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La NASA reabrió un debate sobre el origen del agua en la Tierra: Estas son sus dos teorías

Un estudio basado en polvo lunar de las misiones Apolo pone en aprietos la idea clásica de que “los meteoritos trajeron los océanos”.

Falla Océano Pacífico
Falla Océano Pacífico

Si el agua fuese un personaje de Dragon Ball, la ciencia todavía estaría discutiendo si llegó al planeta en una cápsula espacial o si llevaba años entrenando en secreto en el interior de la Tierra. La NASA acaba de devolver esa pregunta al centro del ring con un estudio que usa una ventaja que la Tierra ya perdió: la memoria intacta de la Luna.

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El polvo lunar, acumulado durante miles de millones de años, funciona como un registro de impactos que la tectónica terrestre borró. Y ese registro sugiere que la “entrega tardía” de meteoritos ricos en agua pudo ser mucho menor de lo que se pensaba.

Teoría 1: el agua llegó “desde arriba” en meteoritos y cometas

Durante décadas, la explicación más popular ha sido la del reparto a domicilio cósmico: en el caos temprano del sistema solar, asteroides y meteoritos (sobre todo condritas carbonáceas) habrían traído minerales hidratados y compuestos volátiles que, con el tiempo, alimentaron los océanos.

La historia calza bien con la intuición: la Tierra primitiva era demasiado caliente para sostener agua líquida estable y, mientras el planeta se enfriaba, esos impactos podrían haber aportado “ingredientes” para rellenar el vaso.

Además, hay meteoritos que efectivamente contienen minerales con agua en su estructura, así que la idea no suena descabellada.

El problema, como siempre, no es si trajeron algo, sino si trajeron lo suficiente. Y ahí entra el nuevo trabajo.

El giro de guion: el polvo lunar pone un límite a esa “entrega tardía”

El estudio publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences analizó muestras de regolito lunar (el polvo que cubre la superficie de la Luna) recolectadas por Apolo, usando mediciones de isótopos de oxígeno de alta precisión para estimar cuánto material de impacto quedó mezclado en esa “alfombra” durante casi 4.000 millones de años.

La cifra clave: aproximadamente un 1% del regolito parecería provenir de impactores compatibles con meteoritos carbonáceos.

A primera vista suena a “bueno, igual es harto”, pero el equipo sostiene que, llevado al escenario Tierra–Luna, ese flujo implica una contribución insignificante para explicar el presupuesto actual de agua de la Tierra; en cambio, sí alcanzaría para justificar buena parte del agua almacenada en “trampas frías” lunares (zonas permanentemente sombreadas donde el hielo puede sobrevivir).

En simple: no niega que hayan llegado meteoritos con agua, pero hace difícil que esa vía sea la fuente principal de los océanos.

Teoría 2: el agua estaba “dentro” y salió cuando el planeta maduró

Si la entrega cósmica no alcanza para explicar el volumen, la alternativa gana peso: que una parte enorme del agua estuviera ya presente en materiales que formaron la Tierra, almacenada en el manto o incorporada desde etapas tempranas del planeta, y que más tarde emergiera por procesos geológicos.

En esta idea, el agua no aparece como un “regalo tardío”, sino como un recurso interno: atrapada en minerales, liberada por vulcanismo, reciclada por el ciclo geológico y eventualmente acumulada en superficie cuando la Tierra se enfrió lo suficiente como para sostener océanos.

La gracia (y el dolor de cabeza) es que ambas teorías pueden convivir: una Tierra con agua “de base” y una contribución adicional desde el espacio. El debate real es de proporciones: ¿cuál puso la mayor parte del volumen?.

Y el nuevo resultado empuja a pensar que el porcentaje meteórico, al menos en la etapa tardía medida por ese registro lunar, no sería el dominante.

Por qué la Luna es la “caja negra” del sistema solar

La Tierra es un planeta activo: placas tectónicas, erosión, reciclaje constante de corteza. Eso es fantástico para la vida… y pésimo para conservar evidencia intacta de impactos antiguos. La Luna, en cambio, ha sido una especie de archivo geológico al aire libre.

El equipo destaca justamente ese valor: tener material físico real que se puede medir en laboratorio para fundamentar hipótesis que en la Tierra se vuelven difíciles de probar.

Eso sí, hay una limitación importante: las muestras Apolo provienen de una zona relativamente acotada de la Luna, cercana al ecuador y a la cara visible. Aun así, el registro es lo bastante largo como para poner límites útiles.

Qué cambia desde hoy

La conclusión más razonable no es “meteoritos descartados”, sino meteoritos bajo sospecha como explicación principal.

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El agua pudo llegar por varias vías, en distintas épocas, pero la idea de que una “adición tardía” por impactos ricos en agua explique por sí sola los océanos queda más difícil de defender con este nuevo límite.

Y como toda buena discusión científica, esto no cierra el caso: lo vuelve más interesante.

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