Cuando cada gota cuenta
Lee aquí la columna del abogado estadista
Cada verano en Puerto Rico parece venir acompañado de la misma conversación: embalses en niveles críticos, sectores bajo racionamiento, llamados urgentes a economizar agua y ciudadanos preguntándose cómo es posible que una isla rodeada por el mar enfrente una crisis por falta de agua potable.
La respuesta sencilla es la ausencia prolongada de lluvias. La respuesta completa, sin embargo, es mucho más compleja.
No existe sistema de distribución de agua en el mundo que pueda operar indefinidamente cuando la naturaleza deja de suplir el recurso que alimenta sus embalses. En ese sentido, sería injusto atribuir exclusivamente al gobierno la responsabilidad por una sequía que responde a patrones climáticos cada vez más extremos y frecuentes. Puerto Rico, al igual que muchas otras jurisdicciones, enfrenta los efectos de un clima cambiante que alterna entre lluvias torrenciales y largos periodos de escasez.
Eso no significa que no existan retos estructurales que debemos atender.
La Autoridad de Acueductos y Alcantarillados (AAA) invierte cientos de millones de dólares cada año mediante su Programa de Mejoras Capitales y diversos proyectos de infraestructura financiados con fondos estatales y federales. Esas inversiones incluyen la rehabilitación de plantas de filtración, la sustitución de tuberías, la modernización de estaciones de bombeo, mejoras a represas, tanques de almacenamiento y sistemas de control, así como proyectos de resiliencia para fortalecer la red de distribución.
Se trata de inversiones necesarias y, en muchos casos, impostergables. Modernizar una infraestructura construida hace décadas requiere recursos enormes y una planificación que trasciende administraciones gubernamentales.
Sin embargo, el verdadero desafío continúa siendo otro.
Diversos informes técnicos han señalado, durante años, que una parte significativa del agua potable producida nunca llega al consumidor. Se pierde en tuberías deterioradas, salideros ocultos, conexiones ilegales y equipos cuya vida útil expiró hace mucho tiempo. En otras palabras, el problema no es únicamente cuánto llueve o cuánta agua producen las plantas; también es cuánto líquido dejamos escapar antes de que llegue al hogar puertorriqueño.
Cada millón de galones que se pierde representa energía desperdiciada para bombearla, químicos utilizados para tratarla, dinero público invertido en producirla y un recurso natural que simplemente desaparece antes de cumplir su propósito.
Reducir esas pérdidas probablemente constituya una de las inversiones más rentables que puede realizar el país. No solo aumentaría la disponibilidad de agua durante épocas de sequía, sino que disminuiría costos operacionales, fortalecería la resiliencia del sistema y permitiría aprovechar mejor cada gota captada cuando finalmente llegan las lluvias.
Pero mientras esas soluciones estructurales toman tiempo, también corresponde a la ciudadanía hacer su parte.
Durante periodos de racionamiento, pequeñas acciones multiplicadas por cientos de miles de hogares producen resultados significativos. Reparar inmediatamente una llave o un inodoro que gotea; tomar duchas más cortas; cerrar la pluma mientras se cepillan los dientes o se enjabonan los platos; utilizar la lavadora y el lavaplatos únicamente con cargas completas; reutilizar agua cuando sea posible para limpiar patios o regar plantas; evitar el lavado innecesario de vehículos y aceras; e instalar accesorios de bajo consumo son medidas sencillas que reducen considerablemente el consumo diario.
También es importante que la ciudadanía reporte salideros visibles en las vías públicas. Muchas veces, un escape que parece pequeño desperdicia miles de galones diariamente si no se atiende con rapidez.
La sequía nos recuerda una realidad que con frecuencia olvidamos cuando abrimos una llave: el agua potable no es un recurso infinito. Requiere infraestructura costosa, planificación, energía, mantenimiento y, sobre todo, lluvia.
Puerto Rico necesita continuar invirtiendo en modernizar su sistema de acueductos y acelerar la reducción de pérdidas en la red de distribución. Pero también necesita desarrollar una verdadera cultura de conservación que no aparezca únicamente cuando comienza el racionamiento.
Porque mientras las lluvias escapan a nuestro control, la forma en que utilizamos cada gota, sí, depende de nosotros. Esa será siempre la primera línea de defensa frente a la próxima sequía, que, lamentablemente, no será la última.
Más columnas por Alejandro Figueroa:
- El nuevo año escolar: la educación que Puerto Rico no puede seguir posponiendo
- 25 de julio: el recordatorio anual de nuestra realidad colonial
- Inteligencia artificial: la oportunidad de construir un gobierno que se anticipe a las necesidades de la gente
Las opiniones expresadas aquí no son responsabilidad de VISION NEWS MEDIA, LLC.


