Columna de Mariliana Torres: El día que conocí a Vargas Ferrer
Conocí al legislador Carlos Vargas Ferrer en el 2013. Fue el día que una productora muy curiosa y con el olfato periodístico muy agudo leyó el borrador de una…
Por Mariliana Torres @MarilianaTorres
Conocí al legislador Carlos Vargas Ferrer en el 2013. Fue el día que una productora muy curiosa y con el olfato periodístico muy agudo leyó el borrador de una pieza legislativa que el novato representante pretendía presentar para reclasificar la marihuana dentro de la Ley de Sustancias Controladas de manera que se pudiera utilizar terapéuticamente. A ella le llamó la atención porque sabía que causaría tremenda discusión pública y que muchos legisladores no se atreverían a dar el paso de respaldo. Es decir, con las muelas de atrás dirían: “Me opongo al proyecto porque el pueblo aún no está maduro para ello”.
Estudié y rebusqué la medida de Vargas Ferrer. Luego, me informé de cómo la marihuana medicinal ha ayudado a miles de personas en Holanda y España, por mencionar algunos países. Recordé el impacto que me causó observar las filas de pacientes que esperaban por un referido para obtener marihuana en San Francisco, California. Entonces, llamé y entrevisté primero al senador Miguel Pereira. Ya él había hablado sobre ese tema en el pasado cuatrienio y claro de su boca no pasó su intención de medicar la droga, porque, como se imaginarán, por poco le pasa como a María Antonieta en la Plaza de la Concordia. Caminé hasta la oficina de otro novato, José Báez Rivera, quien, junto con Vargas Ferrer, iniciaron la empinada cuesta de convencer a los legisladores clásicos de que el proyecto era meritorio porque le permitiría al paciente que sufría dolores crónicos, así como otros padecimientos, comprar la sustancia medicinal en dispensarios establecidos por el Gobierno, crearía una clasificación de afecciones médicas y requisitos para que las personas pudieran beneficiarse y regularía la producción de marihuana de manera restrictiva y controlada por el Gobierno.
El simpático representante Vargas Ferrer fue el primero que salió de la oficina de Báez Rivera a saludarme. “Usted trabajó en Aguadilla como reportera, me acuerdo”. “Qué modo tan agradable de romper el hielo”, pensé. Así comenzamos la conversación que fue desarrollándose en el marco del respeto y la intelectualidad. Vargas me acentuó que la drogadicción había que observarla como enfermedad y otorgarle un enfoque médico. La emprendió contra el Gobierno por ser punitivo en el enfoque, por lo que él estaba totalmente decidido a educar por el bienestar de miles de enfermos. Su elocuente modo de hablar me llamó la atención y lo referí a mi productora para que lo considerara para ser panelista o colaborador televisivo. Tenía talento el muchacho y así fue. A veces es difícil conseguir políticos que no griten, expliquen claro, tengan dicción, que eduquen con sus palabras y, aunque difieran, respeten los puntos de vista de la oposición. Por eso era que lo llamaban tanto para reacciones periodísticas. También es entendible la aflicción de sus compañeros políticos que genuinamente han sentido la partida del espigado legislador.
Pensé luego de la entrevista: “Qué educado y diferente es este muchacho. Pobrecito, no sabe lo que le espera en esta casa llena de leones”. Se lo comenté al fotoperiodista y cándidamente dijo: “Ojalá no se dañe”.
Más tarde, en las audiencias públicas sobre la discusión del proyecto del cual era autor, observé cómo se conducía respetuosamente. Siempre atendía a la prensa por más ocupado que estuviera, nunca se le fueron a la cabeza las ínfulas y no se embriagó de poder, algo poco común en los políticos.
Escuché a una legisladora decir que Vargas Ferrer fue el vivo ejemplo de lo que es ser un buen servidor público. Su muerte ocasionó una reflexión que no es tardía.
El funcionario público debe entender que los ciudadanos son primero y que son sus clientes. Ya afianzado en el puesto, debe ganarse la credibilidad de sus votantes con su desempeño, transparencia y honestidad. Debería contestar cada una de las preguntas porque es su deber rendir cuentas al pueblo sobre su productividad y ejecución. Su conducción debería ser incorruptible, de manera que, cuando llegue a su hogar, pueda mirar a sus hijos y enseñarles que la dignidad va por encima de todo en su proceder. Los dirigentes del presente y el futuro deberían reflexionar sobre sus ejecutorias. El oportunismo y la soberbia mancillan las herramientas esenciales del servidor público.
La familia de Vargas Ferrer hoy día puede afirmar que él nunca se contaminó.
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