La seriedad de esta crisis

Por Hiram Guadalupe

Al comienzo del mes de marzo, en Italia se habían reportado 1,128 personas infectadas con el coronavirus y las muertes sumaban 29.

Entonces, el Gobierno de ese país urgió a la población a que permanecieran en sus hogares en una especie de aislamiento social. Pocos acataron la recomendación gubernamental. Se hicieron de oídos sordos.

En consecuencia, 14 días más tarde los italianos atraviesan una de sus peores crisis históricas de salud pública. A lo largo y ancho de toda su península hay un total de 17,660 infectados y las muertes ascienden a 1,268. De estas, 250 fallecieron en un mismo día. Ahora han instaurado un toque de queda total.

La trágica experiencia italiana provocó que España, su país vecino, estableciera hace unos días un Estado de alarma, que implica la limitación del movimiento de los ciudadanos en todas sus comunidades.

Su presidente las llamó “medidas drásticas que van a tener consecuencias”. Sabe bien el Gobierno español y su presidente, Pedro Sánchez, que la nueva fase en la que se encuentra el coronavirus expone a toda su población a riesgos insospechados.

Todo ha cerrado en España. Todo. Y no es para menos. Si la determinación de ese Gobierno fuese blanda, el nivel de contagio aumentaría dramáticamente porque, como han señalado los expertos, el coronavirus es transmisible incluso por aquellas personas que no presentan síntomas. Además, su volatilidad es incontrolable.

En Francia, por su parte, se ha ordenado el cierre de todos los establecimientos públicos no esenciales, y eso incluye bares, restaurantes, discotecas, cines y tiendas no alimentarias.

Portugal, con casi 200 infectados y sin muertes reportadas, ordenó el cierre de todos los bares y restaurantes después de las 9:00 de la noche. Asimismo, aplazó toda actividad médico-hospitalaria que no sea urgente para hacer frente a la pandemia.

En el caso de Israel, allí se decretó el cierre de centros comerciales, cines, teatros, bares, restaurantes y hoteles. El Gobierno también informó que utilizarían sistemas electrónicos de seguimiento de teléfonos móviles para localizar a las personas que hayan estado en contacto con enfermos infectados por coronavirus, a fin de que puedan permanecer aislados en cuarentena.

En nuestro continente americano, Ecuador ha establecido un estado de prohibición, que incluye el cierre de las fronteras terrestres y marítimas, y la suspensión de los vuelos internacionales para evitar el contagio. Tienen confirmados 28 casos positivos y dos muertes.

Nueva York, al igual que otros estados de Estados Unidos, ha urgido a la ciudadanía a permanecer en sus domicilios y le ha solicitado al comercio el cese de operaciones para evitar el tránsito de gente en sus calles.

Y es que el tema de esta pandemia es grave. Hasta el sábado, la Organización Mundial de la Salud (OMS) indicó que se habían registrado 142,539 casos confirmados de coronavirus en todo el globo terráqueo. De esos, 9,769 casos nuevos se habían informado en un periodo de 24 horas.

De todos ellos, casi 7,000 se registraban en una docena de países de Europa, hecho que provoca el desplazamiento de China como centro de esta epidemia.

Según la OMS, los fallecidos en el mundo por consecuencia del COVID-19 sumaban, a la fecha del pasado sábado, 5,393 y de esos decesos 438 ocurrieron solo durante el pasado viernes.

La crisis es real y nadie puede llamarse a engaño. Por eso, en lo que concierne a nuestro país, las acciones que ha tomado la gobernadora de Puerto Rico deben recibir el respaldo total de la ciudadanía. Es momento de solidaridad, de actuar juntos para prevenir la propagación de este virus letal.

Para quienes desde ya han resistido el toque de queda limitado que se ha establecido como política pública, deben tener claro que, en la medida en que los ciudadanos no asumamos con responsabilidad las prácticas de aislamiento social, estaremos muy cerca a repetir la triste y trágica experiencia de Italia.

Por más que el Gobierno informe sobre cómo proceder ante esta situación, la responsabilidad mayor está en cada uno de los habitantes de esta tierra. En todos nosotros. Tomarlo a broma, de forma liviana y continuar prácticas de esparcimiento social como si nada ocurriera es imprudente, además de necio.

Los críticos del Gobierno, en particular aquellos adversarios proselitistas internos, también deberían asumir una postura de prudencia y enfocarse más en la importancia de proteger la salud del pueblo antes de tratar de buscar por dónde atacar a su contendor y sacar ventaja para sus mezquinos intereses partidistas.

Lo mismo para quienes desde su desespero, en la arena de la oposición política, acuden al performance demagógico para, desde un podio municipal, sacar ventaja de esta lamentable crisis. La teatralidad no da gracia, por el contrario, debe ser repudiable.

La prudencia debe estar presente también para aquellos que, desde las gradas, a la sombra de la comodidad de un tuit o un comentario en cualquiera de las redes sociales, se suman a las voces de la histeria y la desinformación, casi como entretenimiento.

Solo la responsabilidad y la solidaridad ciudadana nos ayudará a vencer las dificultades de estos tiempos.

 

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