Opinión: Una entrevista sin techo

Por Mariliana Torres @MarilianaTorres

25 mar 2014, 11:00 pm 4 min de lectura

Una buena entrevista periodística se logra cuando nos acercamos lo suficiente al entrevistado, pero establecemos un equilibrio entre dejarnos atrapar ingenuamente con su discurso seductor y atrevernos a buscar la verdad con preguntas atinadas. No hay periodista que no haya tenido entrevistados que desplieguen todo tipo de trucos para ganar benevolencia. Por su parte, el periodista debe entender que no debe convertirse en un perverso  entrevistador y ocasionar hostilidad. Bajo un clima propicio de confianza se logra mucho sin la necesidad de atacar despiadadamente faltándole el respeto al entrevistado. Incluso en ocasiones funciona primero tranquilizar al entrevistado e iniciar con una pregunta cotidiana.

He tenido todo tipo de entrevistado y de todos uno aprende. Me fascina entrevistar a la gente común, esas personas que van caminando por la calle y que, si uno las observa detenidamente día tras día, puede escribir un libro de crónicas sobre sus experiencias de vida. Le divulgaré un estilo que aprendí de una profesora puertorriqueña que imparte clases de periodismo en Londres y que particularmente es mi técnica favorita de investigación. Haga lo siguiente: seleccione un lugar (puede ser, por ejemplo, una plaza de recreo),  siéntese todos los días a la misma hora  en ese sitio y observe a los sujetos que entrarán en acción, haga anotaciones y analicé cada uno de sus movimientos. Realicé ese ejercicio por varios días, y si pudiera, lo haría por semanas o por meses. Esa práctica investigativa se llama etnografía y es muy utilizada en la antropología para entender el modo de vida de la gente, sus costumbres y su identidad cultural. Aunque es una herramienta de investigación para diversos estudios sociales y culturales, muy bien se adapta como herramienta de periodismo. Esta técnica la utilicé para realizar un escrito sobre la vida de las personas sin techo en el Viejo San Juan. Por tres meses iba a la Plaza de Colón y me sentaba por horas a observar a todas las personas que allí habitaban y las que comúnmente la visitaban día tras día. Así conocí impactantes historias de seres humanos muy “felices” por su modo de vida, pero que por sus malas decisiones están vivendo en la calle. Allí conversé con jóvenes, adultos y viejos con talentos extraordinarios que no habían encontrado quien les diera la oportunidad. Encontré hijos de personas acomodadas hastiados de la vida que, a pesar de tenerlo todo, se sienten solos. Conocí a una joven de familia acomodada que había rechazado todas las opciones para sacarla del llamado vicio. Supe que murió intoxicada el siguiente año. La historia más impactante me la contó un joven de apenas 32 años que tenía un rostro hermoso, pero, evidentemente, él no se había dado cuenta. Todos los días iba a la plaza a dormir arrastrando las piernas del cansancio y obsesionado contaba una y otra vez el dinero que le daban.  Luego de observarlo por semanas, decidí entrevistarlo. Cuando me acerqué y lo miré directamente a los ojos, noté que tenía unos preciosos ojos verdes, pero tenía su mirada perdida. Con un hablar despacio denotando que había estudiado y que podía sostener cualquier conversación me contó cómo las juntillas lo llevaron al vicio.

Me dijo que había entrado a la universidad y sonrió con orgullo cuando aseguró que fue buen estudiante. Le cuestioné por su familia y me contestó que no sabía de ella hace años. Entonces le pregunté si quería tener una mejor calidad de vida y no dudó en contestarme que sí. Le dije que trataría de contactar a un centro de rehabilitación y me indicó que no me olvidara de él. Al siguiente día ya el joven de mirada profunda no estaba en la plaza. No lo veo hace años, pero me tranquiliza conocer que está recibiendo la ayuda y que su proceso de rehabilitación le está funcionando, aunque todavía estoy esperando por su familia. Gracias a esa herramienta de observación, pude obtener respuestas sinceras.

Tengo curiosidad de qué sucedería si me siento en la plazoleta que está frente al Capitolio. ¿El espigado caminar de los encorbatados me ofrecerá respuestas de sus actos? ¿Obtendré una respuesta sincera y sin tapujos, como lo hizo el joven de bellos ojos? ¿Podré descubrir que tienen vidas extraordinarias o, por el contrario, están sumidos en una vida sin techo ante el agobio de sus actos?

Vea también estas notas:

  1. Morderse las uñas se convertirá en un trastorno mental
  2. Desconocido el paradero de mujer policía de vídeo sexual
  3. 18 municipios se quedarán sin agua por inspección superacueducto