Casas, amuletos y religiosidades cubanas

Por Karisa Cruz Rosado
Recuadro

A)El Rincón en el municipio de Boyeros en La Habana, donde siempre hubo un leprosorio, es donde también está la iglesia donde se rinde culto a San Lázaro; situada a relativamente poca distancia del poblado de Santiago de las Vegas, es desde de allí que los creyentes hacen su procesión cada 17 de diciembre, a veces cumpliendo promesas muy duras, como cargar una cruz o hacer el trayecto de rodillas.

B)Al llegar Fidel Castro a La Habana luego de vencer la Revolución Cubana en 1959, en un discurso que el líder diera ante una multitud, se liberaron palomas blancas. Una de ellas se posó sobre el hombro del revolucionario y se quedó ahí. Cuentan que la muchedumbre gritó en éxtasis. Muchos creyentes de la santería cubana, cristianismo y otras corrientes espirituales, vieron ese momento- o casualidad- como un símbolo divino, como si el mismo Espíritu Santo o los dioses hubiesen elegido a Fidel para gobernar al país.

La espalda del elefante me da la bienvenida. Con su trompa en alto, me invita a entrar al hogar. Si no tengo cuidado, podría derramar el jarrón con hojas de árbol de yagrumo, ya secas, colocado también cerca de la puerta de entrada. Todo eso está ahí para que no pase nadie con intenciones retorcidas o “doble cara.” Siete vasos de cristal con agua en un altar rústico, símbolos de las siete potencias, me revelan que esta casa alberga una familia de cubanos místicos, religiosos, espirituales o supersticiosos.

Similar a otras partes de Latinoamérica, en Cuba llama la atención la cantidad de talismanes y amuletos presentes en las casas dedicados a la protección del hogar y sus habitantes. Estos objetos pueden camuflarse como decoraciones pero con la diferencia de que su presencia persigue un propósito o carga un deseo para el que vive en la residencia.

Como propusiera el antropólogo cubano Fernando Ortiz, éstos y otros ritos y mitos conforman parte de la receta del “ajiaco”, de esa gran sopa que integra distintos ingredientes y sabores, de creencias y prácticas culturales, espirituales y religiosas que conviven desde hace siglos en Cuba.

En momentos de caos e incertidumbre muchos seres humanos se aferran al misterio de la fe espiritual y religiosa para encontrar algo de esperanza en sus vidas. De esta forma, Jorge Ramírez Calzadilla, fenecido investigador de estudios socioreligiosos de la Academia de Ciencias de Cuba, subrayó un reavivamiento de la religiosidad en el país durante la década de 1990 y la llegada de la crisis económica y social que nace con la caída de la Unión Soviética en 1991 y la fractura de sus relaciones comerciales con la isla. La necesidad económica, en tanto, desató un flujo voraz y ecléctico de búsquedas espirituales en la población cubana.

Con la idea de que avance la buena suerte y prosperidad, un sinnúmero de hogares cubanos tienen en la entrada la estatua del elefante de espaldas con la trompa en alto. También es común ver en algunas casas cubanas, curiosamente tanto de religiosos como de laicos, un vaso de cristal con agua colocado en la cima de un chinero o estantería que simboliza la abundancia e inmortalidad.

A veces son creencias y prácticas que se pasan de generación en generación y que, aunque no se sigan del todo, se conservan por respeto al legado familiar. Este es el caso de Sonnia Moro, una educadora e historiadora habanera de 74 años, quien confiesa “no creer ni en la luz eléctrica” pero que nunca deja de colocar un vaso de agua en honor a su abuela, que siempre tuvo uno en la casa.

En su libro “Corrientes espirituales en Cuba”, las investigadoras Natalia Bolívar, Carmen González y Natalia del Río explican que el agua para distintas culturas antiguas es considerado un elemento místico interpretado como: fuente de vida, purificación y regeneración. Por ello, tanto religiones cristianas como de origen afrocubano y otras utilizan el agua como recurso de curación. Por ejemplo, frecuentemente se emplea el agua bendita y baños con hierbas en ritos católicos y Yorubas.  

De la misma forma, tampoco sorprende encontrar hoy en residencias cubanas una figura del pobre San Lázaro junto con flores, tabaco y velas encendidas con la intensión de obtener la asistencia del santo, oricha o deidad ante la adversidad. Como la Virgen de la Caridad del Cobre (patrona de Cuba) y la Virgen de Regla, el pobre San Lázaro es un personaje bíblico masivamente reverenciado en la isla. Éste no ha sido reconocido formalmente como santo por la iglesia católica, únicamente en Cuba. Su imagen es presentada con profundas heridas y llagas de lepra, se sostiene de muletas con perros callejeros alrededor y es ilustrado con el color violeta.

Cada 17 de diciembre, son miles de personas locales y extranjeras, curiosos, turistas y practicantes o no practicantes de alguna corriente espiritual, que peregrinan hasta el Santuario Nacional de San Lázaro en el poblado del Rincón al oeste de La Habana. Ese día de San Lázaro, los más devotos a este santo, que en la religión Santería sincretiza como Babalú Ayé, van hasta este templo, donde anteriormente estuvo ubicado un leprosorio, para hacer sacrificios, ofrendar, dar gracias y lanzar peticiones, especialmente para sanar aflicciones y enfermedades.

Durante su visita a la isla de Cuba en enero de 1998, el Papa Juan Pablo II anduvo por este santuario del municipio habanero de Boyeros. Esta iglesia católica es un espacio cultural hoy día venerado y respetado por muchos creyentes y no tan creyentes del catolicismo, protestantismo, religiones afrocubanas y otras corrientes espirituales que coexisten en la sociedad cubana. A pesar de la posición oficial sobre un estado secular, lo cierto es que en Cuba la religiosidad y sus manifestaciones polimorfas sacian en muchos ciudadanos cierta sed existencial y material, como agua que viaja por el manantial y refresca.

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