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Canadá impone severas restricciones para entrar al país

Para entrar, hay que estar totalmente vacunado y haber dado negativo al virus un máximo de 72 horas antes

Cuando estalló la pandemia yo, un ávido ciclista oriundo de Virginia, me quedé sin poder disfrutar de los maravillosos paisajes de Kamouraska, una de las más pintorescas zonas de Quebec.

Finalmente se abrió la posibilidad. El 9 de agosto, Canadá reabrió bajo ciertas condiciones la frontera con Estados Unidos y yo preparé mi carro y mi bicicleta. Pero no pude ir. Resulta que yo había postergado mi prueba de COVID y ya era demasiado tarde.

A inicios de septiembre logré actualizar mis documentos, enfilé hacia el norte y en poco tiempo estaba bicicleteando por las bucólicas aldeas, campos y rosaledas a orillas del Río St. Lawrence.

Hoy en día, los estadounidenses pueden nuevamente disfrutar de los paisajes otoñales o invernales canadienses. Pero deberán tener en mente que para ello deben cumplir ciertos requisitos y deberán adaptarse a la severa vigilancia que las autoridades han lanzado contra el virus. Canadá se ha tomado la pandemia en serio, y no está sufriendo tanto como muchas localidades en Estados Unidos.

Para entrar, hay que estar totalmente vacunado, hay que haber dado negativo al virus un máximo de 72 horas previo y hay que tener los documentos en regla y listos para ser mostrados en el punto de cruce, o en el mostrador del aeropuerto.

Además, hay que registrarse con el gobierno canadiense y obtener un código. Y hay que tener listo un plan de cuarentena en caso necesario, por si al llegar Canadá se le practica otra prueba que dé positivo.

Nada de hacer como el hombre de Atlanta sobre el cual hablaban los guardias en la frontera en el momento en que yo crucé. El individuo había llegado sin vacunarse, sin hacerse la prueba y sin registro… y sin posibilidad alguna de cruzar a Canadá, estando a más de 16 horas manejando desde su vivienda.

Yo crucé por el Thousand Islands Bridge hacia Ontario, y no tuvo que esperar nada. Dos guardias inspeccionaron mis constancias de la prueba y de la vacuna y me remitieron al cruce fronterizo, donde nuevamente los documentos, junto con mi pasaporte estadounidense, fueron inspeccionados. El guardia me hizo algunas preguntas y me dejó pasar con una sonrisa.

En la cercana Brockville, la gente tenía la máscara puesta, tanto adentro como afuera, en la plaza, en las calles y en los estacionamientos.

Cuando entré a un café, entró poco después un grupo de unas 10 personas, todas con la máscara pero sin distanciamiento físico. Los empleados del local inmediatamente los sacaron y les ordenaron volver a entrar, distanciados.

Ello marcó un agudo contraste con lo que yo vi en Estados Unidos, en los negocios y en la carretera rumbo a Canadá, donde poca gente llevaba la máscara y si no la llevaban nadie les decía nada. Después de mi viaje a Canadá, el condado St. Lawrence del estado de Nueva York tenía una tasa de casos de COVID 12 veces mayor que al otro lado del río, en el lado canadiense de la frontera.

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Y la vigilancia en Canadá se hizo incluso más estricta cuando llegué a Quebec al día siguiente. Allí se comenzaba a pedir el “pasaporte de vacunación”, algo hasta ese momento inédito en la historia de Canadá.

Los canadienses mayores de 12 años tienen que tener dicho pasaporte para entrar a restaurantes, bares, teatros, eventos al aire libre de más de 50 personas y otros lugares públicos. Los extranjeros no tienen que mostrarlo — y no lo pueden obtener — pero tienen que mostrar alguna prueba de vacunación y un documento de identidad que muestre que no son de Quebec. La constancia de vacunación no es necesaria para pernoctar en un hotel en Quebec pero sí para estar en el lobby o en otros espacios comunes.

Así fue que entré al restaurante l’Estaminet en la Rivière-du-Loup con mi amiga Suzie Loiselle, una funcionaria de turismo de Quebec, quien mostró la constancia en el app de su teléfono celular.

“Adéquatement protégé” (“Adecuadamente protegida”) se veía en la pantalla. Con eso y mi tarjeta de vacunación estadounidense, logramos entrar al restaurante.

La pandemia causó estragos en Quebec, al igual que en Ontario, hasta que Canadá superó su escasez de vacunas y superó a Estados Unidos y al resto del mundo en cuanto a inmunizaciones. Hoy en día, el 70% de los canadienses están totalmente vacunados comparado con 55% en Estados Unidos.

“Esas primeras tres olas de contagios fueron infernales”, declaró el ministro de salu de Quebec, Christian Dubé, al anunciar el pasaporte. “La gente quiere estar vacunada y quiere tener una vida normal”.

Para muchos estadounidenses, un sistema que monitorea los movimientos de cada individuo en espacios públicos es inaceptable.

En Quebec, indicó Loiselle, ha sido un éxito. “La mayoría de la gente quiere tener acceso a las actividades que estuvieron prohibidas durante la pandemia”, aseveró. Ahora tienen nuevamente libertad de movimiento y de reunión, gracias al app oficial.

Yo me quedé, como suelo hacerlo, en Auberge sur Mer, en Notre-Dame-du-Portage, una aldea en las afueras de Rivière-du-Loup, en una habitación sencilla cerca de la recepción central y su restaurante. Aquí el río se hace ancho previo a su desembocadura al mar y a la distancia, en la otra orilla, se ven las montañas Charlevoix. La vista desde el balcón de mi habitación, y de hecho desde toda la costa, es asombrosa.

El paseo en bicicleta a Kamouraska y de vuelta, unos 64 kilómetros (40 millas) en total, pasa al lado de riberas e islotes bajo un cielo siempre turbulento a excepción de la calma matutina. Los atardeceres son tan hermosos que atraen visitantes de toda Europa, así como las posibilidades de hacer kayak, ver ballenas y hacer montañismo, ciclismo, excursiones y disfrutar de los restaurantes locales.

La vía local es parte de la Route Verte 1, un sendero para los ciclistas en Quebec que se extiende por 5.300 kilómetros (3.300 millas). La Route Verte (Ruta Verde) fue creada para darle a los ciclistas una vía donde pueden disfrutar de alojamiento, almacenar sus bicicletas y comer alimentos saludables.

En esta vía y en otras que serpentean por las colinas de Kamouraska, uno puede montar bicicleta en paz, y descubrir que la soledad voluntaria es mucho mejor que el aislamiento impuesto por una pandemia.

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