El gran fracaso puertorriqueño

Jerohim Ortiz Menchaca nos recuerda que los boricuas son los que han escogido, una y otra vez, a los políticos que nos han llevado hasta la catástrofe... y que recae en el pueblo escoger un futuro prometedor

El gran fracaso puertorriqueño

Si desea usted leer hermosas bazofias que endulcen su corazón, aunque se alejen de nuestra realidad, le recomiendo que detenga su lectura en este mismo instante.

Acá solo discutiremos agrias verdades que son necesarias encarar en estos tiempos pos marianos y la posibilidad de nuevas rutas para salir del hoyo en el que estamos metidos.

Comencemos por reconocer y asimilar lo evidente: fracasamos como país. Basta con echar un vistazo a los sucesos acaecidos durante esta semana para respaldar dicha aseveración.

Por un lado confirmamos que en los próximos años nuestros márgenes de pobreza alcanzarán el 60 % de la población y que la isla exhibirá el peor rendimiento económico del mundo el año que viene.

Por otro nos enfrentamos a la cruda realidad de que el Congreso estadounidense se dispone, una vez más, a ejercer su poder colonial sobre el país ante la posibilidad de que se concrete una imposición de un arancel sobre nuestras exportaciones hacia Estados Unidos, lo que asestaría un golpe mortal a unos 200 mil empleos.

Más del 70 % del país sigue sin luz a casi 100 días del huracán, y más de 300 mil han abandonado la nación en ese periodo.

En medio de este panorama lúgubre, el gobernador y la comisionada residente han decidido iniciar una pugna interna.

Contrataron a la otrora vicealcaldesa de Guaynabo en el quebrado municipio de Ponce y en el Senado al son de 42 mil dólares mensuales por cinco meses y la Cámara de Representantes aprobó una mímica de voto presidencial para los puertorriqueños unilateralmente. Sin que medie ningún tipo de comunicación con el Congreso, sin enmendar la Constitución de ese país ni ser admitidos como estado (sí señores/as, ellos hicieron eso).

Y, por si fuera poco, la Junta dictadora quiere prohibir la remuneración navideña de $600 de nuestros empleados públicos mientras ellos se fotutean 60 millones en un año.

Si eso no evidencia más allá de duda razonable el fracaso político y económico rotundo de una sociedad, pues que venga Dios y lo vea.

Ahora bien, es natural que, al leer estas líneas caigamos en la tentación de mentarle la progenitora a todos los implicados y/o lamentarnos amargamente por la situación a la que han llevado a la isla.

Pero en realidad, permítame decirle que, si de buscar responsables de esta debacle se trata, no hay que ir muy lejos. Corra al espejo más cercano y lo verá frente a usted.

Y es que, el triunfo, fracaso o redención de un pueblo depende, en ultima instancia, del conglomerado de individuos que lo componen.

Los puertorriqueños/as pudimos haber hecho las cosas de otra forma, pero decidimos por acción u omisión permitir que se desarrollara el caldo de cultivo para las circunstancias que vivimos.

Hemos sido nosotros quienes hemos permitido que durante más de 500 años otros países, que no sienten ni padecen por nosotros, tomen las decisiones trascendentales para nuestras vidas cotidianas.

Hemos sido nosotros quienes hemos avalado elegir con nuestros votos a gobernantes de poderes limitados. A los buenos, malos, ineptos, corruptos y déspotas. Este es el mismo pueblo que eligió a Jorge de Castro Font y hoy lo apoya con su sintonía cada vez que hace una aparición pública. Es el mismo país que eligió en dos ocasiones al convicto representante Luis Rivera Guerra. Es el mismo país que eligió a Jaime Perelló y los alcaldes de dudosa reputación.

Claro que han existido diversas circunstancias externas que han incidido directamente nuestra realidad actual, pero, en última instancia, somos nosotros los responsables de nuestro destino colectivo.

Llevamos más de 500 años esperando no se porqué, ni por quién. Cinco centurias conformándonos, acostumbrándonos con las migajas que caen de la mesa de aquellos que, a cuenta nuestra, se han dado el banquete total.

No malinterprete mis palabras. No busco que nos humillemos ni vistamos de luto por tres generaciones, ni que incurramos en la autoflagelación. Pero admitir los errores y fracasos es indispensable para sanar las heridas colectivas.

En Alemania, por ejemplo, se reconoce el error nacional que cometieron durante la época de Adolf Hitler. En frente a las casas en las que vivía judíos perseguidos y sacrificados se coloca un gravado con los nombres de toda la familia que allí residía para que los nuevos inquilinos, y todo el que visite, obtenga un recordatorio perpetuo de lo que una vez fueron como nación y jamás quieren volver a ser.

En nuestro caso, salir de este atolladero requiere descartar lo que nos llevó hasta este punto y lo que no sirve a los propósitos de construir un país próspero, equitativo e inclusivo.

Esto incluye a una clase política corrupta, a estructuras e instituciones obsoletas y actitudes, costumbres y obsesiones colectivas dañinas.

No podemos vivir petrificados por el miedo al porvenir. No podemos vivir en la espera eterna de que quizás, con el tiempo, las cosas se arreglaran por si solas. NO VA A OCURRIR.

Es indispensable pararnos sin ambages ante Estados Unidos y proponerle una agenda puertorriqueña definida que contenga un plan de desarrollo económico constatable que pase por la solución final de nuestro estatus colonial. Que incluya un periodo de transición hacia la autosostenibilidad fiscal bajo la cual nuestro aparato gubernamental dependa cada vez menos de la erogación de fondos federales. Que proponga una vía alterna sobre cómo manejar la deuda de forma que no castren nuestras posibilidades de desarrollo, pero que sea razonable a los intereses que ellos tienen. Y, sobre todo, un plan que contemple convertir a Puerto Rico en un verdadero aliado de Estados Unidos como polo de influencia en la región latinoamericana en la que Estados Unidos ha venido perdiendo tanto terreno ante China y otras nuevas potencias.

El fracaso puertorriqueño no es el fin del mundo. Pero si es imperativo que lo asumamos, desechemos lo que nos llevó a el y tracemos una agenda novedosa y clara de cara al futuro.

Si no nos decidimos a hacerlo, entonces, quien salga último que apague la luz.