Opinión: Mi perro me tiene enamorá
Nunca me gustaron los perros. En general, nunca me gustaron los animales.
No recuerdo haber tenido malas experiencias con ellos, así que a veces me he encontrado rompiéndome la cabeza tratando de encontrar alguna justificación razonable para esta fobia.
Una vez mi esposo me dijo que la gente que no le gustaban los animales eran malas personas y, desde entonces, venía encariñándome con la posibilidad de tener un perrito. Tardé años en lograrlo porque el dog lover de mi casa siempre tuvo perros grandes e imponentes y con el tamaño de mi apartamento iba a tener que decidir entre dejar entrar a un perro con semejantes dimensiones o irme yo. Así que el tema se dejó sobre la mesa hasta el otro día cuando me preguntó qué iba a querer de regalo de cumpleaños y respondí “un perro”, pensando que no iba a quedar en nada.
No sé por qué esta vez me complació, pero el día de mi cumpleaños llegó a la casa con un yorkie, de esos chiquititos. Tengo que admitir algo que jamás pensé que diría: mi perro me tiene enamorá.
Llegó de siete semanas y caminaba con cierta torpeza y timidez cuando lo vi por primera vez. Fue amor a primera vista. Yo sabía que me iba a robar el corazón y, a riesgo de sonar clichosa, sabía que mi vida cambiaría.
Una de las razones por las que nunca había querido tener un perro puede tener que ver con el inmediato cambio que da la gente cuando los tiene. Hasta que llegó el mío, siempre pensé que la gente hacía ridiculeces cuando tenía perros. Es más, hace un año publiqué una columna que se llamaba “Vida de perros”, en la que decía que, aunque no tenía perros, a veces soñaba con ser uno, porque hay que ver la vida de reyes que se dan muchos.
Pues he caído irremediablemente en ese círculo. Y ahora lo entiendo perfectamente. Es difícil tener un perro y no tratarlo como a un ser humano. En su primera visita al veterinario, cuando empezó a hablarme de la disciplina que tenía que impartir para que el perro no me dominara, lo bloqueé. Veía sus labios moviéndose, pero mi cerebro solo escuchaba parcialmente.
En tan poco tiempo que tengo con el perro, ya he cedido más que en mis casi 40 años. Nunca pensé que cedería el espacio en mi cama. Tampoco pensé que me levantaría en medio de la noche para sacar el perro a hacer sus necesidades ni que pondría un pie en un supermercado para perros. Hasta hace tres semanas, jamás pensé que me iba a ir de paseo cargando con un perro en el carro y, sí, en mi cartera. Mucho menos pensé que mi primera cartera verdaderamente cara sería para carretearlo a él, ni que me vería comprando perfume o juguetes para perros.
Todo eso lo he hecho. Pero la que más duro me pegó fue cuando hace unos días me surgió un viaje de repente y no sabía qué hacer con el perro. Cuando finalmente el veterinario accedió a quedarse con él en su casa, dado que es muy puppy, lo dejé cuidando y me monté en el carro y boooom!… Se me salieron las lágrimas. O sea, en mi libro de toda la vida eso hubiera sido una ridiculez total.
Y durante el viaje tuve otro shock. Llamar para saber cómo estaba el perro. Y me salió la irremediable pregunta: “¿Está bien? ¿Me ha extrañado?”. Esas últimas preguntas las hice bien bajito, para que nadie me escuchara. Cuando llegué a buscarlo a mi regreso del viaje, la secretaria me dijo que le había extrañado que solo la llamé una vez. “Hay gente que llama dos y tres veces”, me dijo. Y le respondí: “Es que yo no quiero convertirme en esa persona”, y ella estalló en carcajadas. De seguro rio sabiendo que pronto me convertiré en “esa persona”.
Le puse por nombre Malbec. Y me ha costado peleas con gente que insiste en llamarle Merlot. A veces le estoy hablando y le digo “mi amor”, y responde mi marido. Yo miro para todos lados como diciendo “no es contigo”.
Cada vez me libero más y ya no me importa sonar ridícula cuando hablo sobre mi perro. De seguro me convertiré en la reina de las ridículas, porque mi perro me tiene enamorá.
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