Opinión: El Gabo y yo

Por Julio Rivera Saniel @riverasaniel

21 abr 2014, 11:00 pm 5 min de lectura

No podía creerlo. Aunque antes de mi arribo a la ciudad de Monterrey sabía de la posibilidad de conocerlo, o cuando menos, verle desde una cercanía prudente, ese septiembre de 2007 estaba realmente cerca de estrechar la mano de Gabriel García Márquez.

Había viajado a esa ciudad junto a los compañeros Luis Guardiola y Vanessa Colón Almenas como invitados puertorriqueños del Premio Fundación CEMEX Nuevo Periodismo a la excelencia periodística. Un reconocimiento anual en el que se galardonaba lo mejor del periodismo producido en España y en este lado del mundo. La selección en sí misma había constituido una enorme fuente de alegría y satisfacción. Pero, tras mi arribo a Monterrey y en medio de la primera cena en las instalaciones de la antigua Fundidora de Acero de la ciudad, la posibilidad de conocer al legendario padre de Macondo estaban mucho más cerca. Podía verlo desde mi mesa con claridad. La pregunta entonces era si debía levantarme, plantármele de frente y robarle un saludo. La timidez fue superada por el arrojo. Y allí estábamos, el Gabo y yo. Un periodista en formación frente al más importante escritor latinoamericano, estrechando su mano y agradeciendo la invitación de su Fundación. “¿Son puertorriqueños?”, preguntó. A pesar que una visita a Puerto Rico no se había producido en las condiciones esperadas (más allá de un encierro provisional en una sala de aduana en espera de alguna conexión a alguna ciudad del hemisferio) El Gabo “sabía quienes éramos” y se mantenía al tanto de nuestra realidad y condición política. Después de todo, se trataba de un periodista de formación y obra. Profesión de la que nunca se desvinculó y por la que puso a disposición su nombre y recursos en una eterna búsqueda por la excelencia.

Hoy, siete años después de ese breve encuentro y con la perfecta excusa de su partida física, conviene que quienes tenemos el privilegio de tener el periodismo como modo de vida, reflexionemos sobre nuestra profesión y responsabilidades al asumirla. Una reflexión que tiene múltiple alcance.

Con el Gabo coincido plenamente con aquello de que el periodismo es “el mejor oficio del mundo”. Uno que permite escenarios distintos cada día y que nos coloca en primera línea de guerra en busca de la información. Pero que también nos coloca la pesada carga de la responsabilidad ética guiada por la verdad y los propios principios. Un oficio que, contrario a la noción general de ciudadanos y aspirantes a ejercerlo, tiene poco de glamoroso y bien remunerado. Es, en esencia, un oficio al que debe llegarse guiado por la vocación. En su constante critica sobre el trabajo periodístico, García Márquez procuró que aquellos que tenemos el privilegio de hacer periodismo recordemos la gran responsabilidad que esa profesión supone. “Mis padres durmieron tranquilos desde que les hice saber que en el periódico ganaba bastante para sobrevivir. No era cierto. El sueldo mensual de aprendiz no me alcanzaba para una semana”, decía García Márquez en su autobiografía publicada en 2002.

El Gabo también nos recordó la gran responsabilidad que tiene aquel que informa. “La mejor noticia no es siempre la que se da primero sino muchas veces la que se da mejor”, dijo en 1996 en un discurso pronunciado ante la asamblea de la Sociedad Interamericana de Prensa en Los Ángeles. “Cuando uno se aburre escribiendo, el lector se aburre leyendo”, aconsejaba a los periodistas en una entrevista concedida al periódico El País. Pero su constante llamado a la reflexión no se limitaba al obrero de la información, sino que alcanzaba a la prensa como estructura corporativa. Una que, a fin de cuentas -lo entienda o no el gran publico- es la que delimita las fronteras y marco de acción de los periodistas que contrata. “Los periódicos han priorizado el equipamiento material e industrial, pero han invertido muy poco en la formación de los periodistas. La calidad de la noticia se ha perdido por culpa de la competencia, la rapidez y la magnificación de la primicia”, sentenció en medio de una entrevista concedida a “Radar” en Nueva York. Y en 1968 lanzaba en Madrid “Los directores del periódico colocan a los reporteros en la escala de los aprendices, y cuando de veras aprenden y su lenguaje deja de ser pobre, los asientan a arreglar el mundo en un escritorio, desde donde es más fácil llegar a ser diputado que escritor”.

Hoy más que nunca, ante la ausencia de García Márquez, conviene recordar sus reflexiones y mantener vivo el ejercicio de la autocritica en medio de un oficio que permite muy poco espacio para pausar, volver a mirar, corregir y seguir en marcha. Después de todo, no es poca la responsabilidad de aquel que ha elegido como rumbo contar la “novela de la realidad”. Profesión intensa, sacrificada y de grandes satisfacciones en la que se está en continuo aprendizaje. Jaime Abello Banfi, director general de la FNPI los recordaba con claridad tras concoerse de la muerte que hoy nos ocupa. “(…) este es un oficio de carpinteros, que se aprende y se perfecciona con la práctica, escuchando a la gente y despertando los sentidos para ver lo que nadie más ve, para que las sociedades se informen mejor”. Nada más cierto. Desde esta esquina, mi compromiso de perseguir con mi trabajo la idea de una sociedad más y mejor informada. ¡Hasta siempre, maestro!

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