Opinión

La Semana Mayor en Puerto Rico

Lee la nueva columna “Desde otro prisma”.

Gamaliel Ortiz Guardiola

De cara a la Semana Mayor, se me ocurre que el Jesús que hace 20 siglos entró a aquella Jerusalén para enfrentar a los poderes estructurales del mal que atentan contra la vida, advertiría y reconocería esas mismas fuerzas operando en nuestra Jerusalén borincana. Somos testigos a diario de cómo nuestro pueblo ha sido sometido a un continuo saqueo y un inmisericorde proceso de despojo de sus riquezas. Mientras numerosas voces de la clase política del país le rinden culto a lo superficial y lo inconsecuente, la gente de a pie, literalmente, se juega la vida. Transita y tramita su existencia en la frontera del límite.

La seria crisis humanitaria de salud en la que estamos inmersos ha dejado a nuestra gente a la deriva en este componente fundamental de la vida de cualquier pueblo. La salud reducida a mera ficha de un modelo de negocio en el que el único cálculo es la mayor ganancia y el máximo beneficio financiero para los inversores, es decir, las aseguradoras. Esas mismas aseguradoras que, vez tras vez, andan regateando, entorpeciendo, atrasando o negando los servicios, los estudios, las pruebas, los análisis que la gente necesita para procurar los tratamientos o procedimientos que significan, en muchos casos, la diferencia entre la vida y la muerte.

Añádase el despiadado y sistemático desmantelamiento de la Universidad de Puerto Rico, obsesión ideológica de quienes prefieren más a un pueblo domesticado que a un pueblo educado. Por ahí mismo camina la precarización creciente del trabajo, la pérdida de los derechos laborales, la indetenible alza en los costos de vida y otros tantos factores que convierten en un páramo la cotidianidad de mucha gente. Todo esto encabezado por una parte de la casta dirigente del país que utiliza los recursos del bien común, los que nos pertenecen a todos/as, para la repartición de puestos y otorgación de contratos. Esa misma casta que endeudó al país irresponsablemente, mientras todos andamos buscando dónde está la obra fruto de esa deuda.

Ese clientelismo generado por la repartición de puestos y prebendas es el andamiaje sobre el cual se monta el espiral de corrupción que acapara tantas instancias de la gestión pública. El oportunismo y la codicia se sirven a manos llenas. El bienestar común del colectivo queda relegado a las migajas que caen de la mesa. Así se develan, al decir del sociólogo Boaventura de Sousa Santos “las entrañas de muchas monstruosidades que habitan nuestro día a día y nos seducen con los disfraces que, de tan comunes, asumimos como normalidad”.

Queda retratado de cuerpo entero el modelo de necropolítica, es decir, políticas de muerte de quienes han ostentado y se han alternado en el poder. Sin dejar de mencionar que como en los tiempos del Imperio Romano, el aparato colonial con el control de la metrópoli se sigue cebando. Aquel maestro de Galilea describió la realidad vivida bajo Roma y la casta sacerdotal judía y propuso otra ruta: “Ustedes saben que los gobernantes de este mundo tratan a su pueblo con prepotencia y los funcionarios hacen alarde de su autoridad frente a los súbditos. Pero entre ustedes será diferente. El que quiera ser líder entre ustedes deberá ser servidor” (Marcos 10:42-43).

Hoy nos toca acompañar a un pueblo al que le continúan secuestrando sus posibilidades de labrar un futuro digno. Nos toca colocarnos del lado de un pueblo que con sus anhelos, cansancios y luchas no ha renunciado a la esperanza de construir un país viable para todos/as. No hablo de esperanza como una espera, mucho menos una espera pasiva, indiferente o apática. No es del verbo esperar, es del verbo esperanzar. Escuchamos la voz de Paulo Freire: “Esperanzar es levantarse, esperanzar es ir detrás, esperanzar es construir, esperanzar es no rendirse. Esperanzar es seguir adelante, esperanzar es unirse a otros para hacerlo de manera diferente”. Es el esfuerzo que le debemos a las generaciones que se aúpan para legarles un espacio vital con las condiciones materiales para desarrollar su proyecto de vida en esta tierra. En la medida que la ventana de oportunidades se siga achicando, estaremos alimentando el colapso demográfico que necesitamos detener. Mientras tantas voces en el debate público infantilizan al electorado y ningunean intencionalmente estos temas cruciales para nuestro presente y futuro, tiene que levantarse una masa crítica con conciencia libre, voluntad comprometida y espíritu de desprendimiento y amor que rescate nuero ser colectivo.

Nos interpela el dictamen de Frantz Fanon en “Los condenados de la tierra”: “Hay que decidir desde ahora un cambio de ruta. La gran noche en la que estuvimos sumergidos, hay que sacudirla y salir de ella. El nuevo día que ya se apunta debe encontrarnos firmes, alertas y resueltos”. De cara a la Semana Mayor, el llamado es a la esperanza y la resurrección.

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