Nos debes una, Residente

Lea la columna de opinión de Dennise Pérez.

Nos debes una, Residente

Sé poco de rap y de reguetón. Es más, sé poco de música en general aunque la valoro y la disfruto.

Por supuesto que me gusta el rap y le meto al reguetón. Y aunque no me cae del todo bien, he sabido apreciar las aportaciones de Residente Calle13, su estilo irreverente, su independencia crítica, inteligente y pensada. Me pone a pensar su lírica y me he movido en un montón de sus canciones. Para mí, el hombre es brillante y no tengo problema en que el lector esté en desacuerdo con eso.

También sé que mucha gente que hoy amaneció criticando a Calle 13 por su tiraera con Tempo lo hace como una excusa, como una válvula de escape contra alguien que de todos modos le cae mal, contra alguien con quien no comulgan quizás ni en estilo ni en ideología.

Hoy René Pérez les dio una excusa para odiarlo de verdad.

Si René Pérez careciera de educación o de conocimientos; si René Pérez fuera un artista más; si René Pérez no hubiera hecho buena parte de su carrera pública abogando por causas sociales– esté usted o no en contra de ellas–, yo en este momento no estaría escribiendo estas líneas.

Ocho minutos de tiraera musical en un intento por demostrar que su liga es diferente a la del otro. Bien. Ocho minutos de perder el tiempo, según él, contestándole al otro. Más o menos bien, tomando en cuenta que está respondiéndole a un bruto y a un pendejo (sus palabras). Ocho minutos de plantear su oposición a la Junta de Supervisión- o de Control o de Guillotina si así le quiere llamar. Ocho minutos defendiendo las causas de los estudiantes y defendiendo su presencia en marchas. Bien. Ocho minutos criticando los 36 años de cárcel de Oscar. Bien. Ocho minutos de justificar su exilio voluntario. Más o menos bien, porque esa razón según expresada me molestó algo. “Para jugar en las grandes ligas tuve que irme de aquí”. Más o menos eso dijo… Ocho minutos para explicar que siendo independentista estuvo bien su decisión de irse a vivir a una república. Puesss, más o menos bien, porque obvió Miami, Los Angeles… Ocho minutos de llamar la atención a su humildad trujillana. Bien. Aunque no siento que de eso le quede mucho.

En fin, ocho minutos de explicar por qué no es un hipócrita. Buehhh, qué sé yo. Bien.

Y justo al filo de esos ocho minutos se tiró lo peor. “Anormal” refiriéndose al Síndrome de Down”, “cabeceando” como autista…. MAL, MAL, tres veces MAL.

Soy madre de un niño con la condición que René Pérez ha admitido públicamente tener. Puedo imaginar a René Pérez moverse de un lado a otro mientras intenta ejecutar una instrucción. Puedo verlo cabecear mientras piensa. Me parece que lo veo secándose las manos de ansiedad y con la mira en Júpiter mientras el mundo le pasa por el lado. Puedo verlo porque esa es mi vida todos los días. Puedo verlo y aún así lo quiero.

El problema es el contexto en que usó esas expresiones. En ambas instancias- autistas y anormal- se subraya el prejuicio, el estereotipo y el discrimen. El discrimen es una expresión de odio.

Sí, René. El discrimen es una manifestación de odio en su modalidad más grave. Tu cabeza, tu superioridad lírica, tu superioridad intelectual, no necesitaban de esas expresiones. Todo eso se fue por la borda. En este momento específico no eres superior a nada ni a nadie ni para mí ni para miles de personas a quienes hoy le hiciste el desfavor de atrasar nuestras causas, de atrasar las campañas de orientación , de concienciación, de educación sensible. Hoy te respetaría más si en tu defensa no hubieras dicho que no ofendías a nadie porque tú eres uno de ellos. Defensa barata.

Teniendo tu fuerza, tu exposición y tu compromiso social, deberías rechazar cualquier manifestación que abone al estereotipo. Me gustaría verte pronto marchar, aportar a esas causas que dices que te son tan personales. ¡Quizás ya los ha hecho! Pero hoy, querido, empiezas de cero con mucha gente, porque te ganó la lírica fácil y te metiste con quien no debías.

Como dices en tu canción, “me debes una”. No es sólo una disculpa ni es a mí. Ni espero que vengas a secarme personalmente una lágrima de frustración. Me debes una porque en tu estereotipo, inconsciente o malvado, abobaste un tanto al retraso de mi lucha. Sí, nos debes una.