Entre la resignación y la Resistencia
Lea la columna de la Dra. Marviliz Avila Rodríguez.
La mentira se ha constituido en un mecanismo frecuente en la esfera sociopolítica de nuestro país. Hemos visto líderes políticos negar reiteradamente su participación en esquemas fraudulentos obteniendo beneficios del dinero público. Como ejemplo de esto se presentan escándalos asociados a pagos cuestionables en el Departamento de la Familia y crisis institucionales que afectan servicios esenciales, mientras se minimizan públicamente sus impactos. Incluso la principal institución educativa del país, la Universidad de Puerto Rico, atraviesa una profunda crisis que ha sido en ocasiones negada o relativizada por sus autoridades, a pesar de las denuncias constantes del estudiantado que reclama equidad y justicia.
Ante este escenario surge una pregunta inevitable: ¿qué efecto tiene sobre un pueblo la manipulación constante de la verdad? ¿Qué ocurre cuando la narrativa oficial busca confundir, minimizar o normalizar lo que en la experiencia cotidiana se vive como injusto?
La filósofa Hannah Arendt planteó que la verdad y la política “nunca se llevaron bien”. Sin embargo, advertía que el problema no es solo la mentira en sí, sino la forma en que ciertos sistemas políticos erosionan la capacidad de distinguir entre hechos y manipulación. En sus análisis sobre el totalitarismo, Arendt señala que no siempre se busca convencer con una versión alternativa de la realidad, sino generar confusión suficiente para que la ciudadanía pierda su capacidad de juicio crítico.
Cuando la mentira se institucionaliza, su efecto trasciende lo político y se instala en lo psicológico. En este contexto resulta relevante el concepto de “indefensión aprendida” desarrollado por Martin Seligman. Este describe la condición en la cual, tras experiencias repetidas de falta de control, las personas comienzan a creer que sus acciones no pueden producir cambios. Esto genera pasividad, apatía y resignación.
En Puerto Rico, la repetición de crisis económicas, escándalos de corrupción, promesas incumplidas y discursos oficiales contradictorios ha generado en amplios sectores de la población un profundo desgaste emocional. El resultado no es únicamente indignación, sino algo más complejo: la normalización de lo inaceptable. Poco a poco, se instala la idea de que “nada cambia”, debilitando la participación ciudadana y la confianza en la acción colectiva.
Este fenómeno adquiere una dimensión aún más profunda pues no es vivida solo desde la dimensión individual. Como lo plantea Martín Baró el sufrimiento psicológico no puede entenderse al margen de las estructuras sociales, políticas y económicas que lo producen. En contextos de desigualdad y violencia institucional, el daño no es solo individual, sino colectivo. La mentira institucionalizada sostenida, no solo oculta la verdad, también distorsiona la conciencia social y debilita la capacidad de un pueblo para interpretar críticamente su realidad.
Además, la condición colonial de Puerto Rico profundiza estas dinámicas. La experiencia histórica de dependencia política, la limitada capacidad de autodeterminación y la toma de decisiones generadas desde las esferas de poder alimentan sentimientos de impotencia colectiva. En este marco, la resignación puede convertirse en un mecanismo de adaptación psicológica. Sin embargo, esa adaptación tiene un costo: la pérdida progresiva de la agencia ciudadana.
A pesar de ello, la historia reciente del país demuestra que la resignación no es el único destino posible. Puerto Rico también ha sido escenario de importantes expresiones de resistencia colectiva. Las movilizaciones ciudadanas que han exigido rendición de cuentas, los reclamos de justicia climática, las comunidades organizadas tras desastres naturales y el activismo estudiantil en la Universidad de Puerto Rico muestran que la ciudadanía no permanece inmóvil ante la injusticia.
La resistencia es un proceso que se aprende y se reconstruye. Cada vez que una comunidad se organiza, que un grupo cuestiona el poder o que la ciudadanía exige rendición de cuentas, se debilita el efecto paralizante de la indefensión aprendida. La participación activa no elimina el dolor social, pero abre la posibilidad de transformarlo.
Por ello, es fundamental fortalecer espacios de organización comunitaria, promover la educación crítica y la alfabetización mediática, y respaldar el periodismo independiente que contribuye a la transparencia. Asimismo, resulta necesario atender la dimensión emocional de estos procesos, reconociendo el impacto psicológico que tiene vivir bajo condiciones prolongadas de incertidumbre e injusticia.
También es clave fomentar la participación ciudadana más allá de los ciclos electorales, fortalecer las redes de apoyo mutuo y apoyar movimientos sociales que defienden la justicia ambiental, social y educativa. La transformación se da en la articulación de múltiples esfuerzos colectivos. La posibilidad de transformación depende de una ciudadanía activa, el fortalecimiento del pensamiento crítico y la organización colectiva.
Entre la resignación y la resistencia se abre un espacio decisivo. La resignación conduce al desgaste y la parálisis; la resistencia, en cambio, abre la posibilidad de un futuro distinto. La visión esperanzadora de este camino se enmarca en decisiones y acciones colectivas que resistan la injusticia como una norma o forma de vida.
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