Opinión de Julio Rivera Saniel: Nuevo gobierno, viejos problemas

Lee la columna del periodista Julio Rivera Saniel

Por Julio Rivera Saniel

Ya ocurrió. El pasado sábado el país fue testigo de la juramentación de Pedro Pierluisi como gobernador del país. La escena tiene poco de novedosa. Salvadas las diferencias de forma y contenido, ya hemos visto un gobernador tras otro llegar al poder. Y luego, salir de él con saldos históricos mixtos. Pero a pesar de ese ir y venir de dirigentes, nuestro país ha arrastrado  administración tras administración un puñado de problemas puntuales que en lugar de haber sido atendidos en profundidad, han sido sacudido debajo de la alfombra. En más un de un caso, maquillados a base de soluciones repetidas y rebautizadas que han dejado como saldo la inercia. Mucho discurso y poco avance.

Por ello, si el nuevo gobierno quiere hacer la diferencia debe –a mi juicio- atender esos problemas históricos que siguen siendo nuestro dolor de cabeza colectivo. En primer lugar, nuestro sistema de salud. A pesar de los altos costos de nuestro sistema, luego de décadas de reformar la reforma de la reforma anterior, nuestro sistema sigue siendo enormemente deficitario y sigue dejando fuera de cobertura médica a más de 200 mil personas. A lo anterior, debe añadirse el hecho de que en los últimos años el financiamiento por vía federal se ha visto insuficiente y ha sido preciso solicitar y volver a solicitar y volver a solicitar fondos adicionales. A todas luces, no es un sistema sostenible o eficiente.

En segundo término, las violencias que nos quitan el sueño. Y hablo del asunto como un problema en plural porque aunque haya quien insiste en hablar de LA violencia como un problema monolítico y uniforme, lo cierto es que vivimos aquejados por diversas manifestaciones de violencia que requieren diferentes remedios.  La más discutida de esas formas de violencia es la de género. Muchas de nuestras mujeres mueren porque sus parejas no les ven como pares sino como versiones inferiores de esa humanidad que todos compartimos. Ese problema, coinciden todos los expertos, debe ser atendido de diversas formas incluyendo su raíz social. Esa que hace que muchas mujeres descarten el asunto solo como parte de un problema de violencia generalizada sin características y razones propias. Eso, por una parte. Por otra, la violencia vinculada al narco. La misma que todos los meses cobra la vida de un puñado de jóvenes, en su mayor parte varones que no superan los 30 años. Los últimos 50 años hemos decidido atender el asunto con más policías, más patrullas y más chalecos. Pero esa solución no ha dado el resultado esperado. Tanto en un caso como en el otro, a pesar de tratarse de manifestaciones distintas de la violencia, la educación parece ser una solución en el largo plazo, tal y como se ha documentado en la experiencia internacional citada por organizaciones de derechos humanos.

En tercer lugar está el problema de la seguridad. Un asunto del que el problema anterior es un subtema. Y en este caso, tal y como ya hemos discutido antes, la educación debe ser el remedio a mediano y largo plazo. Aunque hemos preferido creer que la violencia se detiene con mayor despliegue de seguridad, lo cierto es que esa seguridad (los policías, las patrullas, los sistemas de vigilancia) es necesario porque  hay quienes ya han entrado al mundo de la delincuencia. Y quienes lo hacen, en su mayor parte, lo hacen como respuesta a un sistema que no brinda igualdad de oportunidades educativas y laborales. No es casualidad que nuestro alto por ciento de desempleo sea directamente proporcional al auge de la economía informal. La misma que proporciona ingresos a cientos de familias, aunque no nos guste admitirlo. Otras jurisdicciones se han sacudido del conservadurismo desinformado para dar paso a opciones que han probado efectividad, entre otras, la despenalización de algunas drogas ilegales en nuestro sistema, con el efecto de eliminar un gran puñado del negocio del narco. Eso y un sistema de educación eficaz. Pero aquí parece que seguimos sin estar listos para estas y otras discusiones. Mientras seguimos sin estarlo, los problemas de siempre siguen consumiendo nuestras energías y recursos en una lucha eterna e improductiva. ¿Y si nos vamos dando cuenta que hay que cambiar de discurso?

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