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Contra su voluntad: Más de la mitad de los desarrolladores de videojuegos deben usar IA para no ser despedidos

Cada vez más gente usa herramientas generativas, pero también crece el rechazo.

Este tipo de eventos busca acercar las herramientas a quienes están interesados en el desarrollo de videojuegos en el país. Foto: Cortesía LGC

En la industria del videojuego, el “meta” de moda ya no es solo terminar a tiempo o evitar el crunch: ahora también es demostrar que se está “al día” con la inteligencia artificial. El problema es que esa actualización no siempre llega por entusiasmo, sino por supervivencia.

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El informe anual de la GDC muestra que la IA se volvió tan omnipresente que muchos equipos la tratan como requisito tácito… incluso cuando una parte importante de los desarrolladores cree que está haciendo daño al sector.

El dato que más incomoda: 52% la ve como algo negativo

Según la encuesta del State of the Game Industry 2026 (basada en más de 2.300 profesionales), un 52% afirma que la IA generativa está teniendo un impacto negativo en la industria, frente a solo un 7% que la considera positiva. Lo más llamativo es la tendencia: ese pesimismo viene subiendo año tras año.

Eso no significa que la mayoría “odie” la tecnología; significa que no le cree la promesa completa. O, dicho en simple: puede ser útil, pero el costo (laboral, creativo o ético) se percibe demasiado alto.

Se usa cada vez más… aunque no guste

El mismo reporte muestra que las herramientas más usadas en trabajo son los modelos tipo chatbot: OpenAI / ChatGPT lidera con 74% entre quienes usan IA, seguida por **Google Gemini (37%) y Microsoft Copilot (22%).

Y los usos más comunes no son “crear mundos completos”, sino cosas mucho más terrenales: investigación, lluvia de ideas, redacción cotidiana y apoyo de código.

Ahí aparece el primer choque cultural: la IA se está normalizando en tareas de producción, justo en un sector donde muchos trabajadores temen que esa misma normalización se use para recortar puestos.

“Tengo que usarla o me despiden”: el miedo que se instala

En la conversación pública sobre IA, a veces se habla como si todo fuera elección personal. Pero el reporte y su eco en prensa especializada recogen testimonios que apuntan a lo contrario.

Uno de los casos más citados es el de un desarrollador ucraniano que lo resume sin poesía: “la IA es un gran robo, pero tengo que usarla; si no, me despedirán”.

Ese tipo de frase es importante por lo que revela: no es solo debate ético, es sensación de coerción. Aunque el informe no afirma que “más de la mitad” esté formalmente obligada por contrato, sí deja claro un clima donde muchos perciben que o se suben al tren o se quedan en el andén, especialmente en un período de despidos y reestructuraciones en todo el sector.

El rechazo es más fuerte donde más duele: arte, narrativa y diseño

El desacuerdo con la IA no está repartido de manera uniforme. Las áreas creativas y visuales concentran gran parte de la resistencia: artistas técnicos, diseño y narrativa figuran entre los grupos con mayor porcentaje de opiniones críticas.

No sorprende: son los roles donde el miedo al “copiado” y a la pérdida de autoría se siente más directo.

En otras palabras, la IA no solo cambia el “cómo se hace”, también cambia la conversación sobre quién firma la obra y qué se considera original.

Mientras tanto, los jefes tech piden abrazar la ola

Fuera del piso de producción, el discurso suele ser más optimista. Por ejemplo, Gabe Newell, de Valve, ha sugerido que quienes usen IA para “andamiar” sus habilidades podrían volverse desarrolladores más efectivos, incluso si no vienen de una formación tradicional en programación.

Y desde la vereda de plataformas, Tim Sweeney (Epic Games Store) ha defendido que la IA estará involucrada en “casi toda” la producción futura, cuestionando incluso la necesidad de etiquetar juegos por uso de IA.

La distancia entre ambos mundos es el corazón del conflicto: arriba se habla de eficiencia y futuro; abajo se vive como presión y riesgo.

¿Crisis del anime? ¿Crisis del gaming? No: crisis del modelo laboral

El dato duro de todo esto no es cuántas personas usan chatbots. Es que, en un contexto de recortes, la IA puede convertirse en “prueba de productividad” y no en herramienta voluntaria.

Para algunos equipos, su adopción se siente menos como innovación y más como “hazlo más rápido, con menos gente”.

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El resultado es una industria atrapada en una frase que se repite en pasillos y chats privados: “no es que la IA venga a ayudar; es que viene con el organigrama en la mano”.

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