicia. Ahora que estamos en época de protestas, porque la crisis económica mundial ha ocasionado que las manifestaciones sean un arma eficaz de poder, los periodistas deben prestar mayor atención a los reclamos de las partes.
Si no escuchamos al solitario, nuestros criterios valorativos de la noticia pueden caer en la censura por el mero acto de no permitirle a una persona expresarse. Cabe destacar que no cualquier prohibición de comunicar constituye un acto de censura, porque pueden haber razones válidas que están fundamentadas a la autodeterminación editorial del patrono. Para que se considere censura, el periodista debe haber incurrido en un beneficio propio o favorecer a alguna persona. Además, se considera censura previa si se prueba que hay una omisión deliberada de la transmisión de temas de interés público. Invito a mis pares a observar los rostros de esos protestantes. Quizá allí encontremos a esa mujer y a ese hombre en solitario que están a punto de perder su hogar y quieren mover la fibra humana de nuestro país.
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