Viven bajo la sombra de María y la amenaza de un nuevo desastre

Arecibo fue uno de los municipios costeros de Puerto Rico más afectados por el aumento del nivel del mar, la erosión de sus playas y las inundaciones costeras que incrementaron desde el huracán María en 2017.

Por Paola N. Sierra Gelpí

17 sept, 3:00 am 5 min de lectura
Viven bajo la sombra de María y la amenaza de un nuevo desastre
Erosión Costera (CPI)

“Las planchas de zinc volaban como hojas de papel”.

Así recuerda Teresa Méndez Luciano la mañana del 20 de septiembre de 2017, en la que el oleaje estuvo marcado por una peligrosa y destructiva marejada ciclónica de entre 5 y 9 pies de altura, a la vez que las lluvias torrenciales y el alto oleaje provocaron fuertes inundaciones costeras y destrucción de construcciones en la orilla en varios municipios de Puerto Rico.

A las 6:15 de la mañana, el huracán María tocó tierra en Puerto Rico y, durante cerca de ocho horas, atravesó la isla.

Uno de los sectores más expuestos fue barrio Obrero, una comunidad centenaria en el municipio de Arecibo que aún aguarda por soluciones que eviten el impacto del aumento en el nivel del mar y la llegada de las fuertes olas a sus patios.

Allí, Méndez Luciano y Lydia Cruz Sosa, dos vecinas que han residido en este sector por más de 65 años, contaron a Metro Puerto Rico que, durante el huracán, el mar subió hasta sus casas y arropó todo lo que tenían dentro. La energía eléctrica demoró más de tres meses en restablecerse, mientras que estuvieron sin el servicio de agua potable durante dos semanas.

Foto por: Paola N. Sierra Gelpí
Foto por: Paola N. Sierra Gelpí

“Al hijo mío, de Caguas, le dijeron que barrio Obrero ya no existía, y ya tú sabes cómo se puso él”, recordó Méndez Luciano. “Pero gracias a Dios no nos pasó na’, mija”, respondió Cruz Sosa.

“Sufrimos mucho, sufrimos mucho porque no teníamos agua, no teníamos luz. Pero gracias a Dios hubo mucha ayuda de las iglesias, nunca nos faltó la comida”, explicó Cruz Sosa, de 81 años.

Estas vecinas temieron perder su casa, sobre todo cuando cuentan que hace cientos de años atrás había dos líneas de casas adicionales donde hoy descansa el mar.

“Allá detrás, cuando era playa todo eso, había dos líneas de casas”, dijo Méndez Luciano. A preguntas de este medio sobre el plan a tomar si las marejadas destruyen sus casas, Cruz Sosa respondió: “¿Qué se va a hacer, mija? Cuando se ponga brava hay que correr”.

Las dos amigas, aunque viven con el mar azotando su puerta, expresaron tranquilidad porque llevan “toda la vida viviendo” en el sector. Sin embargo, en el cuarto de Cruz Sosa, el último que da a la parte trasera de la casa, aún permanecen las grietas que dejaron en las paredes los temblores que sacudieron la isla en 2020, lo que crea una condición más vulnerable ante un posible colapso.

En Islote, el sector conocido como Jarealitos estuvo inaccesible para sus residentes por más de dos semanas. Marian Crespo, residente en la comunidad, indicó que no pudo entrar a su casa porque no había paso por ninguna de las entradas.

Contó, además, como la casa se recubrió con cuatro pulgadas de arena de playa.

“El techo se llenó como de cuatro pulgadas de arena, la carretera estaba llena de arena, (y) fue bien fuerte”, dijo Crespo, quien explicó que ella y su familia estuvieron semanas sacando arena de su casa, de la entrada y del techo.

A preguntas de este medio, Crespo contó que tienen esa preocupación constante por la llegada de otro huracán igual de fuerte que María. “Aquí no se puede estar”, dijo.

Juan Carlos Piñeiro, propietario de Islote Beach Restaurant, todavía recuerda el impacto que tuvo el ciclón en los negocios de Cambalache y la zona de Islote cercano a Punta Morrillos.

Piñeiro contó que mientras algunas instalaciones sufrieron daños estructurales, otros establecimientos de la zona quedaron afectados principalmente por las inundaciones, la falta de electricidad, la escasez de agua y las dificultades para comunicarse con sus empleados.

En su caso, uno de los primeros lugares que visitó tras el paso del huracán en 2017 fue el restaurante First Stop Grill and More en Cambalache del cual era gerente en ese entonces. Al llegar, pudo comprobar los daños y comenzar a organizar la recuperación del negocio.

Sin embargo, más que el impacto directo del huracán, el Río Grande de Arecibo se salió de su cauce y el agua alcanzó alrededor de seis pies de altura en el área de la gasolinera. Cuando llegaron al lugar, encontraron fango y mercancía que había sido arrastrada por el agua, además de equipos afectados, por lo que Piñeiro estimó que las pérdidas superaron los $50,000.

Recordó además que el personal de seguridad del establecimiento en Cambalache, de nombre Christopher, pasó el huracán dentro de la cabina. “Él me dice ‘yo me senté en una silla alta y cuando abrí los ojos, estoy a mitad de agua’ y fue que se quedó dormido en una silla”, recordó Piñeiro. Cuando el agua bajó su nivel, el oficial se percató de que su vehículo había sido arrastrado por la corriente.

El panorama fue diferente en su restaurante en Islote. Allí, el equipo logró comenzar a operar pocos días después del huracán, aunque de manera limitada.

Uno de los principales problemas fue la falta de comunicación con los empleados. Piñeiro llegó al establecimiento, abrió los portones, recogió el lugar y comenzó a esperar a que los trabajadores llegaran.

La demanda, mientras tanto, fue inmediata. “Dentro de todo, pues ahí fue bien, bien agitante, pero fue emocionante”, describió Piñeiro sobre aquellos primeros días.

Para Piñeiro, la experiencia de María también cambió la manera en que administra el restaurante, así como la pandemia de COVID-19 y los terremotos posteriores. Los cuales reforzaron esa necesidad de contar con protocolos para enfrentar situaciones inesperadas.

“Porque dentro de todo, después de María, hemos pasado diferentes asuntos y hemos tenido que hacer el protocolo. Siempre hay un plan. Para la pandemia aprendimos, y con María aprendimos”, concluyó Piñeiro.

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