Opinión: El precio de decir la verdad

El objetivo inequívoco de un periodista debe ser siempre buscar la verdad. Aunque se enseñe que la verdad no es absoluta en el periodismo, buscamos la manera…

Por Mariliana Torres @MarilianaTorres

17 mar 2015, 11:00 pm 4 min de lectura

El objetivo inequívoco de un periodista debe ser siempre buscar la verdad. Aunque se enseñe que la verdad no es absoluta en el periodismo, buscamos la manera de que esa fiscalización se ejecute responsablemente con el fin de encontrar lo que es verdadero y se aclaren las dudas al pueblo. Por respeto a quienes nos leen, nos ven y nos escuchan, es indispensable actuar con prudencia, respeto y honradez intelectual. Cuando ya el periodista tenga las garantías de publicación, esa información debe cumplir con bases creíbles y fuentes de información irrefutables. Lamentablemente, en esa búsqueda de la verdad se encuentran más enemigos que amigos. Obviamente, los que no quieren que se descubran sus secretos y malos manejos perseguirán hasta incluso cometer actos indignantes contra los que descubrieron. Han sido muchos los periodistas que han perdido su profesión y hasta su vida por contar la verdad. En los lugares donde hacer periodismo es cuestión de supervivencia, se dilucida si vale la pena apostar a tanto y más aún se tiene familia. Pero la vocación y entrega, en ocasiones, es más fuerte y lleva a entender el porqué muchos compañeros prefieren arriesgarse y entregar todo por la libertad de prensa. Me gustaría conocer cuántos periodistas de experiencia e incipientes de nuestros días estarían dispuestos a concederlo todo por la verdad. ¿Quién levanta la mano?

Siempre he pensado que hacer periodismo en Puerto Rico es bastante fácil si lo comparamos con otros países donde decir la verdad cuesta la vida a la menor provocación. Esta reflexión parte de la noticia difundida en estos días sobre el despido de la periodista mexicana Carmen Aristegui. No es la primera vez que esta pasa por una expulsión debido a sus incisivas preguntas y las reacciones explosivas del pueblo. Sus investigaciones siempre tienden a revelar asuntos que a ciertos grupos incomoda. Pero, en esta ocasión, flageló al Gobierno, y a la gerencia de la emisora radial como que no le gustó o recibió algún tipo de amenaza. El programa radial de Aristegui, considerado el más escuchado de México, fue silenciado e incluso despidieron también a los dos reporteros que la ayudaban en el trabajo investigativo. El trío de distinguidos comunicadores descubrieron nada más y nada menos las intrigas de palacio, es decir, que la verdadera razón de los despidos, y haciendo honor al tema de esta columna, fue que encontraron la verdad tras las paredes de la mansión del presidente del país, Enrique Peña Nieto. Quizá para algunos no tiene nada de malo que la esposa de Peña Nieto, la Gaviota de la telenovela, Angélica Rivera, comprara la mansión de aproximadamente siete millones de dólares, pero lo que el pueblo quiere saber es de dónde procede la dudosa cuantía. Además, causa serias dudas que aun el matrimonio no pueda explicar su relación con un contratista que ha recibido millonarios contratos gubernamentales de cifras exorbitantes y, por casualidad, era el dueño de la mansión. A la verdad que el cuento parece un culebrón de esos donde actuaba la primera dama. 

En México, hacer periodismo no es fácil. Lograrlo es cuestión de vocación, dignidad y valentía. Nada más en el 2014, según el barómetro de Reporteros Sin Fronteras, asesinaron a tres periodistas, y este año murió asesinado el periodista Moisés Sánchez Cerezo luego de publicar información delicada que destapaba entuertos. Otros periodistas han tenido que dejar el país junto con sus familias como si fueran criminales. Lo que han denunciado sus letras y voces no es necesariamente corrupción gubernamental; han tocado otros frentes que golpean la economía subterránea.  Es cuestión de gallardos intentar combatir la falsedad y la corrupción, y Aristegui tiene la piel de cuero. Hago esta reflexión porque, como ella, hay otros periodistas serios que en estos momentos que usted lee esta columna están recibiendo todo tipo de amenazas y sienten un fusil frío detrás de su oreja. Como ella, hay otros tantos que cada día apuestan a su credibilidad informativa, denuncian sin temores y pagan el precio de la verdad. Si bien puede doler que te apaguen el micrófono, me parece que Aristegui debe tener el corazón apretado al recibir sobre 200,000 firmas en Internet de radioescuchas defendiendo su periodismo sin miedo.