Opinión: La guagüita del sabor

Por Mariliana Torres @MarilianaTorres

22 abr 2014, 11:00 pm 4 min de lectura

La pasada semana me di una trillita en una de las guaguas de la Autoridad Metropolitana de Autobuses (AMA). Desde mis años de universidad, no me daba un paseíto en uno de esos autobuses que siempre me han llamado la atención por su peculiar movimiento de acordeón y ruidoso desplazamiento. Los días de tomar la guagua para ir de la universidad a Plaza terminaron hace tiempo. Sin embargo, regresé a una parada con otro fin.  Mi travesía sería puramente periodística. Opté por utilizar la metodología de observar y hablar con los pasajeros en franca camaradería. Cuando llegara a mi destino, calcularía el tiempo transcurrido para llegar al destino, entonces lo compararía con otros medios de transporte privados. Quería conocer de primera mano las penurias que pasan a diario cientos de personas que no tienen otra opción que utilizar el sistema de transporte público para poder cumplir con sus compromisos, a pesar de la pésima infraestructura vial.

Me hubiera gustado pasar desapercibida, pero eso fue imposible, así que se pueden imaginar las caras de incredulidad cuando los pasajeros me vieron entrar  al autobús. En la guagüita del sabor, como la bauticé, me recibió la enorme sonrisa de Mamimami. Se preguntará quién es ese personaje con peculiar sobrenombre. Sencillamente el chofer de la guagua a quien los pasajeros adoran por su don de gente. Y es que Mamimami podría asustar a cualquiera por su tamaño y mirada, pero esa corpulencia, se convierte en un comprensivo psicólogo, padre, hermano  y amigo de cientos de personas que a diario toman esa ruta. Él conoce a perfección las necesidades de cada uno porque son los mismos casi todos los días y ya lo consideran parte de su familia. Insistí en conocer el porqué del peculiar sobrenombre, pero nadie me quiso contestar. En tanto, Mamimami era todo sonrisas, y la familia extendida, a carcajadas. Así, entre ese bullicio ensordecedor típico puertorriqueño, conocí a la joven perfectamente maquillada que se dirigía a la universidad y que agachaba la cabeza con cierta timidez cuando la miraba a los ojos. Conocí a una mujer de avanzada edad y evidentemente enferma porque tosía sin remilgo y se dirigía a limpiar una casa. En otro extremo estaba un hombre viejo que apretaba con mucha fuerza contra su pecho los resultados de análisis médicos y rayos X. Me saludó un matrimonio que se quedó sin empleo y sin carro, y me uní por el alboroto a tres mujeres que hablaban y reían sin parar en los asientos contiguos a Mamimami. Con evidente orgullo las féminas me dijeron que su destino era Río Piedras y que se dedicaban a limpiar hogares para llevar el sustento a sus familias.

No gastaron palabras para reprochar por el sacrificio que a diario asumen. Solo se quejaron de la tarifa de la guagua versus la calidad del servicio. Demostraron ser conocedoras del sistema de transporte público y me dieron una cátedra de rutas y problemas de infraestructura. Los pasajeros que a diario utilizan los autobuses  saben muy bien que el sistema está colapsando, pero, sorprendentemente a juzgar por las entrevistas realizadas,  quieren que permanezca el sistema. Su opción no es comprar un carro debido a la falta de recursos económicos. Una de las mujeres,  avispada y elocuente, me indicó que las guaguas deberían funcionar como en las grandes ciudades y que la gente debería aprender a cuidarlas porque es una necesidad. Entendí que, aunque no hablen del escabroso tema todos los días con Mamimami, esto no significa que estén conformes con la situación. Les gustaría que las autoridades tomen en consideración los problemas que ha causado la cancelación de rutas por la falta de guaguas. Entonces miré hacia los asientos donde estaba el hombre aquejado de salud. Se bajó en Plaza, pero antes se despidió levantando el ceño en aprobación de lo dialogado. Le tocó el turno a la chica universitaria que tímidamente se despidió, mientras que las mujeres trabajadoras me desearon lo mejor. Entonces me quedo sola pensando que esta travesía fue la mejor enseñanza para mantener los pies en tierra, mezclarte con la realidad del trabajador puertorriqueño, reflexionar sobre las propuestas gubernamentales para supuestamente mejorar el sistema de transporte y comprender por qué muchas veces se prefiere tragar gordo a faltar a su responsabilidad y a su familia. Por buscar bulla miren todo lo que me encontré en dos horas. ¡Anda! Transcurrieron dos horas para llegar a mi destino. ¡Dos horas!