De esa hostia yo no quiero
En las últimas semanas se le ha movido el piso a la Iglesia Católica. Las denuncias de abusos sexuales de parte de curas a menores han inundado la prensa, pero no ha vaciado las iglesias. El tema es uno asqueante, pero no sorpresivo.
Llevaba días considerando tocar este tema pero, en honor a la verdad, no estaba lista para que barrieran el piso conmigo. Sin embargo, sería una cobarde si no opinara por miedo a que alguno de ustedes repitiera que no tengo ética periodística. Ojo: aquí no escribo reportajes, escribo opiniones.
Digo que el tema de los curas que abusan sexualmente de niños es uno asqueante pero no sorpresivo porque, no se vengan a hacer los ilusos, ese estigma siempre ha estado presente en la Iglesia Católica. Al menos yo, que incluso me gradué de una escuela católica, siempre he mirado a los curas con desconfianza aunque sin faltarles el respeto; no confío en alguien que dice poder vivir sin sexo.
Pero, lo que quiero tocar no es el hecho de que hay un par de curas, con la música por dentro, que le dicen a las mujeres que es pecado tomar pastillas anticonceptivas mientras ellos agarran a un niño, le tapan los ojos con la Biblia y abusan de él. De eso ya hemos hablado todos. Quiero hablar del hecho de que eso va a seguir pasando mientras la fe continúe siendo ciega.
Se me hace muy difícil entender cómo en estos tiempos se puede confiar a ojos cerrados en una persona, simplemente, porque “representa a la iglesia”. Cuando por eso mismo, por tener los ojos cerrados, esos hombres vestidos con una sotana igual a la que yo puedo comprar en Party City para Halloween, abusaron de menores. De niños.
¿Ustedes están claros de la magnitud de lo que está pasando en la Iglesia Católica? ¡Están violando a niños! Ah, pero eso no es importante. Las bancas de la iglesia católica siguen llenas de personas que miran al cura como un ser santo.
Se levantan el domingo por la mañana, escuchan en las noticias que otro cura fue denunciado por abusar sexualmente de un menor, pero de todas maneras, van a confesarse con un hombre que está cometiendo un pecado mil veces peor que el que el que usted pueda haber cometido. El tipo destruye la esencia y la niñez de una persona, para luego repartir el cuerpo de cristo. Mire, mi hermano, de esa hostia yo no quiero. El cuerpo de cristo no puede ser repartido por un criminal.
Y no me vengan a decir que estoy generalizando y diciendo que todos los curas son pederastas. Claro que no, yo sé que no todos están tan dañados mentalmente. Pero la iglesia es una sola institución, por ende pagan justos por pecadores. La vida es injusta, lo sé.
Me asusta el hecho de que ante estas acusaciones no veo creyentes cuestionándose. La Iglesia Católica sigue como si nada. Y no es preguntarse si Dios existe o no, eso usted lo cree si quiere, para eso no hay que ir a la iglesia.
Es darse cuenta que el sistema católico es tan pretérito que sus hijos están siendo bautizados por el mismo tipo que los puede dañar. ¿Cómo usted puede seguir visitando la iglesia? De verdad que, mis respetos, porque yo no podría.
Ah, y hago la salvedad de que sé que hace dos semanas dos pastores protestantes fueron acusados de lo mismo. Sin embargo, a ellos los arrestaron. No se buscaron excusas, no fueron defendidos por una entidad tan enorme como lo es el Vaticano. Se tomó acción.
Esto se trata de que estos curas están siendo defendidos. Se trata de ver un poquito más allá de la nariz y darse cuenta de que un buen católico o cristiano (lo que usted quiera ser) no se hace por ir a la iglesia, se hace por sus acciones. Se trata de que la Iglesia Católica, una de las entidades más poderosas del mundo, está defendiendo criminales.
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