Opinión: Encuentro caribeño
Dudo que aquella obra estuviese en el currículo del Departamento de Instrucción Pública, más bien intuyo que la señora Miranda ejerció su libertad de cátedra para asignarnos “El Relato de un Náufrago” a los estudiantes de quinto grado de la escuela Abraham Lincoln en Corozal, allá para el 1984. Ese fue mi primer encuentro con Gabriel García Márquez, el periodista. Era fabuloso aquel relato detallado que nos transportaba a una situación casi increíble, pero que sí había ocurrido y que el periodista capturó en un excelente reportaje que se publicó originalmente por entregas en el periódico El Espectador de Colombia.
Años más tarde conocí y disfruté mucho más de la obra literaria del ilustre colombiano. Ya en mi ejercicio profesional del periodismo sentía orgullo porque me desempeñaba en el campo donde un gran maestro había trascendido a la literatura para desde ese espacio cautivar a millones de personas mediante su imaginación y su pluma. Un periodista que siendo literato fue reconocido con el Premio Nobel. ¡Que honor! Lo sentía como si lo conociera, como si fuera mi amigo, como un colega más.
Por eso, en el momento que surgió la oportunidad de participar en un encuentro de su Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) hice todo lo que estuvo a mi alcance para no perder la oportunidad. En esa gestión debo agradecer al profesor Héctor Feliciano, maestro de la misma fundación, quien cabildeó con mi jefe para exponer la oportunidad única de ir a México a un encuentro de editores. Ya en el avión rumbo a Monterrey, revisaba toda la literatura sobre el evento. Había un apartado que leía Gabo. En aquella sección nos daban instrucciones para no ser ceremoniales cuando interactuáramos con García Márquez, para no pedirle autógrafos y simplemente tratarlo como un colega más. Y así mismo fue, en todo el sentido de la palabra.
Durante uno de los almuerzos, finalmente los de Puerto Rico (Oscar Serrano, Antolín Maldonado y la suscribiente) encontramos la oportunidad de compartir la mesa y unas cervezas con García Márquez. Conversamos sobre periodismo, nos contó que tal vez muchas de sus mejores crónicas no estaban firmadas, pues temprano en su carrera cubrió partidos deportivos que nunca llevaron su firma, pero si los encontraba podía identificarlos como suyos. Habló de la tirantez entre reporteros y editores, Oscar pudo entregarle un libro con las columnas del periodista puertorriqueño César Andreu Iglesias y hasta se detuvo al hojear el libro en una de las columnas titulada El Nuevo Macondo. “¿Algún día podrá finalmente visitarnos en Puerto Rico?”, le preguntamos. “¿Quién dice que no he ido?”, ripostó en un pícaro son de broma para de inmediato plantear que si pudiera llegar de incógnito en una embarcación con la que pudiese dar la vuelta a la costa sin tener que interactuar con la aduana “gringa”, lo haría sin pensarlo dos veces. De seguro que lo hubiese hecho, pues siempre planteaba que el Caribe era su entorno natural y que hasta físicamente se sentía diferente cuando estaba en esta región.
Esa misma noche nos regaló el Caribe a través del vallenato, ritmo típico de la costa caribeña colombiana. En una escena que pareció sacada de una de sus novelas, el Gabo junto a su esposa Mercedes y su hermano Jaime apareció al filo de la medianoche en un antro en el que un grupo de periodistas agotábamos las últimas horas festivas de la jornada. Llegaron con un grupo que tocaba vallenato y pudimos ver a Gabo en una faceta más íntima. Cantó, bailó y disfrutó con su familia y sus colegas. La bohemia tropical se extendió hasta la madrugada. Hoy busco entre los laberintos de la memoria para reconstruir y no dejar escapar aquel momento de realismo mágico que pude vivir junto al más grande de nuestra especie, el que nos hizo interiorizar que el periodismo es el mejor oficio del mundo. #GraciasGabo
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