Un mes entre el infierno y un cielo llamado el COE

Desde el agua, la luz y la comida caliente en el Centro de Convenciones se habla mucho de que nos levantaremos. Afuera del aire acondicionado la vida es un infierno. Lee la columna de Jerohim Ortiz Mechaca

Un mes entre el infierno y un cielo llamado el COE

Un mes ha transcurrido desde el paso devastador de la azarosa María. Aquel 20 de septiembre de 2017 marcó para nosotros -como Jesús para los cristianos- un antes y un después.

Desde ese momento, la mayoría de nosotros no vive, solo existe. No conseguir comida, agua, gasolina ni dinero en efectivo; la pérdida parcial o total de nuestros hogares y empleos; no saber de nuestras familias por largo tiempo, verlos morir sobrecogidos por la impotencia de no poder hacer nada para ayudarlos o despedirlos en el aeropuerto para verlos unirse al éxodo masivo que a penas comienza son solo algunos de nuestros sufrimientos.

Todo tiende a perder relevancia y pertinencia cuando tu vida es reducida a buscar qué y cómo comer. Cuando tienes que calcular cuántas onzas de agua puedes tomar en un día si solo tienes un galón y sabes que no conseguirás otro en una semana.

Hace un mes que nuestras vidas se resumen en una o dos filas diarias. Si tienes la “suerte” de ser del área metropolitana quizás se te van en uno o dos tapones.

Pero esa no es la realidad en todo el país. En el Centro de Operaciones de Emergencias del Gobierno de Puerto Rico (COE) la realidad es muy distinta. En este nuevo contexto puertorriqueño, el Centro de Convenciones Pedro Rosselló González es el cielo al que solo unos pocos hemos tenido acceso.

He estado allí en seis ocasiones. La primera fue el día séptimo después de María. Acudí a orientarme y llenar los formularios pertinentes de FEMA. Cientos de personas estábamos atestadas frente al COE. Un oficial de seguridad privada salió escoltado por dos policías y a voz en cuello gritó: “Si usted viene a aplicar para empleos con FEMA o viene a llenar formularios, aquí no podemos ayudarles” procedió a darnos información sobre un número de teléfono, un correo y una dirección electrónica a la que estábamos supuestos a acceder en el país que acaba de ser devuelto a la Edad de Piedra.

La segunda ocasión fue un par de días después. Había más organización pero la respuesta a la desesperación de muchos era la misma. En esa ocasión, una empleada que vio nuestra cara de angustia, decía con voz tenue "aquí en los alrededores del COE hay Wi-Fi. Pueden hacer todo desde aquí en confianza". La tarea resultaba imposible porque todo el mundo intentaba realizar la misma gestión al mismo tiempo.

Las otras cuatro ocasiones entré como periodista. Desde entonces la historia ha sido distinta. El carnet me dio acceso al paraíso que días antes, como ciudadano común, me habían negado.

Allí abundan los militares. Algunos te observan detenidamente como si fueses potencialmente el próximo Osama Bin Laden.

Pero no se confunda, allá adentro predomina una atmósfera relajada. La mayoría de los funcionarios no caminan, pasean.

El sistema de acondicionador de aire te hiela los huesos. Hay agua siempre disponible, baños limpios, café con leche fresca. Unos estantes venden a precios razonables donas, sándwiches, quesitos y, un día, también popcorn. Se sirve comida tres veces al día. En una ocasión sirvieron costillas con papa majada y mazorca; en otra chuleta ahumada, arroz guisado y ensalada. Por supuesto, siempre hay refrescos, jugos y agua con hielo para escoger. También han servido pastas, arroz con Pepper pollo y papas wedge entre otras tantas exquisiteces todas distantes de la rigurosa dieta de pan con ‘cheez-weez’, salchichas, jamonilla y galletas que he llevado el resto de mis días.

Debo admitir que, desde que inició esta nueva era puertorriqueña, las pocas horas que he pasado allí han sido las más placenteras y cómodas. Allí todo grita: ¡privilegio!

En el COE no hay crisis. Desde allí es fácil ver a Puerto Rico levantándose. Y es que allí existen mejores condiciones de vida que en el Centro Médico de Río Piedras.

Pero, de todo lo que he visto allí, no hay escena que me haya entristecido más que el ala este del primer piso donde se encuentran apostados la mayoría de nuestros medios de comunicación. Y es que, si bien es cierto que sus operaciones se vieron seriamente afectadas por el colapso de las redes de telecomunicaciones, no es menos cierto que muchos han sucumbido a la comodidad paradisiaca del COE.

Demasiados han abdicado a su labor de fiscalización e investigación minuciosa. Son muy pocos los que han salido a diario a nuestros barrios y campos o han confrontado al gobierno con las cifras irrisorias de restablecimiento de la energía eléctrica, el agua, los sistemas de comunicaciones, las cifras de muertos o los abastos de comida y agua en nuestros supermercados.

Casi ninguno ha cuestionado la labor de las agencias estadounidenses en Puerto Rico ni los fuertes rumores que señalan que estas almacenan generadores y artículos de primera necesidad sin explicación aparente.

Tampoco se ha cuestionado con la crudeza necesaria el hecho de que, en medio de esta crisis cientos de millones de dólares se han invertido en contratos a empresas de dudosa o ninguna reputación y que parece ser que el Puerto Rico que se quiere levantar es para intereses extranjeros acaudalados que vienen, como nuestros bonistas, al tumbe y el saqueo.

Ni hablar de aquellos medios avaros y mezquinos que amenazan con fulminar a nuestros periodistas en el momento de mayor fragilidad económica usando como excusa este momento para culminar proyectos gerenciales que vienen fraguando y ejecutando hace tiempo.

He visitado 13 municipios del país en los pasados 31 días. Las historias desgarradoras y las escenas de pobreza extrema que uno experimenta abruman el alma. Es vergonzoso que tantos medios de comunicación hayan escogido este momento para abandonar su ministerio patriótico de ser la última ventana a la democracia que nos queda y convertirse en meros entes de propaganda oficialista.

Los que así lo han hecho son cómplices de las muertes, el hambre, la sed y el sufrimiento extremo de nuestro pueblo.