Decir la verdad o denunciar acontecimientos a través de la risa es completamente legítimo. A ello precisamente es lo que se dedica la caricatura de prensa o sátira de prensa. Desde su nacimiento bajo los regímenes autoritarios su dimensión informativa no se reduce meramente a un dibujo trazado. La caricatura o sátira de prensa ha sido acogida por los ciudadanos que necesitan de esa expresión para poder documentar sus preocupaciones. Hoy día la caricatura de sátira, más allá de información, trasciende a noticia y es parte de la memoria social de los pueblos. Como expresión se puede entender que siempre su función estará reñida con la interpretación y las reacciones a favor y en contra.
No cabe duda de que el asesinato del conglomerado de caricaturistas parisinos es un ataque directo a la democracia. La defensa no surge porque se trate de un periódico o porque los asesinados son periodistas si no más bien porque el ataque yihadista altera la dimensión intermediaria que tiene todo ciudadano de la libertad de expresión. Cuando los caricaturistas trazan líneas, lo que están haciendo es una expresión de un determinado acontecimiento. De hecho, la mayoría de las caricaturas exteriorizan lo que la gente no se atreve a decir o no puede decir a viva voz, por lo que se convierten en parte de la voz del pueblo que grita las injusticias y, en otras ocasiones, ridiculiza las personas que tomaron decisiones adversas a los intereses del pueblo. Desde el punto de vista estrictamente periodístico, la caricatura satírica es una parte exquisita del periodismo moderno que no todos pueden cultivar por la fase artística que involucra. Cuando ya está conceptualizada la caricatura satírica, tiene objetivos cívicos y sociales definidos. Colocarse al servicio de la expresión del pueblo es su más grandiosa finalidad. Incluso su poder de expresión, discusión, así como el debate de ideas, es tan enérgico que ni siquiera la alta tecnología de la fotografía o las modernas artes gráficas han podido sustituir las líneas perfectas que trazan manos expertas y talentosas de periodistas caricaturistas. Al plantear las ideas captan poderosamente la atención de las masas, pero también saben que, tras ese carácter gráfico, se genera una vigoroza opinión pública que raya en intolerancia y desaprobación. No debemos dudar de que la caricatura como sátira es totalmente admisible como género y que, además de ello, es arte. Invito a que observen la caricatura como información e interpreten las líneas como acontecimiento.
Todos los caricaturistas asesinados del periódico Charlie Hebdo en París vivían asediados y muchos de ellos sabían que, debido al contenido de ciertas caricaturas, podían ser silenciados. En ocasiones, estos tenían que recurrir a seguridad privada o guardaespaldas para caminar por las imponentes calles parisinas y, a pesar del miedo, porque tienen que haberlo sentido, ninguno renunció a su vocación.
Decidieron defender la libertad de expresión frente a las amenazas y fueron sus dibujos el mensaje que trascendió. Está probado que el humor es un excelente instrumento para educar e informar a sectores que de otro modo no accederían al contenido noticioso. Por ello la caricatura de Charlie Hebdo se convirtió en ese vehículo de crítica por lograr trasladar el mensaje considerado complejo a la mayor cantidad de personas de todas las estructuras sociales. La caricatura de Charlie Hebdo asume una condición de crítica social, de fuente para el estudio y la interpretación de hechos históricos. Esa función comunicadora continuará, han manifestado los periodistas supervivientes del ataque. La comunidad internacional respalda su expresión, aunque, en ocasiones, no le guste la representación de las caricaturas y así ha quedado demostrado. Todos sabemos que el riesgo es real, y el ataque nos hace recordar que el terrorismo sigue tan allí como el sol que salió hoy. El lápiz está afilado para defender la libertad de expresión asumiendo las responsabilidades ante la crítica y la satisfacción de alimentar el pensamiento crítico.
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